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VIGILIA PASCUAL (31.03.2018) PREGÓN PASCUAL Y DOMINGO RESURRECCIÓN

El Señor esté con vosotros... Levantemos el corazón... Demos gracias al Señor nuestro Dios...

Sí, es justo y necesario agradecer el Amor que irradia la vida de Jesús.

A Jesús le gustaba disfrutar la vida:

comer bien y en buena compañía, tener salud, trabajar dignamente...;

dialogar con todos e intentar comprenderlos, disfrutar de la fiesta;

organizar su vida en libertad, amar y ser amado, alegrar y ser alegrado;

estar cerca de los que sufren para remediar sus males y dolencias;

Como nosotros, experimentó la fragilidad y el egoísmo:

le dolían los enfermos y los demás excluidos de la sociedad;

le preocupaban los que no podían trabajar ni vivir con honradez;

le indignaba el uso interesado, discriminatorio y cruel de la religión.

Jesús sentía que un Espíritu de Amor infinito lo habitaba:

oía su voz llamándole “Hijo mío, en quien me complazco”;

le impulsaba a curar y a alimentar a quienes lo necesitaban;

le movía a denunciar el sufrimiento y el egoísmo;

le llenaba de amor a todos, especialmente a los que más sufren.

Desde esta experiencia, Jesús ofreció su alternativa de vida:

hacer de la vida una fraternidad, el reinado de Dios;

dedicó su vida a pregonarlo y a ponerlo en marcha;

reunió un grupo de hombres y mujeres para vivirlo;

la base del grupo sería la confianza en el Amor de Padre-Madre Dios.

Desde este Amor procura organizar la vida comunitaria:

rechazar los falsos valores: el afán de dinero, de prestigio y de poder;

aceptar el Amor que comparte, que iguala en dignidad, que ayuda siempre.

El Amor, que es Dios mismo, libra de toda opresión:

hace imposible la violencia;

limpia de egoísmo y maldad el corazón;

mueve el trabajo por la reconciliación y la paz.

Este Amor sin medida es Amor puro, gratuito, universal:

no coincide con el “dios” de las religiones conocidas;

con los dioses que acechan para premiar o castigar;

con los dioses que se adueñan de la libertad y conciencia;

con los dioses que se dejan controlar por sus ministros;

con los dioses que se enfadan y hay que aplacarlos y consolarlos...

Este Amor encontró la oposición de los bien instalados:

de los enriquecidos por el sistema y sus habilidades,

de los llenos de poder y honores... frente a los humillados y empobrecidos.

Hoy celebramos que este Amor conduce a la Vida:

Jesús, con este Amor, nos ha abierto los ojos;

lo ha hecho luz y camino para todos;

este Amor es su sabiduría de vida definitiva;

curar, alimentar y crear fraternidad fue su trabajo hasta la muerte;

en este trabajo encontró oposición y cruz:

enfrentamiento con la religión organizada;

los profesionales de la religión vieron en él un peligro;

le llevaron al poder político para eliminarlo como revoltoso social;

así lo hicieron y lo crucificaron;

la verdad del amor de Dios lo resucitó.

¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús vive!

es la buena noticia que descubrieron enseguida sus discípulos;

sintieron su presencia al recordar sus palabras y su Cena;

no pudieron dejar su misión porque su Espíritu les llenó el alma;

su Espíritu les condujo a Galilea para empezar su misma misión;

su Espíritu les hizo “dedicarse asiduamente a la enseñanza de los apóstoles,

a compartir la vida, a la fracción del pan y al rezo” (He 2, 42).

Este cirio encendido ilumina nuestra comunidad:

es signo de Jesús resucitado;

es signo del Amor vigilante, despierto, siempre vivo;

es la luz que da sentido a nuestra vida;

es la fuerza que dinamiza nuestra preocupación por los más débiles;

es la presencia que nos acompaña hasta el final;

la muerte física será la puerta al abrazo pleno de este Amor.

Abramos nuestra vida al Amor que no muere jamás:

renovemos nuestro bautismo del Espíritu;

avivemos la fe y la esperanza sembradas en nosotros;

disfrutemos el amor y la alegría de seguir su camino.

¡Feliz Pascua!

¡Feliz reencuentro con el Amor!

¡Feliz reencuentro con Jesús resucitado!

Rufo González

Leganés (Madrid)

Domingo de Pascua 2ª lect. (01.04.2018): ¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús vive!

Comentario:Aspirad a los bienes de arriba” (Col 3,1-4)

Se entiende mejor esta lectura si leemos los últimos versículos del capítulo anterior (2, 20-23) y algunos más de éste (3, 6-14). En nuestra vida ha habido un hecho decisivo: el bautismo. Por él hemos muerto a los “elementos del mundo”, al hombre viejo, carnal, dominado por el egoísmo, encerrado en el ámbito “de tejas para abajo”. Lo material, las reglas humanas, etc. no pueden “centrar” nuestra vida. Somos libres de leyes religiosas, tabúes, prohibiciones, prescripciones, invenciones humanas, fervores voluntarios. “Eso tiene fama de sabiduría por sus devociones voluntarias, humildades y severidad con el cuerpo; pero no tiene valor ninguno, sirve para cebar el amor propio” (2,23).

Lo leído hoy es la otra cara del bautismo

Hemos sido incorporados a la resurrección de Cristo. Ya vivimos de su Espíritu: “buscad lo de arriba, donde está el Mesías... Estad centrados arriba, no en la tierra”. Este segundo imperativo (versión litúrgica: aspirad) es del verbo “froneo”, al que ya hemos aludido; procede de “fren”: “diafragma o membrana que envuelve un órgano”, el corazón, el hígado, las vísceras, etc. De aquí pasa a significar aquello que configura o da unidad al ser humano: corazón, alma, inteligencia, voluntad... Alude a la fuerza que orienta y unifica al cristiano y a la comunidad. Hemos nacido “de lo alto” (“anozen”: de arriba, Jn 3,3), luego “centraos en lo de arriba (“ta ano froneite”), no en lo que está en la tierra” (Col 3,2). Claramente se refiere al Espíritu que hemos recibido de Jesús. Él unificó la vida de Jesús: le ungió para evangelizar a los pobres, liberar oprimidos, abrir ojos y proclamar el amor incondicional de Dios (Lc 4,17-21).

El Espíritu envuelve nuestra vida en el amor del Padre

Habéis muerto, vuestra vida está escondida...; apareceréis en gloria” (3,3-4). Por el bautismo se muere a “lo terrenal”, a lo puramente inmanente, al egoísmo. Pero, por el bautismo, el Espíritu esconde o envuelve nuestra vida en el amor del Padre. “Dios, rico en misericordia, nos tiene un inmenso amor; aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo -¡por pura gracia habéis sido salvados!-, nos resucitó y nos sentó con él en el cielo” (Ef 2, 4-6). En los versículos siguientes (3,5,14) invita a extirpar lo que hay de inhumano en nosotros: el descontrol de los instintos, la codicia egoísta, los arrebatos de ira, el malquerer, la mentira, la exclusión por raza, religión, nacionalidad, estado social... Por el contrario debemos “vestirnos” con las actitudes que proceden del Espíritu: ternura, agrado, humildad, sencillez, tolerancia, aguante y perdón mutuos... “Y, por encima de todo, ceñíos del amor mutuo, el cinturón perfecto” (3,14).

Homilía hecha oración:Aspirad a los bienes de arriba” (Col 3,1-4)

Jesús “centrado en lo de arriba”, en el Espíritu:

hoy, el fragmento de la carta a los cristianos de Colosas nos recuerda

que tu resurrección es también nuestra: “habéis resucitado con Cristo”.

Un poco antes (2,12) se nos dice:

“fuisteis sepultados con Cristo en el bautismo,

en el que también resucitasteis con él por vuestra fe en la fuerza de Dios

que lo resucitó de entre los muertos”.

Lo mismo dice Pablo en la carta a los Romanos:

“¿Habéis olvidado que a todos nosotros, al bautizarnos vinculándonos al Mesías Jesús,

nos bautizaron vinculándonos a su muerte?

Luego aquella inmersión que nos vinculaba a su muerte nos sepultó con él,

para que, así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre,

también nosotros empezáramos una vida nueva.

Pues si por esta acción simbólica hemos sido incorporados a su muerte,

también lo seremos a su resurrección...

Teneos por muertos al pecado y vivos para Dios, mediante el Mesías Jesús” (Rm 6,3-11).

Esta lectura, Jesús resucitado, nos recuerda nuestra raíz cristiana:

la consagración bautismal: el nacimiento “de arriba, del agua y del Espíritu”;

el abrazo primero y decidido contigo y con tu causa;

el momento en que nos entregas tu Espíritu para sentirnos hijos del Padre,

- y enviados, como tú, a realizar tu misma misión;

ahí nos haces “otro Cristo”, otro ungido para evangelizar a los pobres,

liberar oprimidos, abrir ojos y proclamar el amor incondicional de Dios.

Ahí nos introduces en la comunidad eclesial:

comunidad de enviados, corresponsables de tu misma tarea;

el bautismo nos da valor y dinamismo eclesial;

nos capacita para intervenir y reformar la Iglesia;

nos pide comunión en tu Espíritu.

Estad centrados arriba, no en la tierra”:

es tu llamada en la segunda lectura de hoy;

es tu llamada a buscar unidad y sentido a nuestra vida;

es el fruto de la nueva vida:

- “Si uno no nace de nuevo, no puede vislumbrar el reino de Dios” (Jn 3, 3).

es la realización plena humana:

- el Creador no puede querer otra cosa que la dicha de sus criaturas;

- como un padre o madre la felicidad de sus hijos.

La felicidad humana, Jesús de Nazaret, era tu única teología:

no querías el sufrimiento ni el dolor, y por eso curabas y consolabas;

proponías encontrar la dicha por la vida compartida en sobriedad,

en libertad y ayuda mutua,

en corazón limpio y proceder justo,

en el trabajo por la paz como hijos de Dios...

En esta lucha por el Reino se implicó toda tu existencia:

hacías las obras que el Padre te inspiraba;

escuchabas su voz en el silencio de tu corazón.

A este trabajo por el reino nos quieres llevar a nosotros:

por eso nos ha dado tu Espíritu, como el Padre te lo ha dado a ti;

es el Espíritu recibido con el agua del bautismo;

si uno no nace de agua y Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.

Es la fuerza que nos lleva a creer en la cercanía amorosa de Dios:

podemos ser dichosos, podemos vencer el mal, podemos realizarnos.

Estad centrados arriba, no en la tierra”,

es decir, en el Espíritu de amor que Dios nos envía.

Jesús resucitado, danos a sentir tu Espíritu:

queremos escucharlo en lo profundo, en el centro de nuestro ser;

que tu amor gratuito unifique nuestro corazón y nuestra actividad;

que tu amor nos ponga al servicio de todos, primero de los más necesitados.

Preces de los Fieles (Domingo de Pascua -01.04.2018-): ¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús vive!

Nosotros creemos que Jesús resucitado “transforma la condición humana, incorporándonos en una nueva existencia reconciliada con el Padre y entre nosotros a través del Espíritu (cf. 2Cor 5, 19; Ef 2, 18)” (Placuit Deo, 2). Es el Espíritu, una vez más, quien nos lleva a orar juntos diciendo: “Queremos estar `centrados en lo de arriba´, en tu Espíritu”.

Por todos los cristianos:

- que crean en el Espíritu de Jesús que recibieron en el bautismo;

- que el Espíritu unifique su vida para amar como Jesús.

Roguemos al Señor: “Queremos `centrarnos en lo de arriba´, en tu Espíritu”.

Por la renovación del bautismo:

- que libremente aceptemos el amor del Padre que nos trae Jesús;

- que nos sintamos hijos de Padre, hermanos de Jesús, templos del Espíritu.

Roguemos al Señor: “Queremos `centrarnos en lo de arriba´, en tu Espíritu”.

Por la renovación de la Iglesia:

- que desaparezca el clericalismo, el gobierno despótico del clero;

- que seamos capaces de dialogar, orar y decidir en el Espíritu de Jesús.

Roguemos al Señor: “Queremos `centrarnos en lo de arriba´, en tu Espíritu”.

Por la paz del mundo:

- que las religiones defiendan los derechos humanos;

- que aumente la conciencia de la fraternidad universal.

Roguemos al Señor: “Queremos `centrarnos en lo de arriba´, en tu Espíritu”.

Por los más débiles:

- que encuentren el amor de Jesús y les libre de sus males;

- que en sus debilidades encontremos nosotros a Jesús resucitado.

Roguemos al Señor: “Queremos `centrarnos en lo de arriba´, en tu Espíritu”.

Por esta celebración:

- que avive la fe y la esperanza sembradas en el bautismo;

- que sintamos el amor y la alegría de Jesús resucitado.

Roguemos al Señor: “Queremos `centrarnos en lo de arriba´, en tu Espíritu”.

Queremos, Señor Jesús,centrarnos en lo de arriba, no en lo que está en la tierra” (Col 3,2). Queremos que nuestra vida esté conducida por tu Espíritu, el que te ungió para evangelizar a los pobres, liberar oprimidos, abrir ojos y proclamar el amor incondicional de Dios (Lc 4,17-21). Esto te pedimos a ti, Jesús resucitado, que vives por los siglos de los siglos.

Amén.

Rufo González

Leganés (Madrid)

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