Antonio Ramos/Sábado Santo: creer cuando Dios calla

Hay momentos en los que la fe se queda sin apoyos: Dios calla y nada parece sostener. El Sábado Santo no lo explica; lo pone delante. Y en ese silencio, María permanece.

Sábado Santo silencio, espera y esperanza de la Resurrección
Sábado Santo silencio, espera y esperanza de la Resurrección | IA

Antonio Ramos/Sábado Santo: creer cuando Dios calla

El Sábado Santo no ofrece nada a lo que agarrarse. La Iglesia se queda sin celebración, el altar desnudo, el silencio ocupando todo el espacio. Y, sin embargo, ahí es donde muchos reconocen algo muy concreto de su propia vida: momentos en los que la fe se queda sin apoyos, en los que Dios no responde, la promesa no se cumple como esperábamos y el silencio pesa más que cualquier palabra. Este día no explica esa experiencia; la deja al descubierto, obligando a sostener la fe sin recursos externos.

No hay Eucaristía, no hay palabra que dé sentido a lo ocurrido, no hay gesto que alivie la tensión. Después del grito de Cristo en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46), no llega una palabra que explique lo sucedido, sino un silencio que permanece y que no se puede llenar con explicaciones rápidas. Todo queda en suspenso, como si la historia se hubiera detenido sin ofrecer salida.

Ese silencio no es ajeno a la vida real: aparece cuando la oración no encuentra eco, cuando los procesos no avanzan, cuando el sufrimiento se alarga sin sentido aparente y Dios no actúa como uno esperaba. En ese terreno, la fe deja de apoyarse en lo que se siente o se entiende y pasa a situarse en un nivel más profundo, donde ya no basta con tener ideas claras, porque lo que está en juego es la relación misma, que puede sostenerse o romperse.

El Sábado Santo adquiere así una densidad especial, porque no suaviza la oscuridad ni la resuelve, sino que la presenta tal cual es. Y en ese escenario, María no aparece como un añadido devocional, sino como el lugar concreto donde la fe no se quiebra.

Todo en su situación parece desmentir lo que había creído. Ha recibido una promesa, ha acompañado la vida de su Hijo y ha visto cómo en Él se manifestaba la acción de Dios. Sin embargo, ese mismo Hijo ha sido condenado y ejecutado. No hay signos que permitan sostener la esperanza, ni palabras que expliquen lo sucedido, ni indicios claros que anticipen la resurrección. Humanamente, el camino parece cerrado; solo permanece la palabra que Él había repetido a sus discípulos: “al tercer día resucitaré” (cf. Mt 17,23; Mc 9,31; Lc 18,33), y, sin embargo, María permanece. No desde la evasión ni desde una resignación pasiva, sino desde una fe que ha aprendido a sostenerse en la palabra recibida. María mantiene en su corazón la esperanza en la resurrección, tal como Él lo había anunciado. No se trata de una seguridad psicológica ni de un optimismo voluntarista, sino de una memoria creyente que no se disuelve cuando la realidad se oscurece. Lo que sostiene su fe no es lo que ve, sino lo que ha escuchado y ha guardado.

El evangelio lo había descrito con una precisión sobria: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19; cf. Lc 2,51). Esa forma de creer alcanza aquí su punto más alto. Lo que antes era comprensión parcial se convierte ahora en fidelidad en la oscuridad. María no cree porque vea, sino porque recuerda; no porque todo encaje, sino porque permanece fiel a la palabra recibida.

El silencio de Dios no puede entenderse como una simple ausencia. Es un tiempo en el que la fe se purifica y se pone a prueba, un tiempo en el que desaparecen los apoyos fáciles y queda al descubierto qué hay realmente en el corazón del creyente. Cuando Dios no responde como se espera, la fe deja de apoyarse en lo inmediato y se ve obligada a apoyarse en lo esencial. En ese punto, como ha señalado Rowan Williams, el creyente aprende a mantenerse ante Dios sin pretender que actúe según sus propios esquemas. No se trata de entenderlo todo, sino de no romper la relación cuando no se entiende lo que está pasando.

Esto explica por qué muchas crisis no destruyen la fe, sino que la purifican. No desaparece Dios; desaparecen ciertas imágenes de Dios que uno había construido. Y cuando esas imágenes caen, queda la posibilidad de una fe más verdadera o el riesgo de abandonarla. Por eso el Sábado Santo no es solo una experiencia que se atraviesa, sino una decisión que se toma.

En ese punto, María no ofrece teorías, sino un camino concreto. No adelanta la resurrección ni elimina la oscuridad, pero permanece apoyada en la palabra recibida, sosteniendo una esperanza que no se ve y que, sin embargo, no ha desaparecido. Su fe no se impone ni necesita demostrarse; se mantiene.

Aquí resuena con especial fuerza una intuición de José Luis Martín Descalzo que atraviesa toda su obra: “Creer es seguir creyendo cuando no se tienen ganas de creer.” En María, esa afirmación deja de ser una frase y se convierte en vida concreta, en fidelidad sostenida cuando todo invita a lo contrario.

Cuando finalmente llega la luz, porque llega, no aparece como una corrección de lo anterior, sino como su confirmación. La resurrección no sustituye la fe de María, sino que revela que su modo de creer era verdadero, porque estaba fundado en la fidelidad a la palabra y no en la evidencia inmediata.

Así se aprende a creer de otra manera. No desde la claridad constante, ni desde la seguridad de las respuestas, sino desde una fidelidad que se mantiene incluso cuando Dios calla. Y en ese camino, María no es un consuelo lejano, sino una presencia concreta que muestra que es posible sostener la esperanza cuando todo parece negarla.

P. Antonio Ramos Ayala

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