Cambian los destinos, pero permanece intacta la misión. Porque un sacerdote no pertenece a una parroquia, sino a Cristo y a su Iglesia, a la que está llamado a servir allí donde sea enviado.
El tiempo pone a prueba todas las relaciones. Algunas desaparecen, otras se debilitan y unas pocas permanecen. Esas son las amistades que terminan convirtiéndose en un verdadero tesoro.
Acostumbrados a identificar la grandeza con la fuerza, seguimos encontrando difícil aceptar a un Dios que renuncia a imponerse y elige el camino del servicio. Sin embargo, en esa aparente debilidad se esconde el corazón mismo del Evangelio.
Las preguntas fundamentales de la vida siguen siendo las mismas en cada generación. ¿Quiénes somos? ¿Por qué existimos? ¿Qué sentido tiene nuestra vida? Frente a quienes presentan la fe y la razón como realidades incompatibles, la tradición cristiana ha defendido que ambas pueden colaborar en la búsqueda de respuestas.
Europa debate sobre fronteras, inmigración y economía, pero la cuestión más decisiva es otra: qué identidad común sigue siendo capaz de transmitir a quienes llegan y a las nuevas generaciones.
El terremoto que ha devastado Venezuela obliga a mirar más allá de la emergencia. La reconstrucción del país no será solo un desafío material, sino también una cuestión de responsabilidad moral para quienes pueden contribuir decisivamente a levantarlo.
En una cultura obsesionada con el éxito y la autosuficiencia, la pobreza se ha convertido en un espejo incómodo que revela nuestras contradicciones y nuestra dificultad para convivir con la fragilidad humana.
Decir “no creo en nada” parece cerrar una conversación, pero en realidad deja al descubierto preguntas que siguen abiertas y que todos, de un modo u otro, compartimos.
Muchas parroquias mantienen una intensa actividad pastoral, formativa y solidaria. Pero cuando la Eucaristía deja de ocupar el centro, la Iglesia corre el riesgo de perder la fuente de la que brotan su misión, su unidad y su compromiso con los más pobres.