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Plagios, falsificaciones, credencialismos

Con la esperanza de que se rompa esta telaraña de falsedades en que estamos todos atrapados

Imagen de no al plagio tomada del blog en infocatolica Puerta de Damasco

El caso reciente en la Universidad de Cambridge refleja una realidad con grandes repercusiones, al menos, en la ética y en la sociología.Pero se ha hecho más mediático sobre todo por cuestiones de raza e ideología. Por el momento, se están realizando investigaciones. No cabe duda de que este caso se ha tildado de lamentable, si bien no es este un juicio sobre la persona implicada ni sobre la institución, debido al mero hecho de producirse y de explotarse mediáticamente. A la vez subraya la importancia de los fundamentos en esta época de pérdidas y relativizaciones dado que la honestidad no es solo fundamento de lo académico sino también de lo político y eclesiástico del cual este mencionado fallo es solo un momento o una muestra.

             Lo que se desea subrayar aquí es que el plagio es una forma de corrupción tanto a nivel individual como a nivel institucional. Corroe las estructuras profundas de nuestra cultura en sus diversas formas, sobre todo en esta época de herramientas digitales.

             En mi período de docente tuve que luchar contra una cultura que hacía la vista gorda frente al plagio tanto de los alumnos como de los docentes mismos; institucionalmente se les protegía a los que cometían dichos pecados imperdonables en el mundo académico filipino. Por ejemplo, una catedrática emérita en una universidad católica cuyo manual, incluso su tesis, era un calco de un libro (o de unos libros) que prácticamente todos sus alumnos consultaban. Era vox pópuli. Y esto era en la época antes de la invasión de la informática y del internet. Mas no se llevó a cabo ninguna investigación porque nadie, ni las autoridades máximas, se atrevía a dar voces.

             Otra muestra dentro del mismo ambiente filipino pero más reciente. Un afamado mecenas pronunció un discurso académico durante una ceremonia de graduación en presencia de prácticamente toda la universidad.Las citas que él pronunciaba como propias eran reconocidas por los asistentes como calco de otros textos confeccionados para ocasiones similares. Luego, gracias al trabajo de la prensa filipina, se reveló que sus colaboradores, es decir sus negros literarios (en inglés, ‘ghost writers’, que in sensu stricto no están permitidos en el ambiente académico) no filtraron o modificaron las citas por lo que estas mismas se copiaron, se incorporaron en el texto pronunciado tal cual. Presentó su dimisión como mecenas y colaborador en los proyectos financieros de la institución en la que ocupaba un cargo destacadísimo, es decir, en la cumbre del poder e influencia en dicha institución que es, por cierto, católica.Fue denegada su oferta ‘caballaresca’ puesto que su apoyo de tipo financiero es invaluable pese a que cometió públicamente el pecado académico imperdonable.

             Lo mismo ocurrió con un senador, con un magistrado del Tribunal Supremo y otras personalidades destacadas, entre ellos sacerdotes quienes, al subir a los púlpitos, predicaban artículos o trabajos o modelos de homiliética fácilmente hallados en internet o en las redes sociales  (antiguamente en manuales de la misma disciplina y en comentarios bíblicos) como si fuesen propios; incluso con las citas eruditas que a veces sirven de guarnición, muchas veces innecesaria, en este tipo de textos.

             Y ahora contamos con el monstruo multicéfalo que a la vez podría ser o, al menos, disfrazarse, en un ángel de la guardia: la IA.

             El plagio, y formas de deshonestidad relacionadas hasta la corrupción sobre todo en las más altas esferas sociales y políticas, existen porque formamos la mismísima tejeduría experiencial que es la sociedad que con la cultura cultiva nuestro modo de vivir y que consigue ser íntegra, pese a las diferencias y tensiones, funcionar como una unidad coherente frente a los incontables retos históricos, gracias a una política dictada por los vaivenes de la pragmática pero constante en lo esencial: conservar y plasmar la textil frágil y vulnerable de la convivencia cotidiana poniendo orden, estabilidad y continuidad en la misma; todo ello puede y deber tomar diversas formas, dependiendo de los contextos y de las circunstancias que inevitablemente cuenta con la pragmática de siempre. Esta puede resumirse en dos palabras: continuidad y sobrevivencia con vistas al futuro. Sin embargo, todo ello implicaría aprendizaje de las lecciones del pasado y una visión anticipadora en el presente.

             El presente nuestro, a tenor de todo lo dicho, es uno caracterizado por el credencialismo fácil que se resume en los vocablos ‘copiar y pegar’ para poder trepar y llegar a las cumbres no para servir a los demás sino para poder acumular más, más riquezas, prestigio, poder. A esta luz cabe recordar el caso del actual presidente de Filipinas y de su hermana una senadora de la república quienes no cometieron el plagio sino que claramente falsificaron sus credenciales o titulaciones académicas. Es de lamentar que en nuestra tierra sigan siendo victoriosos en las urnas estos individuos que ya con su pasado destacado deberían ser excluidos para siempre de las esferas del poder en donde quieren perpetuarse en forma de dinastías interesadas, es decir, que solo velan y bregan por los propios intereses mientras que los más pequeños siguen desamparados en la intemperie ontológica.

             No son los únicos. Forman parte de la telaraña en que nuestra sociedad está atrapada como presa, como víctima. Queda patente la existencia de monstruo policéfalo, que se encarna en cada uno de nosotros, cuyas cabezas se pueden identificar con nombres como el plagio institucional, los bulos, los falsos credencialismos, el libelo, etc. está al acecho para devorar esta sociedad, nuestro textil compartido en su fragilidad que deseamos fortalecer.  Lamentablemente nos hemos equivocado en lo que a las medidas tomadas hasta ahora se refiere. Es decir, con finalidad de fortalecer el mismo textil hemos tomado opciones no del todo benéficas. Hemos optado, hasta la fecha, por el poder, que en sí es corrosivo, en lugar de los valores, de aquellos principios abstractos de valor criteriológico forjados y definidos desde las virtudes, de esas cualidades innatas para lograr el bien. Solo con las virtudes podríamos superar la moralidad a nivel individual para que el bien pueda consolidarse en la ética que es siempre compartida. Con la ética, que es la moral compartida, se teje la sociedad o esa cristalización de nuestra naturaleza de convivir juntos cuya discursividad, cuya acción es la política o el empeño de no solo convivir juntos sino de hacer algo juntos para conservar y mejorar nuestra convivencia frente a los desafíos comunes.

             No es este el lugar para desarrollar esta temática con la parsimonia debida pero sí al menos cabe señalar que el textil es frágil, máxime si se pone en crisis, por la falsificación por la que se apropia de méritos que no son propios sino ajenos, en primer lugar, a) la estabilidad de la seguridad epistémica por la que vivimos confiando en que los componentes de nuestro contrato social seguirán siendo estables en medio de las tormentas históricas; b) en segundo lugar, la noción de autoría y de agencia cuando ya no se puede atribuir el acto a un agente, lo cual significaría la pérdida del sentido de culpabilidad y que facilita una cultura caracterizada por la impunidad y la violencia más agresivas; y c) en tercer y último lugar, la pérdida de la importancia de los medios, de los procesos, pues se favorece solo una finalidad no justificada ni justificable, lo cual reduce a las instituciones a los trámites efectivamente degenerándolos en negocios, en instituciones con fines lucrativos sin escrúpulos, sin bridas, sin disciplina.

             Esta cuestión es un espejo en el que nuestra sociedad, que incluye a todos nosotros, nos vemos reflejados. En la medida en que nos contemplamos aun más en el mismo espejo nos damos cuenta de que vivimos todos en una pecera y cualquier voz crítica podría significar tirar piedras a los cristales rompibles de la misma pecera. Pero, al mismo tiempo, a lo mejor es preciso hacerlo no para romper sino para regenerar y buscar fábricas textiles más fuertes que cristales delicados que son opacos en lugar de ser transparentes, sobre todo en esta coyuntura histórica en que las tinieblas son más densas incluso más tóxicas y que las luces que todos portamos ya no pueden penetrar o disipar pese a todos nuestros esfuerzos. Desde entonces solo las voces valientes, si bien frágiles, pueden romper, pueden cortar, pueden iluminar para que no caigamos en el vacío colectivo en donde nos aguarda aquel monstruo, creado colectivamente por nosotros mismos, que había tejido esta telaraña nociva que es la atmósfera que todos ahora estamos respirando.

             Me temo que estemos cayendo en el espiral del autoengaño colectivo, pues ya no somos capaces de discernir lo verdadero de lo falso. Esto se pone de manifiesto en la escena actual filipina. Un botón de muestra es el proceso de destitución contra la vicepresidente de Filipinas que en sí merece un comentario aparte. Por el momento, aludimos a todo ello expresando a la vez nuestra esperanza de que se encuentre un antídoto al menos para estas calendas nuestras en orden a, por lo pronto, aliviar esta patología colectiva causada por la falta a la verdad que es mucho más que una falta ética o sociológica; es una falta metafísica, pues es infidelidad a nuestra realidad, a nuestra vocación de ser hombres creados por Dios.

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