Lo ocurrido en Ceuta vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que España no puede aplazar: cómo defender sus fronteras y a quienes viven junto a ellas sin perder de vista la dignidad de las personas. La relación con Marruecos exige prudencia, pero también claridad, firmeza y una estrategia propia.
Las tragedias tienen una extraña fecha de caducidad informativa. Durante unas horas ocupan portadas, abren informativos y recorren las redes sociales. Después llegan otros acontecimientos y desaparecen.
España necesita mantener una relación estable con Marruecos, pero la buena vecindad no puede construirse desde el temor. Ceuta y Melilla exigen claridad, presencia y una política exterior firme.
Las fronteras no se protegen solo con medios de seguridad. También se defienden con una política exterior inteligente, estable y capaz de prevenir las crisis antes de que estallen.
Cambian los destinos, pero permanece intacta la misión. Porque un sacerdote no pertenece a una parroquia, sino a Cristo y a su Iglesia, a la que está llamado a servir allí donde sea enviado.
El tiempo pone a prueba todas las relaciones. Algunas desaparecen, otras se debilitan y unas pocas permanecen. Esas son las amistades que terminan convirtiéndose en un verdadero tesoro.
Acostumbrados a identificar la grandeza con la fuerza, seguimos encontrando difícil aceptar a un Dios que renuncia a imponerse y elige el camino del servicio. Sin embargo, en esa aparente debilidad se esconde el corazón mismo del Evangelio.
Las preguntas fundamentales de la vida siguen siendo las mismas en cada generación. ¿Quiénes somos? ¿Por qué existimos? ¿Qué sentido tiene nuestra vida? Frente a quienes presentan la fe y la razón como realidades incompatibles, la tradición cristiana ha defendido que ambas pueden colaborar en la búsqueda de respuestas.