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Congreso “Voces de la Tierra y el Espíritu”: cuando la Iglesia en Guatemala escucha el clamor de la creación y de los pobres

La diócesis de Jutiapa fue mucho más que una sede: se convirtió en un signo de esperanza para Guatemala

Mons. Antonio Calderón Cruz, obispo de Jutiapa, desde la Iglesia Catedral, presidió la Eucaristía de inauguración del Congreso con los participantes.

Mientras buena parte del debate público se encuentra atrapado entre crisis políticas provocadas por una dirigencia incapaz y sin proyecto de país, entre disputas ideológicas trasnochadas y entre escándalos de corrupción e impunidad, en el oriente de Guatemala ocurrió un acontecimiento que merece ser leído como uno de los signos más esperanzadores de la Iglesia en nuestro tiempo.

Del 10 al 12 de junio, la Diócesis de Jutiapa acogió el Congreso “Voces de la Tierra y el Espíritu: Tejiendo Esperanza”, convocado por la Pastoral de la Tierra de la Conferencia Episcopal de Guatemala y la Red Eclesial Ecológica Mesoamericana (REMAM). Allí se reunieron representantes de las diócesis de Alta y Baja Verapaz, Zacapa-Chiquimula, Jalapa-El Progreso, Jutiapa, Santa Rosa de Lima y los vicariatos apostólicos de Izabal y Petén para escuchar el clamor de los territorios y discernir respuestas pastorales comunes ante los desafíos que hoy enfrentan las comunidades en sus territorios.  

Sin embargo, reducir este encuentro a un simple congreso ambiental sería no comprender su verdadera dimensión. Lo sucedido en Jutiapa constituye una de las expresiones más concretas de la Iglesia sinodal que soñaron el papa Francisco y que continúa impulsando el papa León XIV: una Iglesia que escucha, discierne y actúa desde la realidad de los pueblos. 

Desarrollo del Congreso: “Voces de la Tierra y el Espíritu: Tejiendo Esperanza”,

La ecología integral dejó de ser un discurso para convertirse en una práctica pastoral 

Durante mucho tiempo, algunos sectores consideraron que el cuidado de la creación era una preocupación secundaria dentro de la misión evangelizadora. El Congreso de Jutiapa, desde su pequeñez, como el grano de mostaza, vino a desmontar definitivamente esa falsa oposición. 

La gran convicción que atravesó todo el encuentro fue que la crisis ecológica no es solamente un problema ambiental. Es una crisis humana, social, económica, cultural y espiritual. Cuando un río es contaminado, no solamente se afecta un ecosistema; se deteriora la salud de las comunidades, se destruyen medios de subsistencia, se rompen vínculos culturales y se hiere la dignidad de los pueblos.  

Esta comprensión coincide plenamente con la visión de la ecología integral propuesta por la gran encíclica Laudato Si', del papa Francisco. La tierra, el agua, los bosques y la biodiversidad no pueden ser considerados simples recursos económicos. Son bienes comunes, dones de Dios destinados al servicio de toda la humanidad. 

Desde esta perspectiva, el Congreso recordó algo esencial: la defensa de la Casa Común no es una moda ideológica ni una agenda política disfrazada de religión. Es una exigencia de la fe cristiana. Escuchar el clamor de la tierra es escuchar también el clamor de los pobres, porque ambos forman parte de una misma realidad humana y espiritual.  

Mesas de trabajo en el Congreso

Una radiografía inquietante del norte, oriente y suroriente de Guatemala 

Uno de los aportes más valiosos del Congreso fue la elaboración de una mirada regional sobre la situación de los bienes naturales en Alta y Baja Verapaz, Petén, Izabal, Zacapa, Chiquimula, El Progreso, Jalapa, Santa Rosa y Jutiapa. 

El diagnóstico es preocupante. La región alberga algunos de los ecosistemas más importantes de Mesoamérica, pero enfrenta una presión creciente derivada de la expansión de monocultivos, la ganadería extensiva, la extracción ilegal de madera, la minería, la contaminación de cuencas y el avance de proyectos extractivos. La situación se agrava al constatar la presencia de organizaciones criminales y la dinámica de una gran corrupción alentada por un sistema de justicia y una casta política que privilegia los intereses del gran capital en contra de los pueblos asentados en esta región de Guatemala. 

Particularmente alarmante es la crisis hídrica. En amplias zonas del Corredor Seco, miles de familias experimentan cada año mayores dificultades para acceder al agua. A ello se suma la contaminación de ríos y fuentes hídricas provocada por aguas residuales, desechos sólidos y actividades industriales y extractivas.  

La deforestación avanza tanto en el norte como en el oriente del país. La pérdida de cobertura forestal compromete la biodiversidad, debilita la capacidad de recarga hídrica y aumenta la vulnerabilidad frente al cambio climático.  

Pero quizá el aspecto más profundo del análisis es la constatación de que detrás de los problemas ambientales aparecen conflictos relacionados con la concentración de la tierra, la exclusión social, la inseguridad alimentaria y la marginación de comunidades indígenas y campesinas. La crisis ecológica y la crisis social son inseparables.  

La región alberga algunos de los ecosistemas más importantes de Mesoamérica

Una denuncia profética frente al modelo extractivista

El Congreso no se limitó a describir problemas. También se atrevió a señalar causas. El documento final identifica la existencia de modelos económicos que privilegian la acumulación de riqueza sobre el bien común y que conciben la naturaleza como una mercancía susceptible de explotación ilimitada.

Se trata de una denuncia que posee profundas raíces bíblicas y evangélicas. Los profetas de la Biblia denunciaron a quienes acumulaban tierras mientras expulsaban a los pobres. Jesús denunció toda forma de idolatría del dinero. La Doctrina Social de la Iglesia ha insistido constantemente en que la propiedad privada tiene una función social y que los bienes de la creación poseen un destino universal.

Por ello, el Congreso cuestiona la lógica que presenta cualquier proyecto extractivo como sinónimo automático de progreso. No puede llamarse desarrollo a aquello que destruye fuentes de agua, degrada bosques, desplaza comunidades o sacrifica el futuro de las nuevas generaciones.

Esta afirmación posee una enorme relevancia para Guatemala, donde numerosos conflictos territoriales continúan generando tensiones entre comunidades, empresas y Estado.

El Congreso cuestiona la lógica que presenta cualquier proyecto extractivo como sinónimo automático de progreso.

Una Iglesia que pasa de la denuncia a la organización

Quizá el aspecto más innovador del Congreso fue su apuesta por la articulación regional. Durante décadas, muchas luchas ambientales se desarrollaron de forma aislada. Comunidades enteras enfrentaron solas problemas que, en realidad, forman parte de una misma estructura socioeconómica.

Jutiapa permitió comprender que los desafíos ambientales de Petén están conectados con los de Izabal; que las dificultades hídricas de Chiquimula guardan relación con las de Jalapa y Jutiapa; que la defensa de los bosques de las Verapaces tiene implicaciones para todo el país.

De ahí surgió una de las principales conclusiones del encuentro: es necesario tejer redes permanentes de colaboración entre parroquias, diócesis, organizaciones comunitarias y movimientos sociales.

La esperanza, según la experiencia de este Congreso, deja de ser un sentimiento abstracto para convertirse en organización, participación y compromiso colectivo.

Congreso “Voces de la Tierra y el Espíritu”: cuando la Iglesia en Guatemala escucha el clamor de la creación y de los pobres

El desafío de una nueva espiritualidad ecológica

En el fondo, el Congreso planteó una cuestión que trasciende las políticas públicas y los debates técnicos.

La verdadera crisis es espiritual. Durante décadas hemos construido una cultura basada en el consumo ilimitado, la acumulación y la explotación de la naturaleza como objeto de beneficio económico. La degradación ambiental revela una ruptura profunda de la relación entre el ser humano, la creación y Dios.

Por eso la respuesta no puede limitarse a regulaciones legales o innovaciones tecnológicas. Se requiere una auténtica conversión ecológica.

Necesitamos redescubrir la capacidad de contemplar la creación como don. Recuperar estilos de vida más sobrios. Educar en la responsabilidad ambiental. Promover economías orientadas al bien común. Fortalecer la participación ciudadana. Defender el agua como derecho fundamental. Restaurar bosques y ecosistemas. Y, sobre todo, volver a reconocer que la tierra no nos pertenece: la hemos recibido en préstamo de las generaciones futuras.

El Congreso planteó una cuestión que trasciende las políticas públicas y los debates técnicos: La verdadera crisis es espiritual

Una semilla de futuro para la Iglesia y para Guatemala

Lo ocurrido en Jutiapa constituye una señal alentadora para la Iglesia guatemalteca. Mientras algunos intentan reducir la fe al ámbito privado o encerrarla exclusivamente dentro de los templos, este Congreso mostró una Iglesia que sale al encuentro de las heridas del pueblo, escucha los clamores de los territorios y asume la defensa de la vida como parte esencial de su misión evangelizadora.

La gran enseñanza de “Voces de la Tierra y el Espíritu: Tejiendo Esperanza” puede resumirse en una certeza sencilla pero profundamente transformadora: no hay auténtica evangelización donde la creación es destruida y los pobres son descartados. Tampoco puede existir una verdadera defensa de la naturaleza que ignore la dignidad de las personas.

En Jutiapa se escucharon voces que nacen de la tierra herida, pero también se escuchó la voz del Espíritu que sigue suscitando comunidades capaces de resistir, organizarse y esperar. Porque la esperanza cristiana no consiste en negar los problemas. Consiste en tener la valentía de enfrentarlos juntos.

Y precisamente eso fue lo que sucedió durante esos tres días: la Iglesia de Guatemala comenzó a tejer, desde los territorios, una esperanza organizada para custodiar la Casa Común y defender la vida. Una tarea que apenas comienza, pero que ya anuncia el horizonte de una nueva relación entre fe, justicia social y cuidado de la creación.

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