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Pérez Esquivel: "Yo le pediría a León XIV que escuche la voz del pueblo argentino y que transmita a los jóvenes la fuerza de la esperanza"

El premio Nobel de la Paz, sobre la visita del Papa a Argentina

Adolfo Pérez Esquivel, de 94 años, Premio Nobel de la Paz en 1980, habla sobre la visita del Papa a Argentina y sobre lo que está atravesando el país. Fundador del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), preside la Comisión Provincial de la Memoria de Buenos Aires

Aldolfo Pérez esqyuivel

(Agencia SIR).- León XIV aterrizará en Buenos Aires el domingo 8 de noviembre, procedente de Montevideo, y permanecerá en Argentina hasta el miércoles 11. En el programa, además de las misas en Buenos Aires, Córdoba y Luján, figuran el encuentro con las autoridades y la sociedad civil, el encuentro con el mundo laboral en la Universidad Católica Argentina y la visita al Complejo Penitenciario Federal. Adolfo Pérez Esquivel, de 94 años, Premio Nobel de la Paz en 1980 —dos años después de salir de la cárcel durante la dictadura—, habla con el SIR sobre la visita y sobre lo que está atravesando el país. Fundador del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), preside la Comisión Provincial de la Memoria de Buenos Aires.

¿Qué significado le atribuye a una visita del Papa a Argentina en el contexto actual del país?

La visita del Papa a Argentina se vive con mucha expectación. La situación política y social del país es grave, con la política impuesta por el Gobierno de Milei, el aumento del desempleo, el hambre y la represión. Se están cerrando fábricas y pequeñas y medianas empresas, con graves violaciones de los derechos del pueblo. Se están produciendo ataques contra la educación a todos los niveles, contra las universidades y los centros de investigación científica, contra los hospitales y los centros sanitarios, que se quedan sin financiación.

¿Qué valor puede tener, en su opinión, la atención del Papa hacia el mundo de las cárceles y las personas privadas de libertad?

La presencia del Papa en las cárceles puede ser positiva si su mensaje se centra en el respeto a la persona humana, en erradicar la tortura y los malos tratos, y en reivindicar los derechos de los reclusos. Sería importante poner de relieve la situación de las cárceles juveniles, las de mujeres y las de personas con discapacidad, así como la falta de financiación. Como Comisión Provincial para la Memoria, llevamos muchos años realizando un seguimiento de las cárceles y las comisarías, junto con el Comité contra la Tortura, en la provincia de Buenos Aires.

Cárceles en Argentina
El Gobierno de Milei reniega de la justicia social y de los derechos humanos

¿Qué contribución puede aportar hoy la Iglesia argentina a la promoción de la dignidad de la persona, la justicia y la reconciliación?

La Iglesia católica realiza una importante labor social, predica los derechos de la persona, está presente en los barrios, acompaña a las comunidades indígenas y a los comedores populares, y se preocupa por alcanzar la justicia social. El Gobierno de Milei reniega de la justicia social y de los derechos humanos.

A lo largo de los años, usted ha mantenido una relación personal y un diálogo con el papa Francisco. ¿Qué recuerdo conserva de ese vínculo y qué aspectos de su pontificado han tenido para usted un significado especial?

El papa Francisco es mi hermano: se ha marchado, pero no se ha ido. Tenía un oído puesto en el pueblo y el otro en el Evangelio para seguir caminando, como decía monseñor Angelelli, obispo mártir. Denunciaba las injusticias y predicaba que los sacerdotes debían salir a evangelizar, a oler a sus ovejas. Dejó una huella muy profunda en el compromiso con una Iglesia pobre y profética, que sigue el camino de Jesús. Francisco tenía un gran sentido del humor. A veces hablábamos de fútbol: era seguidor del San Lorenzo. Hablamos de la situación en Argentina, de América Latina y de la situación mundial, de las guerras y los conflictos, tanto fuera como dentro de la Iglesia. Lamentablemente, no pudo realizar su viaje a Argentina debido a las dificultades políticas y sociales internas, pero el pueblo siempre ha estado en su mente y en su corazón.

Durante los años de la dictadura, usted fue detenido y encarcelado por su compromiso con los derechos humanos. ¿De qué manera marcó esa experiencia su trayectoria humana, su fe y su compromiso posterior?

Hace cincuenta años, la dictadura tomó el poder en Argentina, cuando ya todo el continente sufría dictaduras impuestas por Estados Unidos mediante la Doctrina de Seguridad Nacional. El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no es un hecho aislado. Ya desde los años setenta trabajaba acompañando a grupos y movimientos sociales y religiosos en distintos países de América Latina y ayudando a los exiliados junto con las Iglesias de Brasil —con el cardenal Arns en São Paulo y monseñor Antônio Fragoso en Crateús— y con las Iglesias evangélicas, luteranas y metodistas, entre otras. El 29 de marzo de 1976 tuve que partir al exilio, abandonar la docencia y mis actividades, y sacar del país a mi familia, porque la dictadura había irrumpido en la sede del Serpaj y detenido a mi hijo Leonardo, de 17 años.

Mi compromiso nace de la fe, no de un partido político. Cuando la dictadura desató la represión y las desapariciones, acompañamos a las familias, a las madres. Desde 1975 hasta hoy hemos apoyado la resistencia no violenta para hacer frente a la dictadura. Vivimos en Ginebra, en Suiza, en Bruselas y en París, donde conocí a monseñor Leonidas Proaño, quien me invitó a ir a Riobamba, en Ecuador, para unirme al grupo de trabajo en las comunidades indígenas del Chimborazo y a la reunión en la Casa de la Santa Cruz de Riobamba con 17 obispos latinoamericanos y 4 de Estados Unidos.

El 4 de agosto, en Argentina, fue asesinado el obispo de La Rioja, monseñor Angelelli. El 12 de agosto, el ejército ecuatoriano irrumpió en la Casa de la Santa Cruz y nos llevó a todos a la cárcel de Quito. Al día siguiente fuimos expulsados a Colombia. Tras ese suceso, decidimos volver a Argentina. El 4 de abril de 1977 me detuvieron y me llevaron a la Superintendencia de Seguridad Federal. Me encerraron en una celda sin luz y maloliente: era un centro de tortura. Es una larga historia, pero allí encontré un testimonio de fe: un preso, o una presa, había escrito con su propia sangre «Dios no mata». Después pasé por un «vuelo de la muerte» (a los presos, sedados, los arrojaban vivos desde aviones militares al océano o al río, nota del editor) y, gracias a Dios, no me arrojaron al Río de la Plata. Seguimos trabajando junto a los pueblos, como cristianos.

Personas revisan la basura el 13 de febrero de 2026, en una calle de Buenos Aires (Argentina). | Juan Ignacio Roncoroni/Efe
Mi compromiso nace de la fe, no de un partido político

A la luz de su dilatada experiencia en el ámbito de los derechos humanos y la no violencia, ¿qué mensaje considera importante que el Papa pueda dirigir hoy a la sociedad argentina?

Le pediría al Papa que escuchara la voz del pueblo y que transmitiera a los jóvenes la fuerza de la esperanza de un nuevo amanecer para la humanidad.

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