Orgullo, sí; cristiano, también
Orgullo, sí; cristiano, también
Cuando el colectivo LGBTIQ+ a finales de los 60s empleó la palabra orgullo, no lo hizo por las razones negativas que carga la palabra. La usó como una forma de subvertir lo contrario: vivir con vergüenza.
La palabra orgullo tiene una carga negativa en la tradición cristiana; abundantes textos bíblicos son un repertorio de algo que no debería vivirse o tenerse en cuenta para el desarrollo espiritual. El orgullo ha sido pensado como arrogancia, como exceso de seguridad, ciertamente; pero como todas las palabras, en su devenir histórico, adquieren otros significados, los que se relacionan con circunstancias, nuevos usos, cambios generacionales y también con las luchas de quienes necesitan nombrar de otra manera aquello que antes fue impuesto como vergüenza.
Cuando el colectivo LGBTIQ+ a finales de los 60s empleó la palabra orgullo, no lo hizo por las razones negativas que carga la palabra. La usó como una forma de subvertir lo contrario: vivir con vergüenza. Porque sí, históricamente las personas de la diversidad sexogenérica hemos vivido así, obligadas a estar en el clóset, en la doble vida, en el ocultamiento. Y cuando se estaba fuera del armario, tocó soportar abundantes historias de discriminación y violencia. Ir a denunciarlas, en muchísimas ocasiones, significó también sufrir aún más violencia reflejada en la indiferencia estatal, en la burla abierta o en la impunidad frente a los daños vividos.
…históricamente las personas de la diversidad sexogenérica hemos vivido así, obligadas a estar en el clóset, en la doble vida, en el ocultamiento.
Esta columna no quiere ser un rosario de las violencias que hemos vivido, porque tampoco quiero que nuestra existencia sea narrada únicamente desde el daño; pero no puedo dejar de mencionarlas porque todos los años, en estas fechas, la pregunta siempre es la misma: ¿orgullosos por qué? A esta pregunta nada inocente se le añaden también afirmaciones como “orgullosos de terminar una carrera”, “orgullos de salir adelante”, “orgullo de tener un buen trabajo” o frases parecidas. Ahí sí sería correcto el orgullo. Pero a esto se le debe sumar la serie de frases relacionadas con cómo no deberíamos ejercer nuestra sexualidad o nuestra genitalidad, que por prudencia no coloco aquí. Aunque, como dicen las compañeras feministas, la vergüenza debería cambiar de lugar. Y la gente creyente debería sentirla por cómo sus congéneres replican una y otra vez su odio disfrazado de biología, de genética, de tradición y, por supuesto, también de fe.
Y seguro que al leer estas palabras —si es que las leen y no se quedan solamente en el título de la columna— vendrán nuevamente los versos de Pablo, del Levítico o del Catecismo. Y quisiera decir algo con claridad: no me importa. No porque la Biblia no me importe, ni porque la fe me sea indiferente, sino porque no debo dar cuenta de mi conciencia ni de mi cama a nadie más que a Dios. Porque hay creyentes que leemos la Biblia con métodos histórico-críticos, con la hermenéutica de la sospecha y, aún más, con la libertad de los hijos e hijas de Dios. Porque en principio no puedo creer en ninguna divinidad que me ame con “peros”, porque en conciencia creo que amar no es un pecado ni un delito.
Porque hay creyentes que leemos la Biblia con métodos histórico-críticos, con la hermenéutica de la sospecha y, aún más, con la libertad de los hijos e hijas de Dios.
Y aquí está, para mí, una parte profundamente cristiana de este asunto: no creo que el Evangelio sea una pedagogía del desprecio, ni que Jesús haya venido a sostener las jerarquías que deciden qué cuerpos merecen ternura y cuáles deben vivir pidiendo perdón por ser ellas mismas. Si algo encuentro en Jesús es otra cosa: la insistencia en devolver dignidad allí donde la religión había producido exclusión, la capacidad de tocar lo que otros declaraban impuro, la libertad para colocar la vida por encima de la norma cuando la norma ya no cuidaba la vida. Por eso, ser cristiano no me obliga a odiarme. Ser cristiano, al menos como intento vivirlo, me llama a reconocer que la gracia no puede depender de la heterosexualidad obligatoria, de la obediencia al clóset ni de la renuncia a amar.
Por eso sí, lo repito: siento orgullo. No como arrogancia, no como superioridad moral, no como desprecio de nadie. Orgullo como la posibilidad de decir que ya no aceptamos vivir con la cabeza agachada. Orgullo como memoria de quienes no llegaron hasta aquí. Orgullo como respuesta a quienes quisieron que la vergüenza fuera nuestro idioma. Orgullo como una forma de decir, también desde la fe, que Dios no se escandaliza de nuestra existencia, aunque muchas personas creyentes todavía no sepan qué hacer con ella.