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“En los varios géneros de vida y oficios, se cultiva una única santidad” (Domingo 13º TO A 28.06.2026)

La ley del celibato contradice la libertad evangélica, la praxis eclesial primitiva, la norma eclesial oriental y los derechos humanos. “Parte oscura de la institución, de sobra conocida e indefendible” (Rozalén)

Ninguna tarea humana, vocacional o profesional, exige renuncia a un derecho “universal e inviolable”

Comentario:el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10,37-42)

Leemos hoy el final del “sermón de la misión”. La misión implica complicaciones, también familiares. La opción evangélica (reinado de Dios, realización ideal de la Vida, del Bien, de la Verdad, del Ajustamiento social, de la Paz, de la Fraternidad…) es un valor indescartable, un imperativo absoluto. El cristiano opta por el Amor en todos los aspectos y estados de su vida. Es lo que dice Jesús: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (v. 37). El “Amor” es opción básica y fundamental, roca sobre la que está edificado el cristiano (Mt 7,24s).

Esta opción incluye todos lo amores: esponsal, filial, paterno, materno, fraternal, amical, laboral, pastoral, vecinal… El Amor del Padre del cielo (Mt 5,45: gratuito, universal, perdonador, proactivo) unifica toda la persona, vocación y actividad. “El Amor es el vínculo de la unidad perfecta” (Col 3,14). Todo cristiano está unificado por este Amor que el Espíritu Santo ha derramado en nuestra persona.

El cristiano, célibe o casado, no “anda dividido”, contra lo que dice el texto de Pablo: “El no casado se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. También la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, de ser santa en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido”. (1Cor 7,32-34). Hoy afirmamos con claridad: “El no casado y el casadose preocupan de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor”. Los “asuntos del mundo y el contento de su mujer” son también “asuntos del Señor”. El mismo Pablo duda de su tesis: “Esto os lo digo como una concesión (opinión con buena voluntad), no como una ordenAcerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel” (1Cor 7,6.25). Es una opinión cultural y cristianamente desfasada hoy.

Utilizar este texto para apoyar la ley de la Iglesia occidental sobre el celibato es ideología clerical. Dicha ley es contraria a la libertad evangélica (Mt 19,11s: Jesús sólo dice: “hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos”; ni él se incluye), a la práctica de la Iglesia primitiva (1Tim 3,2-5; Tit 1,6), a la tradición de las Iglesias orientales y a los derechos humanos “universales e inviolables”, entre los que se encuentra “el derecho a la libre elección de estado y a fundar una familia” (GS 26). Ninguna tarea humana, vocacional o profesional, exige la renuncia a un derecho humano “universal e inviolable”.

La Iglesia, en su disciplina occidental, contradice sus propios textos, al prohibir ejercitar este derecho a quienes “ordena” de presbíteros y obispos. Ley inhumana, propia de tiranías, que tienen un cuerpo de élite, dominado por los dirigentes, que recuerdan a los jenízaros del sultán otomano de Turquía, vigentes cinco siglos, desde 1330 a 1830. Sobre esta ley pesa la imposición, la hipocresía, la marginación, el silencio. Es “la parte oscura de la institución, de sobra conocida e indefendible”, como escribe Rozalén, la cantante ante el Papa en el Bernabeu, “hija de un sacerdote secularizado tras diez años, por enamorarse de mi madre…, que admiraba a Óscar Romero, la Teología de la liberación, al papa Juan XXIII… Un hombre de Paz y mediador… Murió con su vocación intacta” (RD 10 junio 2026). Y los clérigos, que convocan a esta mujer, tan callados sobre la injusticia que late en la Iglesia sobre los sacerdotes casados.

El Amor, que procede del Padre del cielo, es la vida cristiana. Entraña la cruz de la que habla Jesús: “el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida (vida para sí) la perderá, y el que pierda su vida (para sí) por mí, la encontrará”. Vida que se centra en aceptar y recibir con el Amor de Dios a todos los seres humanos (Mt 5,43-48). El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa»” (vv. 38-42). El Amor como el del Padre es la santidad: “los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano... En los varios géneros de vida y oficios, se cultiva una única santidad por todos los que son guiados por el Espíritu de Dios y, obedientes a la voz del Padre y sus adoradores en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz” (LG 40s).

Oración:el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10, 37-42)

Tus palabras de hoy, Jesús, desconciertan:

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí,

no es digno de mí;

el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí,

no es digno de mí;

el que no carga con su cruz y me sigue,

no es digno de mí” (vv. 37-38).

Y aún más desconcierto:

El que encuentre su vida la perderá,

y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

Este evangelio me recuerda estas historias:

“Mira, José Mari, no hagas el tonto;

siempre estás preocupado por los demás;

no tienes tiempo para ti;

¿qué te importan a ti esas personas,

           si tienen o no tienen,

si saben o no saben...?”.

“Mariluz quería ser misionera;

su familia logró desanimarla;

ella misma reconoce que perdió algo importante;

ya se considera mayor e incapaz de empezar”.

“Los padres de Luis no le perdonaron nunca:

siendo sacerdote, se enamoró de María Jesús;

decidió casarse y dejar el ministerio;

jamás permitieron que esa mujer pisara su casa”.

“Los políticos sois todos iguales, le dicen a Javier;

cada uno a va a lo suyo.

Pero Javier dice que no:

él quiere servir a la sociedad honradamente,

y trabajar por la paz y la justicia”.

Aquí tienes, Señor Jesús, cuatro historias nuestras;

en todas está tu llamada a vivir para los demás.

Han descubierto tu evangelio de amor fiel,

y quieren seguirlo contra viento y marea;

la cruz les salió a todos al encuentro.

Danos, Cristo Jesús, el ideal de tu Reino:

reino de vida, de verdad, de justicia, de paz...

reino, cuyo centro es el Amor como el del Padre:

casados y solteros, con ministerios diversos,

estamos llamados a vivir tu Amor;

vivir tu Amor es la santidad de la vida.

“Es completamente claro que todos los fieles,

de cualquier estado o condición,

están llamados a la plenitud de la vida cristiana

y a la perfección de la caridad,

y esta santidad suscita un nivel de vida más humano...

En los varios géneros de vida y oficios,

se cultiva una única santidad por todos

los que son guiados por el Espíritu de Dios

y, obedientes a la voz del Padre y

sus adoradores en espíritu y verdad,

siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz” (LG 40-41).

Danos, Jesus de todos, coraje para seguir tu Amor:

para liberarnos de normas deshumanizadoras;

para ser buena noticia para pobres, ciegos, oprimidos…;

para denunciar la hipocresía, la marginación, el silencio…

rufo.go@hotmail.com

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