Buxadé en Ferrol: más armas, motosierra y militarismo frente a las necesidades de la gente
Mientras Buxadé recorre Ferrol vendiendo armas, rearme y grandeza militar, la ciudad sigue esperando respuestas a sus problemas más urgentes. ¿De qué sirve tanto patriotismo de bandera si se abandona a quienes necesitan hospitales, servicios públicos y un futuro digno?
Jorge Buxadé estuvo en Ferrol hablando de armas, defensa e inversiones militares. Destacó el papel de Navantia, Indra y las pequeñas y medianas empresas vinculadas a la industria de defensa, y defendió que invertir en armamento es invertir en España y en el futuro de nuestros jóvenes.
Pero ¿habló de las necesidades reales de Ferrol? ¿Dijo algo sobre el estado de la estación de autobuses, que hace poco tiempo llegó a quedarse completamente sin luz? ¿Se interesó por la situación de la sanidad pública, por la falta de personal en la planta de oncología, por las largas jornadas y el estrés que soportan sus profesionales? ¿Habló de las listas de espera, de la educación, de los bajos salarios o del precio inalcanzable de la vivienda para tantos jóvenes?
La insistencia de Vox en el armamento y el gasto militar contrasta con otra declaración de Buxadé realizada en 2025, cuando, al referirse al modelo de Javier Milei, afirmó que «la motosierra de Milei se va a quedar en nada cuando tengamos una puñetera mayoría absoluta». También habló de utilizar un bulldozer. Cabe preguntarse qué pretende derribar y qué consecuencias tendría esa política para los servicios públicos y los derechos sociales.
Ferrol necesita empleo y es indiscutible la importancia de Navantia para su economía. Pero también necesita hospitales con suficientes profesionales, transportes dignos, educación de calidad y oportunidades para que sus jóvenes puedan quedarse a vivir en su tierra. Defender una ciudad no consiste únicamente en fabricar barcos de guerra; consiste, sobre todo, en garantizar una vida digna a quienes la habitan.
La insistencia de Vox en el armamento y el gasto militar contrasta con otra declaración de Buxadé realizada en 2025, cuando, al referirse al modelo de Javier Milei, afirmó que «la motosierra de Milei se va a quedar en nada cuando tengamos una puñetera mayoría absoluta». También habló de utilizar un bulldozer. Cabe preguntarse qué pretende derribar y qué consecuencias tendría esa política para los servicios públicos y los derechos sociales.
Mucha bandera, mucho ejército y mucha motosierra, pero ninguna respuesta para quienes necesitan una sanidad digna, salarios justos y un futuro. Ese es el patriotismo que pregona Vox: exigir sacrificios a los ciudadanos mientras convierte el rearme en una prioridad.
El papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, dejó una afirmación que debería estar presente en cualquier debate sobre la seguridad y la defensa: «Toda guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad» (n.º 261). Nos invitó a mirar a las víctimas, a los civiles que mueren bajo los bombardeos, a las madres que pierden a sus hijos y a los niños privados de su infancia. Detrás de las cifras militares hay seres humanos y familias destrozadas.
Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger, expresó con enorme crudeza la indiferencia de nuestra sociedad ante quienes mueren intentando alcanzar Europa:
«Si matar da de comer, matemos y comamos. Los muertos, no son de los nuestros. Y a los que huyan de la muerte, ya nos encargaremos de que no vengan a molestar en nuestra casa. Hermoso mundo, que decimos democrático, sólo porque todos nos ponemos de acuerdo en matar y comer».
Sus palabras denuncian una sociedad que puede acostumbrarse al sufrimiento ajeno cuando están en juego sus intereses. Una sociedad que se escandaliza ante determinadas violencias, pero que parece aceptar con demasiada facilidad la muerte de quienes considera extranjeros, pobres o prescindibles.
León XIV también ha reclamado abandonar la lógica de la guerra y apostar por el encuentro, el diálogo y la negociación. La paz no se construye acumulando armas, sino creando las condiciones para que los conflictos no terminen resolviéndose mediante la violencia. Defender a un país no significa renunciar a su seguridad, pero tampoco convertir el rearme en el horizonte de toda política.
Hay otra cuestión que merece reflexión: la manera en que Vox entiende el patriotismo. Amar a España no debería significar alimentar el miedo, buscar enemigos o convertir la bandera en un instrumento de confrontación. El patriotismo también consiste en defender los derechos, la igualdad y la dignidad de las personas.
Rafael Narbona, en su libro Contra la intolerancia, reflexiona sobre la exaltación patriótica como una poderosa droga emocional frente a la que apenas puede competir la razón. Esa exaltación puede llevar incluso a idealizar una dictadura, como sucede con algunos jóvenes que sostienen que con Franco se vivía mejor, olvidando la represión, la ausencia de libertades y el miedo que caracterizaron aquel régimen.
Rafael Narbona, en su libro Contra la intolerancia, reflexiona sobre la exaltación patriótica como una poderosa droga emocional frente a la que apenas puede competir la razón. Esa exaltación puede llevar incluso a idealizar una dictadura, como sucede con algunos jóvenes que sostienen que con Franco se vivía mejor, olvidando la represión, la ausencia de libertades y el miedo que caracterizaron aquel régimen.
Una patria no necesita ciudadanos que obedezcan consignas, sino personas capaces de pensar, cuestionar y exigir responsabilidades a sus gobernantes.
Por eso, la visita de Buxadé deja una pregunta que va más allá de su discurso sobre la industria militar: ¿qué lugar ocupan las necesidades de la gente en su proyecto político? ¿Qué futuro se ofrece a quienes esperan una consulta médica, a quienes no pueden pagar un alquiler o a quienes trabajan en condiciones de precariedad?
Si la motosierra sirve para cortar derechos, si el dinero público encuentra antes el camino de los arsenales que el de los hospitales y si el patriotismo se utiliza para alimentar enfrentamientos, convendría revisar qué se está defendiendo realmente.
España no necesita políticos obsesionados con las armas; necesita políticos que se ocupen de las personas.
Porque la patria no son las armas, ni las banderas utilizadas como trincheras, ni las motosierras. La patria son las personas. Y un país no demuestra su grandeza por su capacidad de destruir, sino por su capacidad de cuidar, proteger y ofrecer una vida digna a sus ciudadanos.
Buxadé viene a Ferrol a hablar de armas, pero no de hospitales sin personal, de transportes abandonados ni de jóvenes sin vivienda. Viene a vender militarismo mientras las necesidades sociales siguen acumulando abandono. Mucha bandera, mucho ejército y mucha motosierra, pero ninguna respuesta para quienes necesitan una sanidad digna, salarios justos y un futuro. Ese es el patriotismo que pregona Vox: exigir sacrificios a los ciudadanos mientras convierte el rearme en una prioridad. Menos discursos de grandeza y más respeto por la gente. España no necesita políticos obsesionados con las armas; necesita políticos que se ocupen de las personas.