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Los Padres de San Martín de Tours y la herida abierta de la Iglesia de Cienfuegos

"Santo Padre, con filial confianza, le suplicamos que esta situación pueda ser revisada a la luz de la verdad, la justicia y el bien de las almas, que constituye la ley suprema de la Iglesia"

Los padres de San Martín de Tours

La comunidad católica de la Catedral de la Inmaculada Concepción de Cienfuegos vive con profunda preocupación la posible finalización de la misión de los Padres de San Martín de Tours, sacerdotes franceses presentes en Cuba desde hace casi veinte años y en la diócesis de Cienfuegos desde 2024.

Su llegada coincidió con una etapa de renovación pastoral para numerosas comunidades que durante años habían sufrido escasez de sacerdotes, desánimo y pérdida de participación de los fieles.

Monseñor Oropesa, obispo de Cienfuegos

En poco tiempo, los Padres revitalizaron la vida litúrgica y sacramental, promovieron la adoración eucarística, la formación de jóvenes y adultos, las misiones en zonas rurales, la atención a enfermos y ancianos, así como numerosas iniciativas caritativas dirigidas a las personas más vulnerables.

Comunidades que llevaban meses e incluso años sin una atención pastoral estable recuperaron una vida eclesial activa. Muchos jóvenes regresaron a la Iglesia. Se fortalecieron los grupos parroquiales, se organizaron cursos Alpha, encuentros de formación, actividades para niños y familias, y se promovió una intensa vida de oración.

Sin embargo, el Obispo de Cienfuegos, Mons. Domingo Oropesa, emitió un decreto que pone fin a la presencia de los Padres en la diócesis. La decisión ha causado una profunda conmoción entre numerosos fieles, que no comprenden por qué una obra pastoral que está dando frutos visibles debe terminar de manera tan abrupta.

Lo que está en juego no es solamente el destino de tres sacerdotes. Para muchos católicos de Cienfuegos, la cuestión fundamental es el futuro de comunidades enteras que habían recuperado la esperanza.

Los propios Padres han continuado trabajando con serenidad y espíritu de obediencia, acompañando a las comunidades hasta el final de su misión y procurando dejar grupos formados, unidos y capaces de continuar caminando en la fe.

La situación ha suscitado numerosas cartas y testimonios enviados a la Santa Sede por fieles, religiosos y sacerdotes. Para muchos católicos de la diócesis, los Padres de San Martín de Tours se han convertido en un símbolo de una pregunta más amplia: cómo acompañar, escuchar y sostener a una Iglesia local que desde hace años atraviesa profundas dificultades pastorales.

Los fieles siguen rezando para que pueda encontrarse una solución que permita preservar el bien realizado y continuar una misión que ha dado frutos evidentes en la vida de la Iglesia y del pueblo de Cienfuegos.

Celebración ante la catedral

Tal vez algunos han aceptado que los Padres franceses de San Martín de Tours se irán en el mes de septiembre, dejando una huella de bondad, de vida pastoral y de fe en todos los católicos de Cienfuegos que los han conocido

Otros verán en ello la voluntad de Dios y confiarán en que de esta prueba surgirá un bien mayor. Pero también habrá quienes se pregunten: ¿por qué y para qué una comunidad puede ser abandonada? ¿Por qué no es escuchada, sobre todo en medio de la situación extrema que vive hoy el pueblo cubano? 

Frente a tanta injusticia, frente a la prepotencia de un decreto episcopal que parece prometer aplastar a quienes levanten la mirada, he recordado unas palabras del Papa León XIV durante la vigilia de oración celebrada en el Estadio Olímpico Lluís Companys el 9 de junio de 2026: 

«No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda; Él nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad y, sobre todo, ha venido a nuestro encuentro para indicarnos, en su Hijo Jesucristo, el camino a seguir para que nuestra vida sea plenamente humana y en nuestra sociedad reinen la justicia, la paz y la fraternidad. Nos ha dado su mismo Espíritu, precisamente para que el amor sea la clave de todas nuestras relaciones humanas. Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios». 

Podríamos añadir: también en nuestra Iglesia encontramos ese mal. 

Un mal que nace de decisiones tomadas sin tener en cuenta el bien mayor de las comunidades. Un mal que permite que templos permanezcan destruidos, comunidades desatendidas, grupos parroquiales que se sienten abandonados y una lógica de imposición que sustituye al espíritu de una Iglesia verdaderamente sinodal. 

Padres de San Martín de Tours

Como expresó el Papa Francisco: 

«No una Iglesia sentada, sino una Iglesia en pie. No una Iglesia muda, sino una Iglesia que recoge el grito de la humanidad. No una Iglesia ciega, sino una Iglesia iluminada por Cristo, que lleva la luz del Evangelio a los demás. No una Iglesia estática, sino una Iglesia misionera, que camina con el Señor por las vías del mundo». 

Y podríamos añadir también: una Iglesia que recoge el grito de sus propios fieles.

Sin embargo, parece que nadie quiere o puede escuchar. Por eso hoy nos queda gritar. Pero este grito no nace de la rebeldía ni de la impaciencia. Es el resultado de años hablando en voz baja, confiando en los cauces de la Iglesia, escribiendo cartas, siguiendo los canales establecidos y esperando respuestas que nunca llegaron. 

Es un grito que surge después de años de silencio, de paciencia y de esperanza; después de compartir entre nosotros el dolor padecido y las heridas acumuladas. No es el grito de quienes rechazan a la Iglesia, sino el de quienes la aman y sufren al sentirse ignorados por ella. 

Hoy nos queda Dios, a quien seguimos elevando nuestro clamor. Pero Él parece respondernos una vez más con una pregunta incómoda: 

¿Dónde está el hombre? ¿Dónde está la responsabilidad de quienes, pudiendo hacer el bien, han causado y siguen causando tanto sufrimiento? ¿Cómo se ha permitido que, dentro de la propia Iglesia diocesana, comunidades enteras se sintieran abandonadas, que el deterioro pastoral y estructural avanzara durante años y que tantas voces fueran escuchadas demasiado tarde o no fueran escuchadas en absoluto? 

Porque no todo puede atribuirse a la voluntad de Dios. Hay heridas que nacen de decisiones humanas. Y cuando esas decisiones afectan a los más pequeños, a las comunidades más frágiles y a un pueblo ya golpeado por tantas pruebas, el silencio deja de ser prudencia para convertirse en una forma de abandono. 

La pregunta sigue abierta. No es solamente qué ocurrirá con los Padres franceses de San Martín de Tours. La verdadera pregunta es qué ocurrirá con los fieles de Cienfuegos y quién escuchará finalmente su clamor. 

Y, sin embargo, a pesar de todo, los Padres de San Martín de Tours no se marchan con resentimiento. Como han demostrado hasta el último día de su misión, permanecen dispuestos a colaborar siempre con esta Iglesia diocesana a la que han servido con generosidad y amor. Su preocupación no ha sido nunca ellos mismos, sino el bien de las comunidades y el anuncio del Evangelio. 

Resulta providencial recordar que Cienfuegos fue fundada por franceses hace más de dos siglos. Hoy, esta tierra vuelve a ser bendecida por la presencia de tres sacerdotes franceses que han entregado sus fuerzas, su tiempo y su corazón para que la Iglesia florezca nuevamente en medio de tantas dificultades. Allí donde encontraron comunidades heridas, sembraron esperanza; donde encontraron abandono, promovieron la vida pastoral; donde encontraron desaliento, anunciaron una vez más que Cristo sigue vivo y camina con su pueblo.

Ese bien sembrado permanecerá. Porque los sacerdotes pasarán, pero la fe despertada, las comunidades fortalecidas y las vidas transformadas seguirán dando fruto para gloria de Dios y para el bien de su Iglesia. 

Atentiendo a un popbre

Carta al Papa

Miami, 1 de mayo de 2026

Su Santidad

Papa León XIV

Ciudad del Vaticano

Santo Padre:

Con profundo respeto filial, pero también con la urgencia que nace del sufrimiento de una comunidad eclesial concreta, me dirijo a Su Santidad para poner en su conocimiento una situación que, en conciencia, muchos fieles consideran grave y pastoralmente dañina.

Quien suscribe lo hace recogiendo el clamor de numerosos fieles —laicos, consagrados y también sacerdotes— que durante años han acudido a diversas instancias eclesiales, incluida la Nunciatura Apostólica, sin haber recibido respuesta. Esta prolongada ausencia de escucha ha generado no solo desconcierto, sino una profunda sensación de abandono en una porción del Pueblo de Dios que desea permanecer fiel a la Iglesia.

La reciente disposición que ordena el cese de la misión de los sacerdotes de la Comunidad de San Martín de Tours en la Catedral de Cienfuegos (ver Anexo 1) agrava de manera significativa esta situación. Resulta particularmente grave que dicho decreto no exponga las causas que lo motivan, privando así a los fieles del derecho a comprender una decisión que afecta directamente su vida sacramental y pastoral. La ausencia de motivación en un acto de esta naturaleza no solo dificulta su recepción, sino que plantea serias dudas sobre la transparencia y la justicia del proceso seguido.

Según consta, el Moderador General de la Comunidad solicitó directamente a Mons. Domingo Oropesa una explicación sobre las razones de esta medida. Las respuestas ofrecidas fueron únicamente de carácter verbal y se limitaron a aspectos tales como: supuestas dificultades en la comunicación; el uso del latín y del canto gregoriano en la Liturgia de las Horas —abierta a los fieles y profundamente apreciada por ellos—; y la observación de que no se estaría promoviendo suficientemente la participación de niñas como monaguillas.

Sin embargo, ninguno de estos elementos fue objeto de corrección formal previa, ni de un proceso de acompañamiento pastoral, ni de discernimiento en las instancias ordinarias de la vida diocesana. Por el contrario, consta que los sacerdotes han actuado en obediencia a las disposiciones recibidas —incluyendo la renuncia expresa a celebrar la Santa Misa en latín—, y que han trabajado activamente en la formación litúrgica de niños y adolescentes en una Catedral donde, a su llegada, no existían estructuras consolidadas.

Bendiciendo a una mujer

En este contexto, resulta difícil no percibir una preocupante desproporción entre las razones aducidas —de modo informal y posterior— y la gravedad de la medida adoptada. La ausencia de un proceso transparente, dialogado y pastoralmente fundado hiere la comunión eclesial y debilita la confianza de los fieles en sus pastores.

Desde que conocí a los sacerdotes de la Comunidad de San Martín de Tours, percibí en ellos una preocupación silenciosa: la sensación de ser, en cierto modo, mal comprendidos o vistos con recelo por su modo de vivir la liturgia. Esta realidad plantea una pregunta que muchos fieles se hacen con dolor: ¿pueden criterios de carácter ideológico o de preferencia litúrgica llegar a prevalecer sobre el bien concreto del Pueblo de Dios, cuando este se manifiesta en frutos visibles de fe, comunión y renovación pastoral?

En el contexto cubano, donde las dificultades sociales, económicas y espirituales son particularmente intensas, la presencia de sacerdotes que sostienen, acompañan y revitalizan la fe no es un elemento secundario, sino esencial. La eventual pérdida de esta presencia ya comienza a ser vivida por muchos fieles como una verdadera orfandad espiritual.

Cabe señalar que a los sacerdotes de la Comunidad de San Martín de Tours se les ha indicado un plazo concreto para el cese de su misión, previsto para el mes de septiembre próximo. Esta circunstancia introduce un elemento de particular urgencia, pues, de no mediar una revisión oportuna, la comunidad se verá privada en breve de una presencia pastoral que ha sido fundamental para su vida de fe y para vivir las consecuencias materiales de un sistema social que no los tiene en cuenta. 

Esta inminencia hace aún más apremiante la necesidad de un discernimiento atento y de una posible intervención que permita salvaguardar el bien espiritual de los fieles antes de que la decisión produzca efectos irreversibles.

Diversas voces dentro de la Iglesia en Cuba han reconocido el valor de esta obra. Entre ellas, la de Mons. Arturo González, Obispo de Santa Clara y Presidente de la Conferencia Episcopal Cubana, quien ha afirmado que estos sacerdotes son “uno de los nuestros: sacerdotes, verdaderos sacerdotes con espíritu eclesial”, y ha manifestado su disponibilidad para servir como Administrador Apostólico en este tiempo de transición, considerando además que Mons. Domingo Oropesa ha presentado ya su renuncia.

Santo Padre, con filial confianza, le suplicamos que esta situación pueda ser revisada a la luz de la verdad, la justicia y el bien de las almas, que constituye la ley suprema de la Iglesia. Los fieles de esta comunidad no buscan confrontación, sino ser escuchados; no desean división, sino permanecer en comunión; no piden privilegios, sino la posibilidad de conservar aquello que ha dado frutos evidentes de vida cristiana.

Padre de San Martín de Tours

No queremos sentirnos huérfanos. No queremos seguir sintiendo que a nadie importamos.

Quedamos a disposición de Su Santidad. Aquí le enviamos testimonios y documentos que puedan ayudar a un mejor discernimiento.

Con esperanza en su solicitud pastoral y encomendando esta súplica a su oración, me despido en comunión con la Iglesia universal.

Maria Cristina Pulido

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