Cuando el Amor no se lava las manos
Nos lavamos las manos para proteger la salud, pero a veces también para no implicarnos. Quizá por eso conviene preguntarse si las tenemos limpias… o simplemente ausentes.
Cuando el amor no se lava las manos
Recuerdo que, desde pequeños, nuestros padres nos enseñaban a lavarnos las manos antes de comer, una práctica que, más allá de la costumbre, responde a una necesidad básica de cuidado, porque en las cosas que tocamos a lo largo del día viven miles de microorganismos capaces de causarnos enfermedades; sin embargo, con el paso del tiempo uno descubre que ese gesto cotidiano encierra también un significado más profundo.
Me lavo las manos cuando paso de largo ante la necesidad y los problemas reales de cuantos, desde tierras africanas, llegan a la península o a las islas sin papeles y sin trabajo, en busca de un “Dorado”. Me las vuelvo a lavar cuando, viendo las noticias de la tarde, decido que no tengo nada que ver con una nueva oleada de seres humanos, hombres, mujeres y niños, que llegan a nuestras vallas fronterizas o a nuestras costas con el alma y la vida destrozadas, o que simplemente no llegaron, ni llegarán nunca, porque los mató el desierto de la injusticia o los tragó el mar de la indiferencia.
Lavándome las manos me escabullo de mi responsabilidad ante los pequeños o grandes sucesos que ocurren a mi alrededor, y frente a los cuales muchas veces sí tengo algo que hacer. El jabón que utilizamos en este lavado resulta muy eficaz, porque nos permite mirar hacia otro lado sin sentirnos culpables, aunque no advertimos que, a largo plazo, termina por resecar la piel del corazón.
Si otros tienen problemas que les angustian, pensamos que deben resolverlos ellos mismos, porque nosotros ya tenemos los nuestros. Y si mueren en el desierto o en las costas, llegamos a convencernos de que eso ya no es noticia, porque sucede todos los días. Si escucho los gritos de mi vecina maltratada física o psicológicamente, me digo que no debo meterme en problemas, que para eso está la justicia y que sea ella quien denuncie. Y si la ciudad, el país o el mundo no va bien, concluimos que esa es tarea de los gobernantes, que para eso están, mientras nosotros nos limitamos a cumplir la ley y pagar nuestros impuestos, como si eso agotara toda responsabilidad.
De este modo, con las manos bien limpias, logro desentenderme de todo aquello que no sea mi propia persona, cerrando los ojos a las innumerables situaciones que brotan cada día en esta aldea global que llamamos mundo.
Sin embargo, en otras culturas, la gente se lava las manos con menos frecuencia, pero vive con mayor apertura al otro y no teme el contacto entre dos pieles extrañas. Existen también manos sucias por fuera, pero limpias por dentro, como las de tantos niños que he visto en mis viajes por América, recogiendo de la basura algo para vender y algo para comer, y que, sin embargo, son capaces de transformar una lata en un tambor, un palo en una espada digna de Don Quijote, una escoba en Rocinante o un embudo invertido en el mejor de los sombreros.
Pero esa imaginación convive con una realidad dura: muchos de esos niños no tienen pan, ni casa, ni agua limpia, y muchos son hijos de inmigrantes que llegan extenuados y hambrientos, aquellos mismos a quienes vemos pasar con recelo, evitando incluso estrechar sus manos.
Cabe entonces preguntarse quién los condenó a tener las manos sucias. Tal vez quienes olvidaron limpiar su corazón y dejaron que su espíritu se ennegreciera; quizá también nosotros, cada vez que los rechazamos o preferimos no verlos.
En las orillas del mar de Galilea, Jesús se acercaba a la multitud que buscaba verle, oírle y tocarle; no solo les enseñaba a amar, sino que curaba sus enfermedades, sanaba su espíritu y les daba de comer. Frente a esa actitud, surge una pregunta inevitable: ¿quién espera hoy en nuestras fronteras a los inmigrantes para ayudarles, o es que ya solo les esperan Salvamento Marítimo y los Cuerpos de Seguridad del Estado?
En la última cena, Jesús no se limitó a hablar del amor, sino que lo hizo visible lavando los pies a sus discípulos, poniéndose en el lugar del siervo para devolver al hombre su dignidad; poco después, fue apresado y condenado a muerte, mientras Pilato, teniendo poder para actuar con justicia, optaba por desentenderse lavándose las manos, en un gesto que ha quedado como símbolo de la renuncia a la propia responsabilidad.
De este modo, frente a la indiferencia que se desentiende, el gesto de Jesús muestra que el amor verdadero no elude el sufrimiento ajeno, sino que se compromete con él hasta el extremo y recuerda que la vida no se sostiene solo en el cumplimiento de la ley, sino en la capacidad de hacerse cargo del otro.
Antonio Ramos Ayala