Hazte socio/a
Última hora:
El Arzobispado de Barcelona interviene la fundación Sant Josep Oriol

Los amigos que permanecen

El tiempo pone a prueba todas las relaciones. Algunas desaparecen, otras se debilitan y unas pocas permanecen. Esas son las amistades que terminan convirtiéndose en un verdadero tesoro.

Los amigos que permanecen | A.Ramos I/A

Los amigos que permanecen

Con el paso de los años cambian muchas cosas. Algunas ilusiones se transforman, las fuerzas ya no son las mismas y la vida nos va enseñando a distinguir lo importante de lo accesorio. Al llegar a cierta edad, uno descubre que muchos de los bienes que parecían imprescindibles han perdido relevancia. Entre las realidades que más valor adquieren con la madurez, para mí ocupa un lugar muy especial la amistad. Pocas cosas agradezco tanto como el afecto y la fidelidad de quienes han caminado a mi lado durante tantos años.

Cuando somos jóvenes solemos estar rodeados de muchas personas. Compartimos estudios, trabajo, actividades y proyectos. Con el paso del tiempo descubrimos que no todas permanecen. Algunas toman otros caminos y otras se van apagando poco a poco. Sin embargo, hay personas que continúan ahí año tras año. Son ellas las que terminan formando parte de nuestra propia vida.

El tiempo me enseñó que la amistad auténtica no nace de la necesidad ni del interés, sino de la libertad. Nadie puede obligar a otro a ser amigo suyo. Los afectos impuestos no echan raíces profundas en el corazón. Sólo perdura aquello que ha sido elegido libremente.

También he aprendido, a fuerza de errores y experiencias, que una de las condiciones indispensables para conservar una amistad es respetar la libertad del otro. Los amigos no son una propiedad. Cada persona tiene su familia, sus obligaciones, sus preocupaciones y sus tiempos. Cuando aparecen las exigencias constantes o la posesividad, la relación comienza a desgastarse.

Otra lección que me han dejado los años es el valor de la sinceridad. La confianza crece cuando nos mostramos tal como somos, sin máscaras ni fingimientos. Por el contrario, la mentira acaba debilitando incluso los afectos más sólidos. Las apariencias pueden sostenerse durante un tiempo, pero tarde o temprano terminan desmoronándose.

Junto a la sinceridad, la discreción ocupa un lugar muy importante en toda amistad duradera. Todos necesitamos alguien ante quien poder abrir el corazón sin miedo. La confianza se fortalece cuando sabemos que nuestras palabras quedan protegidas. Guardar un secreto recibido con confianza es una de las formas más hermosas de la lealtad.

No todas las relaciones están construidas sobre los mismos cimientos. Algunas se sostienen mientras existe una utilidad o un beneficio. Sin embargo, la amistad genuina sigue otra lógica. Sabe compartir, acompañar y hacerse presente cuando las circunstancias son favorables y también cuando llegan las pruebas.

Tampoco es lícito utilizar emocionalmente a los demás. Nadie tiene derecho a jugar con los sentimientos ajenos, alimentar expectativas imposibles o servirse de otra persona para llenar sus propios vacíos. La honestidad exige claridad y respeto.

Siempre he considerado la delicadeza una virtud indispensable en la amistad. Hay bromas que alegran y otras que hieren. La ridiculización, la ironía constante o las palabras humillantes dejan heridas que muchas veces permanecen ocultas. Quien aprecia de verdad a otra persona procura custodiar su dignidad incluso cuando está ausente.

Las relaciones humanas más valiosas tampoco necesitan esquemas de dominio. No hay superiores ni inferiores. Existe un respeto mutuo que permite expresar opiniones distintas, discrepar con serenidad y corregirse con afecto cuando es necesario.

Tengo la fortuna de conservar algunos amigos de la infancia, otros de la adolescencia, varios de la juventud y algunos que llegaron más tarde. Proceden de lugares y circunstancias muy diferentes, pero todos forman parte de mi historia. El paso del tiempo me ha permitido comprobar su lealtad. Me siento querido, respetado y acompañado por ellos. Cuando miro hacia atrás, descubro que una parte importante de mi vida está unida a sus nombres y a los recuerdos compartidos.

En una sociedad donde abundan los contactos virtuales y escasean los vínculos profundos, conviene cuidar este bien tan frágil como valioso. La amistad necesita tiempo, atención, paciencia y gratitud. Como ocurre con los árboles de crecimiento lento, sus raíces se fortalecen poco a poco y sólo los años permiten apreciar toda su consistencia.

Los cristianos descubrimos además una dimensión más honda de esta realidad humana. Jesús quiso contar con personas concretas para compartir su vida y abrió su corazón a quienes le seguían. Por eso les dijo: “Ya no os llamo siervos; a vosotros os llamo amigos”. No es una expresión casual. Revela la cercanía de Dios y su deseo de establecer con cada persona una relación fundada en la confianza.

La amistad es un hermoso don de Dios. Hay personas cuya presencia acaba formando parte de nuestra propia historia y se convierte en una de las bendiciones más grandes de la vida. Por eso, al terminar estas líneas, sólo puedo expresar gratitud. Doy gracias a Dios por los amigos que me ha regalado, por su cercanía, su fidelidad y su cariño. Han estado presentes en momentos importantes de mi historia y ocupan un lugar muy querido en mis recuerdos. Conservar amigos a lo largo de los años es, sin duda, uno de los mayores privilegios que la vida puede ofrecer.

Antonio Ramos

También te puede interesar

Lo último

Buscar, encontrar, discernir... el reino y su justicia

Desde Gaza con todos, activos frente a toda barbarie (Domingo XVII)