No le vayamos a quitar al pueblo lo más valioso.

“Queridos hermanos, yo aprovecho para decirles, sobre todo, a los queridos hermanos de las organizaciones populares políticas: que las reivindicaciones del pueblo son muy justas y que hay que seguir defendiendo la justicia social y el amor a los pobres. Pero por eso, si de verdad amamos al pueblo y tratamos de defenderlo, no le vayamos a quitar lo más valioso: su fe en Dios, su amor a Jesucristo, sus sentimientos cristianos.” (10 de febrero de 1980)

Monseñor Romero está convencido de que las reivindicaciones económicas, sociales y políticas de las organizaciones son justas. Anima y motiva al pueblo organizado a «seguir defendiendo la justicia social y el amor a los pobres». Recordemos que hizo un llamamiento a la población no organizada de nuestro pueblo para que tomara conciencia de su responsabilidad histórica en la transformación de la sociedad. Esa voz hoy no se oye en la mayoría de los pueblos. En muchos países, es el partido político en el poder (gracias a las elecciones) el que define lo que el pueblo puede hacer o no, lo que es justicia y lo que no, lo que es patriotismo y lo que es traición. Es urgente escuchar a Monseñor Romero. El pueblo debe liberarse de los partidos políticos en el poder (algunos desde hace años).

Sin embargo, Monseñor también se había dado cuenta de que en algunos sectores de las organizaciones populares había una tendencia a marginar todo lo relacionado con la fe del pueblo. Hemos conocido a dirigentes de estas organizaciones que presionaban a los nuevos miembros para que abandonaran su motivación y comprensión religiosa y se apartaran de las comunidades eclesiales de base. También hemos conocido dirigentes que siempre han respetado esos sentimientos cristianos. Recordamos que, en nuestras CEB's en El Salvador a finales de los años setenta, se discutía sobre este tema: ¿hay que abandonar las CEB's cuando se integra a la organización popular? Se mencionaba la disponibilidad de tiempo, las exigencias del compromiso y también el tema de la seguridad. También se mencionaba la necesidad de seguir creciendo en la fe, de mantener encendida la mecha de nuestra vocación creyente y el horizonte del Reino de Dios, que es más amplio y profundo que la utopía de la revolución. Cabe recordar la importancia del trabajo pastoral realizado por los sacerdotes Rogelio, Miguel, Esteban y sus equipos de catequistas en el acompañamiento creyente y religioso de los combatientes y la población civil de las zonas bajo control de la guerrilla durante los años de guerra en el norte del departamento de Morazán. Hubo otras experiencias similares en otros frentes de guerra y en refugios de Honduras y Nicaragua. Monseñor sabía muy bien lo que estaba defendiendo: «Lo más valioso: su fe en Dios, su amor a Jesucristo, sus sentimientos cristianos».

Nos llama la atención que Monseñor Romero planteara la exigencia del respeto por el corazón religioso, creyente y cristiano del pueblo frente a lo que las dirigencias de las organizaciones populares decían defender: amar y defender al pueblo. «Si de verdad amamos al pueblo y tratamos de defenderlo, no le vamos a quitar lo más valioso: su fe en Dios, su amor a Jesucristo, sus sentimientos cristianos». Monseñor Romero no dice «si de verdad aman al pueblo y tratan de defenderlo», sino que se incluye a sí mismo y a toda la Iglesia: «Si de verdad amamos al pueblo y tratamos de defenderlo». Se siente parte de todo el proceso de defensa del pueblo. Como pastor, quiere cuidar ese «algo más valioso del pueblo»: su fe en Dios y su amor a Jesucristo.

Los retos de hoy tienen que ver con «lo más valioso del pueblo», para que sea luz en su camino y fermento en las organizaciones populares que transformen la sociedad. Esa luz no sirve para esconderla detrás de la puerta. Ese fermento de la fe en Jesús no sirve de nada si no se mezcla con la masa que es el pueblo organizado para exigir justicia.

Quizás esa misma llamada de Monseñor Romero se dirige hoy a la Iglesia, a las iglesias en general, tanto en Europa como en América Latina. Se pueden observar dos fenómenos. Por un lado, vemos un creciente fundamentalismo evangélico y carismático, con un sinfín de iglesias evangélicas (pequeñas, grandes y grandísimas). Se promueven y se predican desde lecturas literales (no contextualizadas) y manipuladas ideológica y políticamente. Algunos líderes políticos aprovechan y estimulan esos sentimientos religiosos, y llegan incluso a presentarse como mesías. En el otro lado, quizás en este momento más en Europa que en el continente americano, existe una tendencia política creciente a eliminar e incluso prohibir todos los símbolos religiosos de los espacios públicos y a exigir que las iglesias (las religiones en general) se dediquen únicamente a «lo religioso», dejando «lo no religioso», lo profano —la economía, la política, la organización social, los temas de la migración y de la violencia, la educación, el cuidado de las personas, etc.— en manos «neutras», «laicas», para que actúen según las leyes del poder y del dinero. Por ejemplo, se impulsa la eliminación de puestos de trabajo relacionados con el cuidado, como el trabajo pastoral (en asilos de personas mayores, hospitales, etc.), bajo el argumento del ahorro necesario.

¿No será que en ambos casos se observan las deficiencias reales de las iglesias (tanto de las jerarquías como de la gente de a pie) para predicar y vivir realmente el camino que Dios nos ha enseñado, el camino de Jesús, guiados por el Espíritu? ¿No será que lo que Monseñor Romero llamaba «lo más valioso: su fe en Dios, su amor a Jesucristo, sus sentimientos cristianos» se ha ido vaciando poco a poco, gota a gota, familia por familia y de generación en generación? Durante las visitas de los papas a los países (como se ha visto recientemente en España) se observa un fervor y un entusiasmo religiosos por parte de miles de personas que se acercan, pero, como también se ha observado a lo largo de la historia, todo parece más bien un fuego de tusa que se apaga pronto. Mientras no regresemos al Evangelio y no nos dejemos seducir por la vida de Jesús, convirtiéndonos en testigos vivos de una vida diferente, no lograremos rescatar lo más valioso: su fe en Dios, su amor a Jesucristo y sus sentimientos cristianos. Mientras en las iglesias sigamos haciendo cada año lo mismo de siempre, o mejor dicho, lo que durante siglos se ha ido convirtiendo en tradiciones, no seremos capaces de escuchar al Espíritu que sopla donde quiere. Jesús nos ha dicho que, en primer lugar, ese Espíritu nos tocará a través de los ojos de quienes sufren: los empobrecidos, los enfermos, los migrantes, las víctimas de abusos, de exclusión, de las guerras, etc. No tengamos miedo de volver a alimentar ese gran tesoro de la fe viva.

Cita 9 del capítulo IV (Los pobres) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero” .

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