Son del diablo los que hacen la muerte
“La muerte es signo de pecado, cuando la produce el pecado tan directamente entre nosotros; la violencia, el asesinato, la tortura donde se quedan tantos muertos, el machetear y tirar al mar, todo eso es el imperio del infierno. Son del diablo los que hacen la muerte. La experimentan los que le pertenecen al diablo. Colaboradores, agentes del demonio, impostores de algo extraño que no cabe en el plan de Dios. Por eso la Iglesia no se cansará de denunciar todo aquello que produce muerte. La muerte, aun la muerte natural, es producto y consecuencia del pecado.” (1 de julio de 1979).
A pesar de los grandes avances de la humanidad en materia de desarrollo tecnológico y científico, en lo que respecta a «humanidad» no hemos avanzado lo suficiente.
La destrucción del medio ambiente nunca antes había sido tan masiva, acelerada y agresiva como en nuestros tiempos, a pesar de las advertencias de los movimientos ecologistas. Es inconcebible que el presidente de EE. UU. bloquee toda estrategia para detener el aceleramiento del cambio climático.
La trata de personas, la venta de seres humanos como esclavos, la explotación sexual, el feminicidio, los asesinatos, la desaparición de personas, la tortura, el genocidio (pueblos enteros), las guerras son noticias diarias en nuestros medios de comunicación.La inversión mundial en armamento es un grito al cielo si lo comparamos con los millones de personas que sufren hambre y se mueren de ella. El sistema económico de todos los países se basa en la explotación de la mano de obra barata para enriquecer a unos pocos. La pandemia de hace unos años dejó al descubierto la horrible desigualdad de la sociedad. El derecho fundamental al acceso a la alimentación básica y al agua potable se ha convertido en mercancía. «Los agentes del demonio» acaparan hasta lo más fundamental de la vida en este planeta.
Lo que hemos visto en la destrucción de Gaza y el genocidio contra la población palestina, en la guerra de Israel y EE. UU. contra Irán y el Líbano, deja claro que el mundo de los poderosos nada en millones de millones de dólares destinados a armas que destruyen vidas.Lo que ya se inició con la guerra de Rusia contra Ucrania se hace aún más evidente: la industria militar es la gran ganadora de todo esto. Los miles de muertos, heridos y refugiados son los grandes perdedores. La respuesta del mundo es producir aún más armas.
Claro, hay avances de la humanidad en espacios personales, familiares y en comunidades locales; sin embargo, si lo ponemos en perspectiva mundial, los poderes que manejan las armas, las finanzas, el comercio, la producción, etc., son verdaderamente «del diablo».La razón es muy sencilla: provocan la muerte. Monseñor Romero decía: «Son del diablo los que hacen la muerte».No ponemos en duda los compromisos de solidaridad de las familias, las comunidades locales y las organizaciones sin ánimo de lucro, pero todo parece ser como gotas de agua que caen sobre una plancha caliente. En lo fundamental, este mundo, tal y como lo hemos construido, se ha deshumanizado.Puede sonar fuerte, pero un mundo que produce diariamente la muerte (lenta o abrupta) de millones de personas es un mundo deshumanizado, un mundo donde la maldad y la lejanía de Dios se han convertido en estructuras y sistemas. No podemos limitarnos a la «bondad» que nos rodea. Cada pobre que muere en este mundo es un grito de Dios que dice: ¡BASTA! ¡Claro que no estamos en el camino correcto para lograr justicia, fraternidad, bondad, misericordia, libertad, verdad, etc.!
Es lamentable que ni siquiera las iglesias se unan para hablar claro al respecto. Las voces de las máximas autoridades eclesiásticas desaparecen frente al poder del dinero y de las armas. Las pequeñas muestras de solidaridad y fraternidad comunitaria, por muy importantes y decisivas que sean, fácilmente obstaculizan la realidad en la que vivimos. Las liturgias, las celebraciones memoriales y los cultos han sustituido en gran medida, en todo el planeta, a la acción humana de construir un mundo mejor, es decir, según el plan de Dios. Es más cómodo y tranquilizador ser «muy religiosos» en los ritos, en lastradiciones religioso - culturales que luchar unidos por cambiar radicalmente este mundo de pecado.
Monseñor Romero, en nombre de la arquidiócesis de San Salvador de su tiempo, dijo: «La Iglesia no se cansará de denunciar todo aquello que produce muerte». La deshumanización que provoca la muerte parece no detenerse.La aprobación de una ley que permite la «cadena perpetua» en El Salvador y la ley que introduce la «pena de muerte» en Israel son signos de que incluso en los países con tradición bíblica se sigue optando por la muerte y la deshumanización como mecanismos para el desarrollo de la sociedad. Se sigue utilizando la Biblia para justificar que el poder actúe como dueño de la vida en lugar de Dios. «Son del diablo los que hacen la muerte».
Cita 11 del capítulo V (Pecado y conversión) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”