El Jueves Santo nos pone ante la Eucaristía. Pero basta acercarse a San Antón, en Madrid, para entender que no se trata solo de celebrarla, sino de vivirla.
El Viernes Santo no es una escena decorativa, sino la manifestación desnuda de una realidad que no admite evasiones: la crudeza del sufrimiento, el abandono y una verdad sin adornos que nos obliga a mirar la cruz de frente, sin distancia ni refugios.
Hay momentos en los que la fe se queda sin apoyos: Dios calla y nada parece sostener. El Sábado Santo no lo explica; lo pone delante. Y en ese silencio, María permanece.
Se puede creer y, sin embargo, vivir descentrado. San Agustín lo reconoció sin rodeos: “Tarde te amé”. No buscaba poco, buscaba mal. Volver al centro no es un añadido espiritual; es la condición para que todo encaje.
Entre la presión de una cultura secularizada y la tentación de adoptar lógicas de poder dentro de la propia Iglesia, el cristiano está llamado a una fidelidad serena: permanecer en el mundo sin diluir el Evangelio ni convertir el servicio en ambición.jgsf
La sinodalidad no es una reforma de estructuras, sino una llamada a vivir de verdad la comunión. Y eso interpela de lleno al modo concreto de ejercer el sacerdocio hoy.
Reducir el mal a explicación psicológica o social no lo elimina; lo desfigura. Existe una dimensión personal que interpela la libertad humana y que no puede ser disuelta sin vaciar de contenido la responsabilidad moral.