Primado de Colombia: "Antes que los templos, hay que reconstruir las personas, a quienes han perdido todo"
Tras el terremoto de Colombia, cinco obispos y ochenta presbíteros emprendieron un recorrido por tierra de catorce horas por las zonas afectadas. El cardenal Luis José Rueda Aparicio comparte con Vatican News el testimonio de una Iglesia que se ha puesto en camino
(Sebastián Sansón FerrariVatican News).- Quince diócesis afectadas, miles de viviendas destruidas, hospitales, escuelas, universidades y numerosos templos dañados. Es el panorama que ha dejado el terremoto que golpeó el occidente de Colombia el lunes 10 de agosto de 2026 a las 7:34 de la mañana y que ha abierto, junto a la urgente necesidad de una reconstrucción material, una profunda herida humana que requerirá tiempo, cercanía y acompañamiento.
En medio de la devastación, el dolor y la impotencia, sin embargo, también han surgido signos de solidaridad y esperanza. La Iglesia católica se ha movilizado para acompañar a las poblaciones afectadas, no solamente en sus necesidades más inmediatas, sino también en el dolor, el duelo y la incertidumbre de quienes han perdido sus hogares, a sus seres queridos o los espacios que durante generaciones han constituido el centro de sus comunidades.
El cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, viajó junto con otros cuatro obispos y ochenta sacerdotes de la Arquidiócesis de Bogotá a algunas de las zonas más afectadas. En conversación con Vatican News, explica que la iniciativa nació de una pregunta sencilla, pero urgente: "¿Qué podemos hacer?". Se inspiraron por el mismo Evangelio "de acercarnos a la realidad del sufrimiento, y de cómo el Papa León ha estado cerca siempre del sufrimiento, como lo estuvo el Papa Francisco, de las situaciones que pasan en los distintos lugares. Y entonces nos preguntábamos qué podemos hacer de manera inmediata".
Primeros auxilios espirituales
La respuesta, explica el cardenal, fue ponerse en camino. "Dialogando con algunos sacerdotes de la Arquidiócesis de Bogotá, dijimos que podíamos movilizarnos rápidamente para unos primeros auxilios espirituales", afirma. La idea era hacerse presentes junto a quienes sufrían, del mismo modo que rescatistas, médicos y enfermeras se movilizaban para atender las urgencias físicas y sanitarias.
Cinco obispos y ochenta presbíteros emprendieron así un recorrido por tierra de catorce horas. La misión los llevó primero a Pereira, en el departamento de Risaralda, y posteriormente a las distintas jurisdicciones eclesiásticas del Valle del Cauca, donde los sacerdotes se distribuyeron para acompañar a las comunidades.
Algunos permanecieron en Cali; otros fueron enviados a Palmira, Cartago y Buga. El cardenal Rueda Aparicio, junto con un grupo de sacerdotes, se dirigió hacia Buenaventura, en el litoral Pacífico, una de las regiones donde la tragedia del terremoto se suma a heridas que vienen de mucho tiempo atrás.
Buenaventura, donde se acumulan las heridas
Buenaventura es una ciudad marcada por múltiples sufrimientos. El terremoto ha agravado una realidad en la que confluyen la pobreza, el abandono y la violencia de los grupos armados.
El primado de Colombia recuerda que se trata del principal puerto colombiano sobre el Pacífico, una ciudad de unos 350.000 habitantes que, sin embargo, continúa enfrentando graves dificultades para garantizar algunas necesidades básicas a su población. "Es una situación que mezcla el olvido del Estado y la violencia de los grupos armados", señala.
En las zonas más pobres del litoral viven numerosos pescadores y sus familias. Sus viviendas, muchas de ellas construidas sobre el agua, son estructuras de madera con techos improvisados, levantadas junto al lugar donde trabajan y donde mantienen sus embarcaciones.
A esta precariedad se suma la historia de muchas personas que han llegado hasta allí después de haber sido desplazadas por la violencia en otros territorios. "Diríamos que son doblemente víctimas: primero, del conflicto armado y, segundo, de esta situación del terremoto", resume el cardenal.
El dolor del abandono y la fuerza de las mujeres
La experiencia en Buenaventura permitió al arzobispo de Bogotá encontrarse con una realidad cotidiana que revela hasta qué punto la vulnerabilidad puede convertirse en una herida acumulada durante años.
Las altas temperaturas, las dificultades en el acceso al agua potable y la presencia de personas enfermas y ancianos necesitados de cuidados forman parte de la vida diaria de numerosas familias. "Eso le hace sentir a uno el dolor del olvido que ha tenido esta región", afirma.
Pero, en medio de las carencias, el cardenal encontró también una extraordinaria capacidad de solidaridad. Uno de los rostros que más lo impresionaron fue el de las mujeres del litoral Pacífico, cuya presencia sostiene buena parte de la vida cotidiana de las comunidades. "Las mujeres afro llevan como la música y la danza en su corazón", relata.
Durante las celebraciones eucarísticas improvisadas en las calles o bajo carpas, junto con sacerdotes y religiosas, pudo descubrir su papel fundamental dentro de las comunidades. Cantan las alabanzas al Señor y, al mismo tiempo, se preocupan de que no falte el alimento para quienes acuden a las ollas comunitarias. Los bancos de alimentos se han convertido en una ayuda fundamental. Pero la solidaridad no se limita a repartir lo que llega. Al preguntar cómo hacían para atender a los ancianos que no podían desplazarse, las mujeres le respondieron que primero enviaban el alimento a quienes permanecían en sus casas y a los enfermos, antes de repartirlo entre los demás.
"Esa figura femenina allí, tendiendo la mano, amando y sirviendo a la vida, es un mensaje poderoso desde la fe", sostiene.
Sonreír en medio de la tragedia
Otro de los aspectos que tocaron profundamente al cardenal fue la capacidad de los niños y de los jóvenes para conservar la alegría en medio de circunstancias que podrían parecer insoportables. "Me llamó la atención ver a los niños y jóvenes sonrientes, capaces de alegría, capaces de fe", recuerda.
No se trata, aclara, de que sean ajenos a lo que está sucediendo. Muchos han nacido y han crecido en contextos marcados por el conflicto y el abandono, y el terremoto se presenta ahora como una nueva prueba dentro de una historia de dificultades que forma parte de su vida cotidiana.
Y, sin embargo, sonríen. El cardenal también quedó impresionado por la cercanía de los sacerdotes con sus comunidades. Los vio recorrer los barrios a pie, saludar a las personas por su nombre y detenerse para ofrecer una palabra de ánimo.
Esa familiaridad, dice, revela una Iglesia profundamente inserta en la vida cotidiana de la gente. "Pude descubrir esa cercanía del sacerdote, del evangelizador, con sus laicos".
Comunidades que se convierten en familia
En medio del sufrimiento, las pequeñas comunidades de fe han mostrado también su importancia. Son grupos que se reúnen periódicamente en torno a la Palabra de Dios y a la Eucaristía y que, con el paso del tiempo, han construido vínculos capaces de resistir incluso los momentos más difíciles.
Cuando llega el dolor, explica el cardenal, esos vínculos se hacen visibles.
"Se convierten en hermanos que se acompañan, que se ayudan, que están pendientes".
Para Rueda Aparicio, esta experiencia es uno de los frutos del trabajo evangelizador realizado durante años por tantos obispos, sacerdotes y laicos. En el momento de la prueba, afirma, aflora una fe que permite a las personas sentirse hermanas, cercanas y responsables unas de otras.
Uno de los momentos más significativos de su recorrido tuvo lugar frente a un templo semidestruido en Buenaventura. La zona había tenido que ser acordonada para evitar riesgos, y fue necesario encontrar otros espacios para almacenar alimentos, medicamentos y productos de primera necesidad.
La destrucción de los templos provoca un profundo dolor. Muchos de ellos han sido levantados gracias al esfuerzo de varias generaciones, con pequeñas contribuciones y con el trabajo de comunidades que consideraban aquel lugar como parte de su propia historia.
Para estas personas, explica el cardenal, el templo no es solamente un edificio. Es la casa de Dios, pero también la casa de la fraternidad y del encuentro. Por eso, al verlo destruido, sienten que una parte importante de su vida también se ha derrumbado. Pero, ante esta realidad, el primado de Colombia insiste en una prioridad que atraviesa toda su reflexión. "Antes que los templos, hay que reconstruir a las personas".
La reconstrucción material será necesaria y, en muchos casos, compleja. Algunos edificios tendrán que ser demolidos completamente y levantados de nuevo; otros podrán ser reforzados y recuperar parte de su estructura. Pero la Iglesia, subraya, debe comenzar por las personas. "Hay que reconstruir la esperanza".
Los sacerdotes han visto a niños de la catequesis sin vivienda, familias que han perdido a sus seres queridos y catequistas y servidores de las comunidades que se han quedado sin casa o sin posibilidades de trabajo. Por eso, antes de pensar en los ladrillos, hay que acompañar a quienes han perdido casi todo.
"Es muy importante primero acompañar a las personas, primero acompañar a las familias", afirma. Después, confía, Dios ayudará a reconstruir los templos, los seminarios y las casas curales.
Mientras se reconstruyen las casas de las familias y, posteriormente, los templos, la vida de fe continúa
Una Iglesia que celebra bajo una carpa
La destrucción de numerosos templos obligará a muchas comunidades a celebrar durante meses, e incluso durante años, en espacios improvisados. "Vamos a improvisar una carpa, vamos a improvisar un templo en un espacio seguro", ha sido la respuesta de algunas comunidades.
El cardenal encuentra en esta imagen una referencia profundamente bíblica. Durante su peregrinación por el desierto, el pueblo de Israel tenía una tienda de encuentro. De manera semejante, muchas comunidades colombianas tendrán que vivir ahora su fe bajo una carpa. Una carpa de encuentro, de reunión y de liturgia. Una liturgia unida al dolor, pero también abierta a la esperanza.
Mientras se reconstruyen las casas de las familias y, posteriormente, los templos, la vida de fe continúa.
El Buen Samaritano y la urgencia de detenerse
Para los sacerdotes y obispos que participaron en esta misión, el pasaje del Buen Samaritano, en el capítulo 10 del Evangelio de san Lucas, fue una fuente de inspiración.
Ante una persona herida en el camino, no se puede responder con indiferencia ni posponer indefinidamente la ayuda.
"El que está tendido en el camino necesita que yo lo mire, que yo me conmueva, que yo me detenga", explica el cardenal.
La misión no nació de una planificación extensa ni de una metodología compleja. Fue, más bien, una respuesta inmediata a una necesidad que no podía esperar. "Fue como un llamado del Señor y un envío urgente".
Cambiar la agenda, dejar las ocupaciones y ponerse en camino: esa fue la respuesta. "Esto necesita mucho tiempo, pero no podemos quedar indiferentes. Debemos acercarnos en este momento".
Cuando sobran las palabras
¿Qué decirle a una persona que lo ha perdido todo? ¿Qué responder a quien se pregunta dónde está Dios en medio de una tragedia? Para el primado de Colombia, hay momentos en los que las palabras resultan insuficientes.
"Allí sobran las palabras". El lenguaje adecuado, sostiene, es otro. "Es el lenguaje del abrazo. Es el lenguaje de la ternura. Es el lenguaje de la escucha".
También es el lenguaje del silencio respetuoso ante el dolor del otro y de una presencia que no pretende ofrecer respuestas fáciles.
La respuesta a los grandes interrogantes que surgen en medio de la tragedia no puede reducirse, afirma, a una explicación teórica.
"Seguramente, la respuesta no es una bellísima teoría teológica, sino una experiencia de cercanía".
La atención a las comunidades afectadas tendrá distintas etapas. Primero será necesario responder a las necesidades humanitarias más urgentes: alimentos, medicamentos, atención a los enfermos y acompañamiento a quienes han perdido a familiares.
Después llegará una fase de estabilización, tanto desde el punto de vista emocional como en relación con las necesidades básicas, entre ellas la vivienda y los lugares de estudio. Finalmente será necesaria una reconstrucción estructural que, inevitablemente, requerirá tiempo.
Pero junto a estos procesos materiales, la Iglesia quiere ofrecer un acompañamiento emocional, psicológico y espiritual. "Ellos necesitan ser sanados, necesitan elaborar el duelo".
Por ello, el cardenal habla de una tarea que no puede limitarse a los primeros días de la emergencia. Ya no se tratará solamente de primeros auxilios, sino de una presencia permanente y constante desde la espiritualidad y la fe. Los bancos de alimentos y la pastoral social tendrán también un papel importante en este proceso, junto a una evangelización que ayude a reconstruir desde el corazón de las personas.
Cuidar a quienes cuidan
La reconstrucción exige, además, cuidar a quienes permanecen al frente de las comunidades y de las instituciones.
Sacerdotes, obispos, catequistas, responsables de organizaciones civiles, alcaldes y gobernadores trabajan intensamente en medio de la emergencia y necesitan también recuperar fuerzas. "Tenemos que cuidar a quienes están liderando", advierte el cardenal. Ellos necesitan descansar, recibir acompañamiento y encontrar espacios para recuperar la fuerza física y espiritual necesaria para continuar.
Que aflore en medio de los sufrimientos la belleza profunda del ser humano
La belleza profunda del ser humano
Al concluir la conversación, el cardenal Luis José Rueda Aparicio dirige su mirada más allá de Colombia.
Los conflictos, las guerras, la violencia, el cambio climático y las migraciones atraviesan hoy los cinco continentes. Ante tantas heridas, afirma, es necesario recuperar "el más rico humanismo, la condición humana más bella". Desde Colombia, un país que enfrenta las consecuencias del terremoto, el primado invita a no permitir que el dolor tenga la última palabra.
La respuesta, insiste, se encuentra también en la capacidad de los seres humanos para ayudarse unos a otros, más allá de las diferencias, con las manos y los corazones unidos. Y concluye con una invitación que resume el espíritu de su experiencia entre las comunidades afectadas: "Que aflore en medio de los sufrimientos la belleza profunda del ser humano".
