Ni fuga ni mimetismo
Entre la presión de una cultura secularizada y la tentación de adoptar lógicas de poder dentro de la propia Iglesia, el cristiano está llamado a una fidelidad serena: permanecer en el mundo sin diluir el Evangelio ni convertir el servicio en ambición.
Vivimos tiempos en los que confesar la fe cristiana exige algo más que costumbre social o tradición cultural. La cuestión no es si estamos en el mundo, porque inevitablemente lo estamos, sino cómo estamos en él y desde qué criterios vivimos.
El Evangelio no deja espacio a la ingenuidad. Jesús advierte: “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros” (Jn 15,18). No es una invitación al enfrentamiento permanente, sino una clarificación espiritual: el discípulo no puede esperar aplauso cuando su vida contradice los ídolos dominantes. Y san Pablo añade: “Las armas de nuestro combate no son carnales” (2 Cor 10,3). La respuesta cristiana no es agresividad ni repliegue, sino firmeza interior y caridad lúcida.
Conviene distinguir con precisión. El mundo, como creación de Dios, es bueno. Es el ámbito donde el hombre trabaja, ama, forma familia y construye cultura. Rechazarlo sería desconocer su origen y su dignidad. Otra cosa es la mundanidad: ese conjunto de criterios que absolutizan el éxito, el placer inmediato, la apariencia o el poder, y que desconfían de la cruz y de cualquier referencia a la trascendencia. Cuando el Evangelio habla del “príncipe de este mundo” (cf. Jn 14,30), se refiere a esa lógica que pretende organizar la vida al margen de Dios.
El cristiano no está llamado a huir del mundo, sino a permanecer en él con identidad clara. “Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13-14). La sal no existe para sí misma, ni la luz para exhibirse. Ambas cumplen su misión cuando se gastan. La fe exige coherencia visible: en el trabajo, en la familia, en la vida pública y también en la vida eclesial.
También dentro de la Iglesia debemos vigilar nuestro corazón. Existe una forma de mundanización del ministerio que no siempre se manifiesta de modo escandaloso, sino de manera sutil. El carrerismo, entendido como búsqueda de promoción o de posiciones de mayor relevancia, puede introducir una lógica ajena al Evangelio. No se trata de juzgar intenciones, que solo Dios conoce, sino de recordar que cuando el servicio se vive con mentalidad de ascenso se corre el riesgo de perder la identidad.
El sacerdote y el obispo no son ejecutivos religiosos ni administradores de una empresa espiritual. La Iglesia no es una sociedad mercantil, aunque necesite orden y buena gestión. Su lógica es la del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Cuando la eficacia se mide solo en términos de visibilidad o influencia, algo esencial se debilita.
Pero esta tentación no afecta únicamente al ministerio ordenado. También puede darse en grupos eclesiales, movimientos, hermandades o realidades laicales. La búsqueda de cuotas de poder interno, la apropiación de espacios como si fueran propiedad privada o las rivalidades por protagonismos son manifestaciones de una mundanidad que nada tiene que ver con el espíritu del Evangelio. Cuando la pertenencia se convierte en plataforma de influencia o en terreno de disputas, se pierde el horizonte del servicio.
En la Iglesia, toda responsabilidad es servicio. Toda autoridad es participación en la autoridad humilde de Cristo. Nadie posee la misión; todos la recibimos. Y quien vive pendiente del reconocimiento difícilmente puede entregarse con gratuidad.
La diferencia entre estar en el mundo sin ser del mundo se juega, en última instancia, en el amor. “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Ese “como yo” remite a la entrega hasta la cruz. Amar cristianamente significa buscar el bien del otro incluso cuando no reporta beneficio propio. Significa renunciar a rivalidades internas, superar enfrentamientos por cuestiones secundarias y no convertir la fe en instrumento de estrategia o influencia.
Resulta especialmente exigente la palabra de Jesús: “El que ama a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama a su hijo y a su hija más que a mí no es digno de mí” (Mt 10,37). No es desprecio de los afectos, sino ordenamiento del corazón. Cuando Dios ocupa el primer lugar, el amor humano se purifica: deja de ser posesivo o interesado y se vuelve más libre y verdadero. Solo quien se sabe amado por Dios sin medida puede servir sin buscar compensaciones.
En un contexto cultural cada vez más secularizado, la tentación no es tanto la persecución abierta como la dilución silenciosa. No se nos exige negar explícitamente la fe; basta con relegarla al ámbito privado, suavizar sus exigencias morales o callar aquello que puede resultar incómodo o impopular. El riesgo es adaptar el Evangelio al clima dominante en lugar de dejar que el Evangelio ilumine y purifique ese clima.
Pero también existe otra tentación más sutil: reproducir dentro de la Iglesia las mismas lógicas de poder que criticamos fuera. Cuando las decisiones se orientan por equilibrios de influencia, cuando se forman bloques o estrategias para imponer posiciones, cuando el protagonismo pesa más que la comunión, estamos importando esquemas mundanos a una realidad que debería regirse por el servicio y la caridad. Ni fuga ni mimetismo: ni retirada temerosa ante la cultura dominante, ni asimilación de sus criterios de poder y éxito.
Estar en el mundo sin ser del mundo es permanecer fieles a nuestra identidad más profunda. Es servir sin ambición, asumir responsabilidades sin apropiación, trabajar sin buscar protagonismo y recordar que la Iglesia pertenece a Cristo. Nuestro destino último no es el aplauso ni la promoción, sino la comunión con Dios.