Chiclayo, la escuela del pastor que hoy guía a la Iglesia universal
Primer aniversario de la elección del Papa Prevost desde Chiclayo
Chiclayo, la cuarta ciudad del Perú con sus 688.000 habitantes, es ‘la capital de la amistad’ y ‘la perla del norte’. Así suelen llamar los peruanos a la que fue la diócesis del Papa. Aquí aprendió Robert Prevost a ser obispo. Y con nota. Tanta que, hace un año, fue elegido sucesor del irrepetible Francisco, obispo de Roma y Papa León XIV.
Pasear por la cabecera de la que fue la diócesis de monseñor Prevost, precisamente el día de su primer aniversario papal es todo un privilegio. Aquí se masca su presencia, se adivina su sonrisa, se percibe el eco del agustino gringo, que aquí aprendió a ser misionero. De los de verdad. De los que se calzan las botas de la encarnación y abren su corazón al pueblo y, sobre todo, a los más pobres. Chiclayo huele al misionero Prevost.
Y como amor con amor se paga, la gente se muestra orgullosa de su Papa. Y no solo por lo que hizo, sino también porque colocó a esta pequeña ciudad del norte del Perú en el mapa. Y la ciudad se ha engalanado para él: carteles en las marquesinas y hasta helados dedicados al Papa.
Nada más llegar, se siente el cariño y la devoción de la gente sencilla hacia Prevost. “Aquí, nos sentimos todos orgullosos de León XIV” y me señala las obras a las que están sometiendo la catedral de la ciudad. “La están preparando para recibir al Papa en noviembre”, dice con la resolución del que está en el ajo de la preparación.
Por eso, ayer Chiclayo se vistió de gala. No solo recordó a un antiguo obispo, sino que se miró en el espejo de la historia y reconoce en ese rostro ya universal a uno de los suyos, aunque naciera lejos de aquí.
Hace exactamente un año, Robert Francis Prevost, el pastor que caminó estas calles, visitó estas comunidades y conoció de cerca la alegría y la pobreza de esta tierra, apareció ante el mundo como León XIV. Y desde entonces, esta diócesis que fue su casa pastoral se ha convertido también en una clave de lectura para entender quién es el Papa y de dónde brota la densidad humana y evangélica de su pontificado.
Porque Chiclayo no fue para Prevost un simple destino episcopal. Fue una escuela. La escuela donde aprendió, con aprovechamiento evidente, las asignaturas que de verdad importan en la vida de la Iglesia: inculturación, encarnación, servicio, humildad, equilibrio entre tensiones, entrega desinteresada, profecía con parresia y una sobriedad que no enfría el Evangelio, sino que lo hace creíble.
Aquí, entre la fe del pueblo y sus dolores, fue configurándose el pastor que después Roma conocería con un nombre nuevo y una misión inmensa y universal.
La lección de la cercanía
Quien quiera, pues, entender a monseñor Prevost tiene que mirarlo desde Chiclayo. Aquí no se le conoció por los grandes gestos, sino por la cercanía. No fue un obispo de distancia, ni de solemnidades vacías, ni de despacho frío. Fue un pastor, cálido y cercano, que supo estar.
Y estar, en una diócesis marcada por contrastes sociales, por fragilidades económicas y por una religiosidad intensa, no era poca cosa. Estar significaba escuchar, acompañar, discernir, corregir cuando hacía falta y consolar siempre que fuera posible.
Su estilo se hizo visible en cosas concretas: las visitas pastorales a caballo, tan llenas de simbolismo como de sencillez; las homilías sentidas, que nacían del contacto real con la comunidad; las reuniones con el clero, donde supo ejercer una autoridad serena, sin estridencias, siempre buscando la comunión con un clero mayoritariamente criado a los pechos del Opus Dei; o las fiestas patronales, donde la fe se volvía pueblo, música, memoria y celebración. Todo eso fue dejando una huella honda y discreta, pero duradera.
No gobernó desde arriba. Acompañó desde dentro. Y esa diferencia, en la vida de la Iglesia, lo cambia todo. Porque el pastor que conoce a sus ovejas por la voz y por el nombre no necesita imponerse: le basta con hacerse presente. Prevost aprendió aquí esa gramática elemental del Evangelio. La de un Dios que se encarna. La de un pastor que no se limita a administrar sacramentos, sino que camina con su gente, comparte sus cargas y se deja tocar por su historia.
"Se dejaba encontrar", dice una de sus más estrechas colaboradoras, Yolanda Díaz. De hecho, el restaurante del Papa en Chiclayo es Trébol. Este local histórico, con más de 70 años de tradición, se volvió mundialmente famoso por ser el lugar favorito para desayunar de Robert Prevost durante sus años como obispo en la ciudad. Situado justo frente a la Catedral de Chiclayo, su atractivo principal es la mesa, la "mesa del Papa", donde solía sentarse a comer con vista a la catedral sus platos "benditos".Los favoritos del Pontífice incluyen el frito chiclayano, el caldo de gallina y el sándwich de pavo.
Lo que dejó en la diócesis
Chiclayo conserva todavía la huella de su paso. La dejó en la gente sencilla, que lo sintió cercano y accesible. La dejó en los jóvenes, a quienes supo mirar sin paternalismo y con esperanza. La dejó en los curas, frailes y monjas, en quienes encontró colaboradores y hermanos. La dejó en los pobres, a quienes jamás trató como una categoría sociológica, sino como el corazón mismo del Evangelio. La dejó, en fin, en el pueblo santo de Dios, que reconoció en él a un obispo capaz de unir fidelidad y ternura, firmeza y compasión, servicio y entrega.
Y dejó también una forma concreta de estar presente en los momentos difíciles. Chiclayo no atravesó con él solo tiempos de fiesta o de calma. También llegaron las inundaciones, con su secuela de dolor y desamparo. Y Prevost se calzó las botas de agua y se puso al servicio de la gente.
También llegó el COVID, con su carga de miedo, duelo y fatiga. O las dificultades de los pobres en el día a día, luchando por la supervivencia. En esas y otras circunstancias, Prevost no se escondió detrás de protocolos ni se refugió en la lejanía institucional, que proporciona una sotana. Acompañó. Se hizo visible. Sostuvo. Y ese gesto, en tiempos en que tanta gente se sentía sola, tiene un valor pastoral incalculable.
Pero no todo fue sufrimiento. También hubo días luminosos, de esos que quedan prendidos en la memoria de una diócesis: la cercanía en las fiestas patronales, las conversaciones largas con sacerdotes y comunidades, las celebraciones donde el pueblo expresaba su fe con espontaneidad y profundidad, los encuentros sencillos donde se respiraba una Iglesia viva, encarnada, sin maquillaje.
Chiclayo conoció así a un obispo que sabía unir la solemnidad del ministerio con la humanidad de los gestos pequeños.
Lo que se llevó a Roma
Y si Chiclayo recibió mucho, también dio mucho. Porque de aquí Prevost no se llevó solo recuerdos. Se llevó una forma de mirar la Iglesia y una manera de ejercer el pastoreo. Se llevó la experiencia de una fe popular viva, la memoria de una Iglesia pobre y concreta, el aprendizaje de la paciencia histórica y el arte del equilibrio evangélico. Se llevó el peso de los pobres, las preguntas de los jóvenes, las heridas de las familias, la resistencia silenciosa de tantos creyentes anónimos.
Se llevó, sobre todo, la experiencia del pastor bueno, del que no gobierna desde la abstracción y la lejanía de la mitra, sino desde la vida real. El Evangelio en vivo y en directo. El que sabe que una oveja no es un número, sino un rostro; no una estadística, sino una historia; no una masa, sino una persona. Ese aprendizaje, hecho en las periferias concretas de Chiclayo, es seguramente una de las grandes claves de su pontificado.
Roma recibió así no a un teórico de la Iglesia ni a un funcionario de lo sagrado (que tanto abundan entre el episcopado), sino a un hombre formado en el roce de la realidad. Y eso se nota. Se nota en su manera de hablar, en su equilibrio, en su sobriedad, en su capacidad para sostener tensiones sin romper la comunión, en su voluntad de unir profecía y prudencia, reforma y continuidad. Todo eso no nace de un manual, sino de una vida de un misionero compartida con el pueblo.
La mochila del pastor
Monseñor Prevost llegó a Roma con una mochila llena. Llevaba alegrías, porque también se alegró mucho aquí. Llevaba la satisfacción del deber cumplido, porque supo entregarse a esta Iglesia local sin reservarse. Llevaba sonrisas, muchas sonrisas, de esas que quedan grabadas en quienes lo trataron. Y llevaba también alguna lágrima, porque ningún pastor verdadero atraviesa una diócesis sin dejarse tocar por el sufrimiento de su pueblo.
Llevaba, en suma, la biografía espiritual de un pastor que aprendió a vivir el Evangelio en lo cotidiano. No como idea, sino como carne. No como doctrina abstracta, sino como cercanía encarnada. No como consigna, sino como servicio real. Y esa mochila, que en Chiclayo se llenó de pueblo, de barro, de oración, de diálogo y de esperanza, fue la que llevó luego al centro de la Iglesia.
Quizá por eso León XIV habla hoy con la autoridad tranquila de quien ha pasado por la prueba de lo concreto. No viene de la teoría, sino del camino. No llega de una torre de marfil, sino de una diócesis con rostro humano. No se presenta como un líder que improvisa, sino como un pastor que ha aprendido a escuchar antes de decidir. Y esa diferencia, en una época tan necesitada de referencias morales creíbles, vale su peso en oro.
El legado de Chiclayo
Hoy Chiclayo puede afirmar, con legítima emoción, que algo de su alma vive en el Papa. Que en sus calles, en sus parroquias, en sus comunidades, en sus penas y en sus fiestas, se fue haciendo el hombre que hoy preside la Iglesia universal. León XIV no se entiende sin Chiclayo. Y Chiclayo tampoco se entiende del todo sin él. Porque aquí aprendió a equilibrar opuestos sin diluirlos.
Por eso, cuando hoy se cumple un año de su elección, no basta con hablar del Papa en clave romana. Hay que hablar también de Chiclayo. Porque aquí se forjó parte esencial de su identidad pastoral. Aquí se afinó su mirada. Aquí maduró su corazón. Y aquí quedó una huella que no se borra, porque pertenece al tipo de marcas que dejan los pastores auténticos: las que no buscan fama, pero cambian la historia de una comunidad.
En el fondo, ese es el mayor legado de estos años chiclayanos: haber mostrado que el Evangelio sigue aprendiendo a hablar castellano, a caminar bajo el sol del norte peruano, a visitar comunidades a caballo, a sostener a los pobres en tiempos de inundación, a consolar durante la pandemia, a celebrar la fe del pueblo y a construir Iglesia desde abajo. Y haber dejado claro que el Papa que hoy guía a la Iglesia universal se hizo también aquí, en esta tierra bendita y herida que le enseñó a ser, de verdad, buen pastor.