Cuando contemplo el mar

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Cuando contemplo el mar, me pregunto: ¿Quién soy yo, el que contempla o lo contemplado?

También en vacaciones la mente corre que se las pela. Está y no está. Se angustia con las noticias, se recrea en el pasado, se inquieta por lo que le espera en el regreso y las preocupaciones futuras.

La mente solo se calla cuando descubro que no soy ella, que no soy ni siquiera este personajillo que creo ser, con nombre, apellidos, obras, imagen.

Soy otro, una corriente de energía y luz que se oculta en ese yo temporal y aparente. Mi cuerpo puede envejecer, deteriorarse. Mi personaje va a desaparecer. ¿No acaban desapareciendo los grandes políticos, escritores, actores, deportistas e incluso sus obras quedan sumidas en el olvido?

“El que no se niega a sí mismo” de Jesús no es una anulación masoquista, sino todo lo contrario. Es sustituir mi “yo pequeño” por un “Yo soy” identificado con la plenitud.

Puedo estar perdiéndolo todo y ser feliz. Puedo estar incluso muriéndome y sentirme flotar en la vida, precisamente porque el yo pequeño de la mente ya no puede dar la tabarra y gritar: “Me falta eso, me falta lo otro”.

Vuelve al mar que es.

Jesús, cuando enseña a morir en vida, no está cercenándonos su disfrute, sino lo que de “mundo” (como él lo llama, no en el sentido cósmico, sino en el de sus criterios): poder, posesión, dinero, competencia, envidia, celos, puede contagiarnos.

Contemplo el mar y soy el mar.

No me separo del mar cuando vuelvo a casa después de vacaciones, porque el mar va conmigo a dondequiera yo vaya.

¿Qué cómo se percibe esto? Con el silencio interior. Basta un minuto para entrar en ese espacio del que vine, al que voy y en el que, aunque no lo perciba, estoy

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