Acero: "Matar es pecado y es delito. Las armas, las balas y el plomo solamente producen más dolor, división y venganza"
El obispo auxiliar de México, junto al cardenal Aguiar, con las 'familias buscadoras' de los desaparecidos por la violencia en el país. "Hacemos un llamado especial a las autoridades para que escuchen a las víctimas, para que se acerquen a ellas y conozcan de frente el dolor de una madre, de un padre, de un hijo o de un hermano que no sabe dónde está su ser querido. Antes que discursos, estas familias necesitan escucha, cercanía, comprensión y respuestas"
Queridas familias: Como cada mes, nos reunimos aquí para compartir el dolor de la ausencia, pero también para encontrarnos, escucharnos y orar juntos. Las puertas de esta Curia arquidiocesana están abiertas para ustedes, porque queremos que encuentren aquí una Iglesia que escucha, acompaña y busca tender puentes.
Este camino que hemos recorrido juntos forma parte también de un llamado que la Iglesia en México ha hecho desde hace algunos años. En 2022, la Conferencia del Episcopado Mexicano convocó a los distintos sectores de nuestra sociedad a sumarse a un proceso de oración, conversación y discernimiento que nos permitiera articular iniciativas para mejorar la justicia, la seguridad y poner las bases para la paz.
Hemos reconocido de manera especial la “extraordinaria labor de las madres buscadoras y distintas organizaciones ciudadanas que, impulsadas por su dolor, valentía y tenacidad, son las que verdaderamente consiguen avances en la búsqueda de sus seres queridos y realizan hallazgos decisivos que mantienen vivo el clamor por la justicia” (CEM, Mensaje del 12 de marzo de 2025).
Yo también lo reconozco hoy delante de ustedes. Su testimonio nos interpela. Su búsqueda no nos deja indiferentes.
Y precisamente porque no nos quedamos solamente en palabras, nuestra Arquidiócesis da un paso más. Como acabamos de escuchar en el mensaje de nuestro Arzobispo, el Cardenal Carlos Aguiar, los Buzones de Paz, que ya han comenzado a dar frutos en algunas comunidades, estarán presentes ahora en una gran cantidad de parroquias.
Ponemos al servicio de ustedes nuestras comunidades, nuestros templos y la confianza de muchas personas. Quizá alguien sabe algo y tiene miedo de hablar; quizá conoce un dato que considera pequeño o poco importante. Estos buzones ofrecen un espacio seguro y anónimo para que esa información pueda llegar y contribuir a una búsqueda.
Sabemos que un buzón no resuelve por sí mismo el enorme drama de las desapariciones. Pero sí queremos hacer lo que está de nuestra parte. Si una parroquia puede convertirse en un lugar donde una información encuentre el camino para ayudar en la búsqueda de una persona desaparecida, entonces tenemos el deber de abrir esa posibilidad.
México necesita hombres y mujeres comprometidos en la vida pública, que actúen como suaves y fuertes anticuerpos frente a la corrupción, la codicia y la violencia que tanto daño han causado a nuestro país.
Necesitamos también desterrar el lenguaje de odio con el que hemos ido polarizando nuestra sociedad. Bajemos la intolerancia y el insulto, también en aquellos lugares donde se discuten y aprueban las leyes.
La dignidad humana no depende de mayorías ni de ideologías; pertenece a toda persona y no puede ser pisoteada por nadie.
A ustedes, queridas familias, les animo a seguir haciendo escuchar su voz y a seguir tocando el corazón de nuestras autoridades con su testimonio. Y a quienes tenemos alguna responsabilidad en la sociedad, su dolor nos exige aprender a escuchar.
Desarmemos los arsenales de los poderosos, pero también las armas del orgullo y del egoísmo que cada uno puede descubrir en su propio corazón. Revistámonos de las buenas y desarmantes armas de la misericordia y del amor, de la esperanza y de la justicia.
Que nunca tengamos que escuchar dirigido a nosotros el reproche del salmista: “Yo estoy por la paz, pero ellos, apenas hablo, están por la guerra” (Sal 120,7).
Y quiero dirigirme también a quienes participan en el crimen organizado y han elegido el camino de la violencia. A ustedes les digo “déjennos vivir en paz”.
Matar es pecado y es delito. Las armas, las balas y el plomo solamente producen más dolor, división y venganza. A quienes forman parte de organizaciones criminales les digo: cambien de vida, conviértanse, dejen de hacer el mal. Entreguen sus armas.
Nosotros rezamos también por ustedes. Conviértanse. Se los pido de rodillas: abran su corazón al Señor. Háganlo por su propio bien, por sus familias y por el bien de todos.
Reitero también mi llamado, junto al del Cardenal Aguiar y de mis hermanos obispos auxiliares, a todos los sectores de nuestra sociedad: abramos las puertas a las familias buscadoras. Escuchemos las tragedias que viven.
Y hacemos un llamado especial a las autoridades para que escuchen a las víctimas, para que se acerquen a ellas y conozcan de frente el dolor de una madre, de un padre, de un hijo o de un hermano que no sabe dónde está su ser querido. Antes que discursos, estas familias necesitan escucha, cercanía, comprensión y respuestas.
Nosotros queremos ser una Iglesia que sirve; una Iglesia que sale de sus templos y de sus sacristías para acompañar la vida, sostener la esperanza, abrazar el dolor, tender puentes y romper muros.
Ojalá pudiéramos tomar un pico y una pala e irnos todos a buscar con ustedes; pero si no podemos hacerlo, comencemos por atender una de las primeras cosas que nos han pedido desde que comenzamos a caminar juntos: escuchar.
En vísperas del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, aquí estamos y seguiremos estando.
Estaremos para escucharlas y orar con ustedes, pero también para preguntarnos continuamente qué más podemos hacer. Los Buzones de Paz que hoy nuestra Arquidiócesis extiende a más parroquias quieren ser una respuesta concreta a esa pregunta.
Gracias por demostrarnos que el amor es capaz de convocar, dialogar y abrazar en tiempos ideológicos y bélicos. Gracias por hacernos pastores en medio del Pueblo de Dios. Sigan siendo faros de esperanza para todos.