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Judíos y Cristianos

JUDÍOS Y CRISTIANOS

    Aunque Jesús sólo predicó a sus compatriotas, los judíos, y el cristianismo nace de los judíos discípulos de Jesús, sin embargo, la entraña de la doctrina cristiana estaba más acorde con la mundivisión pagana, grecorromana en general. Es así que el lógos cristiano es griego, la última hazaña griega.

    Jesús no le habló a sus compatriotas con el lenguaje que estos esperaban; predicaba el examen de conciencia, el amor al prójimo, la humildad de corazón, la confianza filial en Dios, a gente que esperaba un llamado a las armas y el anuncio del último combate antes de la victoria eterna del pueblo judío. Efectivamente, hablaba mucho de Justicia, de Paz, de aspiración al Padre, pero no de rebelión ni del triunfo del pueblo elegido sobre las naciones y todo esto que constituye para nosotros su originalidad y su encanto. No podía agradar desde luego a los ardientes mesianistas de Palestina. La espontaneidad de su religión contrariaba el rígido formalismo de la suya; la religión judía y la antipatía no podía ser sino recíproca. Gracias a la Resurrección, la fe en el Señor Jesús se convirtió en el fundamento de una religión nueva que, separada pronto del judaísmo, se ofreció a todos los hombres como el camino divino de la salvación. Incapaz de arraigar en terreno judío, la esperanza apostólica se vio trasladada a terreno griego, y allí prosperó, y allí nació la Iglesia. Filón, el prototipo de los judíos helenizados y veinte años mayor que Jesús, ya se había dedicado a demostrar, de muy buena fe, en Alejandría, que las revelaciones de Moisés y sus prescripciones se acordaban perfectamente con las especulaciones de Platón y de Zenón; solo se trataba de entenderlas bien. Su mesianismo, en lugar de manifestarse como un nacionalismo estrecho y agresivo, tendía a cobrar la forma de una conquista del mundo por la verdad. Ante la cerrazón del corazón nacionalista de los judíos, diversas leyendas llevan a Andrés al país de los escitas, a Santiago el Mayor a España, a su hermano Juan a Asia Menor, a Tomás a la India y aun a China, a Bartolomé a Armenia, a Pedro a Corinto y a Roma etc.

    A diferencia del angustioso rigorismo judío frente al pecado, que tanto hacía sufrir a San Pablo, el espectáculo de la seguridad cristiana “helénica” cuenta con la liberación del pecado y la salvación por el Señor Jesús. Pablo sabía que la circuncisión disgustaba los griegos y que la mayor parte de las “obras” de la Ley no armonizaban ni con sus costumbres ni con sus hábitos espirituales; no tardó en persuadirse de que a la ley la reemplazaba la enseñanza de Cristo, el cual, inclusive, había llegado expresamente para sustituir a la antigua Alianza por una Nueva. Y, cediendo una vez, más los Doce consintieron en dispensar a los conversos de la gentilidad del legalismo judío. Esto era separar implícitamente el cristianismo del judaísmo e impulsarlo a convertirse en una religión original. El apostolado cristiano ya no va armado por la fuerza de Yahve para sacar al pueblo elegido de su infortunio y arrojar a sus pies a sus opresores, sino como enviado de Dios encargado de llevar a todos los hombres la Salvación. Los paganos que llegaban a la fe cristiana vivían en un medio en el que apenas se concebía una religión sin ritos. Los más conmovedores de esos ritos se relacionaban con la idea de la purificación y con la noción del sacrificio: sacrificio de expiación, destinado a calmar la ira divina, sacrificio de ofrenda para ganarse el favor del dios, o sacrificio de comunión, por el cual los fieles de una divinidad se unían a ella e indicaban que formaban un cuerpo ante ella. Ningún rito de los Misterios paganos encerró nunca más sentido, ni más seductoras esperanzas, que la eucaristía paulina, pero era de la familia de los Misterios y no del espíritu judío; introducía en la iglesia apostólica un hermoso trozo de la fe griega.

    Ya en la época de San Justino, hacia el año 160, los cristianos grecorromanos no se sentían ya ligados a Israel y daban a la Ley una interpretación puramente simbólica. Igualmente, en esa época, las comunidades cristianas, decididamente separadas de las sinagogas, comenzaron a organizarse para vivir. Primero, eligieron administradores temporales, encargados de velar por sus intereses materiales y del mantenimiento del orden moral en su seno, en tanto que el Espíritu Santo incita a los inspirados que sostienen y difunden la fe. Al extinguirse la generación que conoció a los Apóstoles tal vez nació el episcopado monárquico.

    En realidad, ya desde el siglo I, el cristianismo se presentó como una religión oriental, a la vez mística y práctica, puesto que, por un lado, se apoyaba en la revelación divina y prometía la salvación eterna por un Mediador Todopoderoso y, por otro, pretendía instaurar en la tierra una vida nueva toda de amor y de virtud, el Reino de Dios. Y si en el siglo III, el cristianismo se halla con capacidad de hacerle frente, victoriosamente, a todo el sincretismo pagano, es porque él mismo se ha convertido en un sincretismo, en el que se reúnen todas las ideas fecundas, todos los ritos esenciales y más humanos de la religiosidad clásica. Hasta la época de los Antoninos, los honestiores, es decir, los ricos, no constituyeron más que una ínfima minoría de la Iglesia: esclavos y destajistas formaban su base, y como, en aquel entonces, cada nuevo cristiano agregaba una unidad a la lista de los misioneros, el cristianismo siguió reclutándose sobre todo entre los humiliores, es decir, los pobres. Pero, a través de los esclavos, llegó a las mujeres libres, sus amas, y accidentalmente atrajo la atención de algunos hombres instruidos que buscaban la verdad divina. Gracias a las primeras, se insinuó en las clases altas; gracias a los segundos, tomó contacto con la filosofía, en el curso del siglo II, y las consecuencias de este encuentro fueron incalculables. Con Orígenes el cristianismo acaba transformándose en la filosofía revelada perfecta. En lugar de un pequeño grupo de judíos, separados solamente de la mayoría de sus hermanos por una esperanza particular y una indulgencia más acogedora hacia los prosélitos que la del nacionalismo israelita común, vemos ahora una vasta asociación religiosa en la que ingresan, sin distinción de raza ni de condición social, todos los hombres de buena voluntad, y que tiene conciencia de formar un cuerpo, de ser el pueblo elegido, la Iglesia de Cristo. Ha rechazado a Israel, alegando que abandonó el camino del Señor, y yerra miserablemente lejos de la verdad; ha encontrado el medio de liberarse de las prácticas de la Ley judía y, sin embargo, de conservarle al Antiguo Testamento su calidad de libro sagrado. Parece que el cristianismo hubiera ganado liberándose de la Ley judía y algunos cristianos notables, como Marción, se ocuparon de ello; no tuvieron éxito porque la apologética cristiana primitiva, apoyándose continuamente en los textos bíblicos reputados proféticos, había afirmado la veneración judeocristiana por el Libro y autentificado su carácter divino. Es así que el Cristianismo supone la mayor proeza del divino genio griego.

Martín-Miguel Rubio Esteban

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