Domingo de Ramos: Cristo, aclamado y descartado

El Domingo de Ramos no es solo un recuerdo litúrgico: es un espejo incómodo de nuestra forma de reconocer y descartar a las personas.

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Antonio Ramos: “Cristo, aclamado y descartado”

Hay escenas del Evangelio que no se pueden dulcificar. El Domingo de Ramos es una de ellas. Empieza con palmas, con gente ilusionada, con ese ambiente que parece anunciar algo grande. Hay expectación, entusiasmo, un reconocimiento claro hacia Jesús. Todo parece apuntar a un momento decisivo. Pero no dura mucho. En pocos días todo cambia, y lo que parecía una adhesión firme se revela frágil. Lo que eran gritos de “¡Hosanna!” termina en un “crucifícalo”. Y lo inquietante no es solo el contraste de la escena, sino lo reconocible que resulta, porque no habla solo de ellos, sino también de nosotros, capaces de pasar del entusiasmo al rechazo con demasiada facilidad.

Seguimos moviéndonos, en gran medida, dentro de esa misma lógica. Nos entusiasmamos con facilidad con quien encaja, con quien responde, con quien confirma lo que esperamos. Aplaudimos mientras alguien nos sirve, mientras responde a nuestras expectativas o refuerza nuestras ideas, y en ese reconocimiento hay algo de verdad, pero también bastante de interés. El problema aparece cuando eso cambia, cuando esa persona deja de encajar, cuando incomoda, cuando introduce una grieta o simplemente deja de resultarnos útil, porque entonces no solo nos apartamos nosotros, tomando distancia para no vernos cuestionados, sino que también terminamos apartándolo, desplazándolo de nuestro campo de atención hasta hacerlo irrelevante.

A veces esto sucede con dureza, de forma visible, mediante el rechazo o la crítica abierta. Otras veces ocurre de un modo más sutil, casi imperceptible, pero no por eso menos real: se deja de contar con esa persona, se evita su palabra, se le retira el espacio que antes ocupaba, como si su valor dependiera exclusivamente de lo que aporta o de lo bien que encaja. Sin conflicto aparente, se produce una forma de exclusión que no necesita gestos extremos, porque se sostiene en algo más silencioso y más profundo: la pérdida de interés por el otro cuando deja de responder a lo que esperamos.

El Evangelio no es ingenuo en este punto (cf. Mt 21,1-11; Mc 11,1-10). No presenta una multitud ideal, sino cambiante. La misma que aclama termina rechazando (cf. Mc 15,13). Y eso no es una anomalía histórica. Es una posibilidad constante del corazón humano. Por eso el Domingo de Ramos no es una escena para contemplar desde fuera, sino una interpelación directa: qué hacemos nosotros cuando la verdad deja de coincidir con lo que esperamos y empieza a exigir una respuesta más honda.

Porque no basta con aclamar a Cristo si luego no caminamos con Él. Y ese camino no es abstracto ni espiritualizado. Pasa por la cruz. No una cruz simbólica, sino la que está hoy delante de nosotros en situaciones concretas que conocemos bien, aunque muchas veces prefiramos no detenernos demasiado en ellas.

Está en barrios de América Latina donde la violencia se ha vuelto cotidiana y donde un joven puede pasar en poco tiempo de ser reconocido a quedar atrapado en una dinámica que lo supera. Está en Haití, donde la vida se sostiene con una fragilidad constante y donde la miseria no es una categoría, sino una experiencia diaria que atraviesa toda la existencia. Está en las rutas migratorias del Mediterráneo, donde personas necesarias en determinados momentos pasan a ser vistas como un problema cuando dejan de encajar. Está en la guerra, donde la vida humana se reduce con facilidad a cifras o a estrategias. Y está también cerca, más cerca de lo que a veces queremos reconocer: en quienes viven en la calle, en quienes han quedado fuera de cualquier red de apoyo, en ancianos que atraviesan la enfermedad o el final de la vida en soledad, en enfermos crónicos que se sienten una carga, en quienes pasan de ser visibles a volverse invisibles sin que apenas nadie lo note. También en situaciones concretas que hemos visto en nuestro propio país, como en Badalona, donde migrantes que sobrevivían en asentamientos precarios han sido expulsados sin una alternativa real, quedando abocados a la calle, en una situación que difícilmente puede considerarse justa.

No son situaciones aisladas. Hay un hilo común que las atraviesa. Vidas que cuentan mientras responden a una expectativa o a una necesidad, muchas veces marcada por la lógica de un primer mundo que requiere mano de obra barata, y que dejan de contar cuando dejan de ser necesarias o dejan de encajar. Basta acercarse una noche a cualquier portal donde alguien duerme en la calle, con una mochila a modo de almohada y la vida metida en dos bolsas, para entender que no hablamos de teorías, sino de personas concretas que han dejado de contar para casi todos. Ese paso del reconocimiento a la exclusión revela una forma de situarse ante el otro en la que la persona queda subordinada a su utilidad.

Aquí la fe no puede quedarse en el nivel de las ideas. Porque no se trata solo de identificar problemas, sino de reconocer una presencia. El Evangelio lo expresa con una claridad que no admite rodeos cuando pone en boca de Jesús que lo que hacemos con los más pequeños es lo que hacemos con Él mismo (cf. Mt 25,35-36). No es una apelación genérica a la solidaridad, sino un criterio que afecta directamente a la relación con Dios.

Desde ahí, la mirada cambia. Ya no se trata solo de ayudar, sino de reconocer en el otro algo que no depende de su utilidad ni de su rendimiento. Jon Sobrino habló de los “pueblos crucificados” como lugar donde se hace visible el Crucificado (Jesucristo liberador, Trotta, 1991, p. 275). Más allá de cómo se formule, la intuición es clara: la fe no se juega al margen de la historia, sino dentro de ella, en contacto con lo que hiere y descoloca.

El riesgo más serio no es solo la dureza de la realidad, sino la facilidad con la que nos acostumbramos a ella. Nos adaptamos. Aprendemos a convivir con el sufrimiento ajeno sin que nos afecte demasiado. Ajustamos la mirada para no ver del todo. Y así, poco a poco, sin grandes decisiones, se produce un desplazamiento interior que termina por vaciar la sensibilidad.

Benedicto XVI lo expresó con claridad: el mundo sufre, sobre todo, por falta de amor (Deus Caritas Est, 36). No por falta de organización ni de recursos, sino por una carencia más honda: la incapacidad de reconocer en el otro a alguien que nos concierne.

Leído desde aquí, el Domingo de Ramos deja de ser una escena del pasado para convertirse en un lugar donde cada uno tiene que situarse, no en lo que dice, sino en lo que hace cuando el entusiasmo desaparece, cuando ya no hay reconocimiento y el seguimiento deja de ser cómodo. El camino de Jesús no se detiene en la cruz, aunque pase necesariamente por ella, y la resurrección no borra el dolor ni lo vuelve irrelevante, pero sí afirma que el amor vivido hasta el extremo no se pierde (cf. Jn 13,1) y que la vida tiene una profundidad que la muerte no puede cerrar.

No se trata de una respuesta fácil ni de una solución inmediata, sino de una forma de mirar que solo se sostiene cuando uno decide no apartarse, cuando permanece cerca del herido sin reducir la realidad a lo que resulta manejable o cómodo. Por eso este día no es solo memoria, sino una verdadera toma de posición, porque obliga a discernir si uno se queda en el aplauso o si da el paso de acompañar cuando lo que aparece es la cruz concreta del otro.

Y es también ahí, en ese lugar poco visible y muchas veces incómodo, donde empieza a abrirse algo que no necesita imponerse ni hacerse notar, pero que sostiene de verdad la vida cuando todo lo demás falla. Porque en ese punto ya no valen las declaraciones ni las adhesiones externas, sino la verdad concreta de cómo nos situamos ante el otro cuando deja de ser útil, cuando su presencia no aporta nada, cuando incluso incomoda. Ahí se decide si la fe es solo lenguaje o si ha tocado la realidad, y solo cuando la toca deja de servirnos a nosotros y empieza, de verdad, a servir a otros.

P. Antonio Ramos Ayala

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