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San Juan de Ávila: “tengo por mayor mal ser concubinarios que ser casados”

«Juan de Ávila fue un apóstol y un revolucionario de su tiempo, que murió siendo hijo de la Iglesia» (Pablo VI)

Los dirigentes de la Iglesia “tienen por mayor mal ser casados que concubinarios”

Mañana, 10 de mayo, celebramos la memoria de San Juan de Ávila Gijón. Hijo único de Alonso Ávila y Catalina Gijón. Éstos poseían unas minas de plata en Sierra Morena: “eran de los más honrados y ricos de este lugar, y, lo que más es, temerosos de Dios”.

Su conversión de tradicional pasivo a militante activo debió ocurrir en Salamanca sobre 1517. Leía libros del humanista y sacerdote católico Erasmo de Rótterdam. Se convence de que los males de la Iglesia están en los obispos y el clero bajo, ignorantes y simoníacos. Decide estudiar teología en Alcalá. El espíritu de Erasmo le infundió su afán de formar buenos sacerdotes, dar a conocer la Biblia, imitar a San Pablo, volver a las fuentes de la Iglesia primera, ser un activo cristiano según lo narra Erasmo en su “Enchiridion militis Christiani”, “Manual del caballero cristiano”.

Este año se cumplen 500 años de la ordenación sacerdotal. Probablemente el 29 de mayo, según costumbre ancestral, en la víspera de Pentecostés que el año 1526 fue el 30 de mayo. Estoy convencido de que Juan de Ávila, si viviera, pediría hoy reformar la Iglesia en la misma dirección del Papa Francisco. Su ideal era san Pablo itinerante, de corazón fogoso, incansable, intentando llegar a todos. Pablo VI, que le canonizó, dijo: «Juan de Ávila fue un apóstol y un revolucionario de su tiempo, que murió siendo hijo de la Iglesia» (F. Martín Hernández: ¿Fue erasmista san Juan de Ávila? Anuario de Historia de la Iglesia. Vol. 21 / 2012 / 63-76). Durante dos años, padeció cárcel en la Inquisición de Sevilla, acusado de “cierto sabor erasmista”.

Juan de Ávila critica el enseñar oraciones en latín: «Enseñarse las cuatro oraciones de la Iglesia en latín a quien no lo sabe no es cosa a que yo me puedo persuadir: lo uno, porque son tantos y tan monstruosos los gazapatones con que la gente común las dice, aunque no sea nuestro Señor acusador de malos latines, no creo que le agrade, ni a hombre alguno que cuerdo sea, tal lenguaje, pues ni es de los setenta y dos, ni de otros si más hay, ni tampoco es lenguaje por sí. Y quien esto no creyere, pruébelo y verlo ha».

Denuncia la vestimenta rica clerical: “Cuando yo me suba al púlpito y reprenda los vicios y exhorte a la pobreza y mortificación, y me vean a mí con buena sotana y buen sombrero, ¿qué dirán los oyentes? Los predicadores del Evangelio más fuerza tienen sus palabras cuando los que las oyen ven que van acompañadas con obras”.

Sobre el celibato sacerdotal, apunta reformas: «El remedio de esto no entiendo que es casarlos; porque si ahora, sin serlo, no pueden ser atraídos a que tengan cuidado a las cosas pertenecientes al bien de la Iglesia y de su propio oficio, ¿qué harían si cargasen de los cuidados de mantener mujer e hijos, y casarlos, y dejarles herencia? Mal podrían militar a Dios y a negocios seculares… Puesto caso que se condescendiese con relajar el rigor del celibato a los eclesiásticos, aunque presbíteros, yo diría que los tales pudiesen ejercitar los otros ministerios sacerdotales, mas no decir misa, porque me parece que tal píldora no la pasaría el Señor sin mucha amargura; y, a lo que yo entiendo, castos y limpios quiere a sus ministros para lo uno y para lo otro, como hasta aquí en la Iglesia se ha usado, aunque tengo por mayor mal ser concubinarios que ser casados».

Supone, como el Vaticano II, que los “ministerios sacerdotales”, por su naturaleza, no exigen celibato (PO 16). Tiene reparo respecto de la misa”: “tal píldora no la pasaría el Señor sin mucha amargura”. Es la herencia del sacerdocio levítico: el sexo vuelve impuro al ser humano. Tesis defendida hoy por el cardenal Sarah: “Benedicto XVI muestra cómo el paso del sacerdocio del Antiguo Testamento al sacerdocio del Nuevo Testamento conlleva el paso de una `abstinencia sexual funcional´ a una `abstinencia ontológica´” (“Desde lo más hondo de nuestros corazones”, p. 80). Tesis errónea.

“Tengo por mayor mal ser concubinarios que ser casados”. Lo contrario que la Iglesia ha venido sosteniendo. Se toleran amancebamientos ocultos, se consienten injusticias contra las mujeres e hijos del clero, exilios forzosos… La imposición tiránica es más fuerte que la libertad evangélica. Los aireados beneficios celibatarios no son del celibato obligatorio, sino del opcional. El Evangelio (Mt 19,12: “hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda”), la libertad de San Pablo (1Cor 7,25: “acerca de los célibes no tengo precepto del Señor”), “la práctica de la Iglesia primera (1Tim 3,2-5; Tit 1,6), y la tradición de las Iglesias orientales (PO 16: en donde hay también presbíteros beneméritos casados)”, junto con los miles de sacerdotes casados actuales, deberían revertir la legislación actual. Harían, sin duda, crecer la credibilidad de la Iglesia.

Resulta escandalosa la actitud de los máximos dirigentes eclesiales con los sacerdotes casados. Hombres ejemplares, apasionados por Cristo y su evangelio, son humillados, tratados como desertores, desoídos. No respetan sus conciencias que quieren ejercer el ministerio desde el matrimonio. Cosa nada contraria al Evangelio, y muy acorde con la naturaleza humana. Así lo gritan sus asociaciones en todo el mundo.

Hoy podemos defender la tesis de Juan de Ávila en sentido inclusivo. Conectamos más con la libertad que en el siglo XVI. Percibimos con más claridad la inspiración de Juan de Ávila: “que more en ellos la gracia de la virtud de Jesucristo; lo cual alcanzado, fácilmente cumplirán lo mandado y aún harán más por amor de lo que la ley manda por fuerza...”. La “virtud de Jesucristo” vive en libertad: “donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3,17). La historia nos dice que vincular el ministerio “ordenado” con el celibato ha traído “inconvenientes muy perjudiciales”. La Iglesia ha elegido “mandar que se guarde so penas o castigos...”. San Juan de Ávila cree que “la gracia de la virtud de Jesucristo” puede superar los problemas que la ley eclesiástica no es capaz. Habría que matizar: siempre y cuando “lo mandado” no contravenga la ley natural, las tendencias creadas. Es posible la gracia de superación, pero eso es “gracia”, don del Creador. Exigirlo de antemano para ejercer un ministerio es “tentar a Dios”, obligar a Dios a que actúe según nuestra voluntad. La actitud cristiana es pedir, agradecer y cuidar la gracia dada. Pero cuando nos visita la depresión, la amargura, el desequilibrio personal, la sensación de estar encerrados en una trampa..., lo humano es buscar salida digna: permitir el ejercicio de la otra gracia: “animar, servir y unir a las comunidades”.

Castigar al pueblo de Dios a no poder celebrar la eucaristía porque Dios no ha dado ministros célibes, es vengarse de Dios en su pueblo. Es violencia vicaria. San Juan de Ávila, con la mentalidad eclesial del siglo XVI, asediada por la ignorancia sobre el sexo y las relaciones humanas, resalta los “inconvenientes muy perjudiciales del matrimonio para los ministros de Dios”. Los sacerdotes casados, los procedentes del anglicanismo o de la Iglesia oriental, superan dichos “inconvenientes”. A estos últimos, el Vaticano II (PO 16) los reconoce como “presbíteros casados muy meritorios” (`optime meriti´).

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