La devoción mariana sigue viva en España, pero plantea una pregunta decisiva: si conduce realmente a Cristo o si se mantiene como forma que ya no transforma la vida.
Nos lavamos las manos para proteger la salud, pero a veces también para no implicarnos. Quizá por eso conviene preguntarse si las tenemos limpias… o simplemente ausentes.
Un sacerdote puede pasar el día entero entregado a los demás y, sin embargo, quedarse vacío por dentro. Cuando desaparece el silencio, la vida interior se debilita y el ministerio se sostiene solo en la actividad. Y entonces, poco a poco, todo sigue funcionando… pero sin alma.
La relación con los pobres no es un tema más, sino una cuestión decisiva: en ella se juega la verdad de la fe y la credibilidad de la Iglesia. Hablar de una Iglesia de los pobres y para los pobres es volver al núcleo del Evangelio.
En algunas ciudades, en determinados tramos, ver una procesión ya no depende solo de llegar a tiempo, sino de pagar por un sitio. No es una prohibición total, pero quien no paga no accede ni se sienta. Y ahí, casi sin darnos cuenta, algo importante ha empezado a cambiar.
“En el juicio de Dios, nuestras ideas serán verdaderas en la medida en que hayan estado sostenidas por un amor concreto, especialmente hacia los más pobres.”
El Jueves Santo nos pone ante la Eucaristía. Pero basta acercarse a San Antón, en Madrid, para entender que no se trata solo de celebrarla, sino de vivirla.
El Viernes Santo no es una escena decorativa, sino la manifestación desnuda de una realidad que no admite evasiones: la crudeza del sufrimiento, el abandono y una verdad sin adornos que nos obliga a mirar la cruz de frente, sin distancia ni refugios.