Urge que la confesión y absolución general (forma C) sea “ordinaria”
Es necesario “evocar la doctrina limpia del Evangelio y recordar la conducta de Jesús con los pecadores como norte y norma de nuestra actuación pastoral”
“Un lema muy sabio sobre la confesión privada: `Todos pueden hacerlo, nadie está obligado a hacerlo, a algunos les vendrá bien hacerlo´”
Leo en Religión Digital (22 octubre 2026) una reflexión sobre el Sacramento de la Penitencia, de José Américo Quesada Blanco, presbítero de la Iglesia Española Reformada Episcopal (Comunión Anglicana), rector de la parroquia de Santa Eulalia de Mérida, en Oviedo. Contrapone la libertad evangélica con las normas católicas. Este es el núcleo de su argumentación:
“La Iglesia de Roma lleva siglos encallada: la manía de ponerle condiciones y peajes al perdón de Dios. Asegura que para recibir la paz interior es imprescindible ir a la confesión con un sacerdote y que es la iglesia la que nos hace justos de verdad.
Y ahí es donde quiero plantarme y decirle con total claridad: el perdón es un regalo directo de Dios; la absolución, simplemente. Sin marcas registradas, sin condiciones de oficina y sin los cerrojos con los que el catolicismo insiste en encorsetar la misericordia divina.
Al decir que para recibir el perdón es obligatorio pasar por un sacerdote y cumplir un rito formal, la teología confunde al mensajero con el Rey. Cuando la Iglesia nos dice que Dios nos ha perdonado -ya sea en mitad de la misa o en una charla privada- no está actuando como un juez con el poder de decidir nuestro futuro. Actúa, simplemente, como un testigo que nos recuerda una gran noticia: que Cristo ya nos salvó a todos en la Cruz.
Nuestra tradición anglicana recuperó el sentido más puro del Evangelio frente a las normas rígidas con un lema muy sabio sobre la confesión privada: `Todos pueden hacerlo, nadie está obligado a hacerlo, a algunos les vendrá bien hacerlo´. La Iglesia está para consolar y acompañar, pero el perdón es completo, directo y total entre la persona que se arrepiente y su Creador.
Jesús ya derribó todas las paredes que nos separaban de Dios para siempre. Volver a levantar una barrera para decidir quién está perdonado y quién no, no es ninguna teología profunda. Es, sencillamente, el empeño de una institución por quedarse con las llaves de una puerta que Dios ya dejó abierta de par en par. El perdón no necesita papeleo ni condiciones humanas para ser real. El Espíritu Santo es libre y no se queda encerrado en un confesionario.”
Muchísimos teólogos y pastoralistas católicos defienden y piden que la forma “C” de celebrar la Penitencia (confesión y absolución generales) sea “ordinaria”, a elección de los penitentes. Creen que esta “forma” está “evangélicamente fundada, históricamente ratificada, dogmáticamente correcta, pastoralmente recomendable” (D. Fernández García, C.M.F.: Celebración comunitaria de la Penitencia. Ed. Utopía. Madrid 1999).
El Nuevo Testamento y la teología dogmática aceptan la Penitencia comunitaria con confesión y absolución generales. Los textos del concilio de Trento, que algunos creen dogmas que impiden dicha confesión y absolución, no prueban la obligación divina de detallar todos los pecados.
Otro tanto pasa con la Eucaristía, sacramento también de perdón. Según la misma legislación eclesial, los que tienen conciencia de pecados graves pueden comulgar, si se arrepienten y proponen confesar lo antes posible. Hay que confesar lo perdonado para “completar el sacramento”, dice la ley. No deja de ser curioso: has aprobado, puedes ejercer, pero tengo yo que examinarte. No basta el examen y el perdón de Dios.
Toda esta casuística nos lleva al núcleo del Evangelio. Lo importante es la conciencia que descubre el Amor del Padre, se arrepiente de sus faltas, y celebra con los hermanos el Amor, siempre benevolente, perdonador, restaurador. La forma cómo se celebra tendrá que verlo la Comunidad eclesial. Lo importante no es, pues, la forma, sino el contenido del corazón que responde al Amor.
Buscar las formas más adecuadas para expresar el Amor sin medida y sentir la restauración personal de acuerdo con nuestra psicología debe ser la tarea de los responsables del sacramento. La conveniencia pastoral –el bien de los fieles: lo que a ellos les consuela, fortalece y anima a seguir en el amor de Jesús- debería ser la guía básica en que se apoye toda normativa de eclesial. Nunca el control y el poder clerical, que ha alejado a muchos. Es necesario “evocar la doctrina limpia del Evangelio y recordar la conducta de Jesús con los pecadores como norte y norma de nuestra actuación pastoral” (D. Fernández García, o.c. p. 9).
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