El Mal no es una metáfora
Reducir el mal a explicación psicológica o social no lo elimina; lo desfigura. Existe una dimensión personal que interpela la libertad humana y que no puede ser disuelta sin vaciar de contenido la responsabilidad moral.
En determinados ambientes eclesiales y culturales, hablar del demonio provoca incomodidad. Se lo considera un residuo de mentalidades precientíficas o una pieza de un imaginario religioso superado. La reacción habitual no es negar frontalmente su existencia, sino reinterpretarla hasta vaciarla de contenido.
Se afirma entonces que el demonio sería solo un símbolo. Una forma antigua de expresar lo que hoy describimos con categorías psicológicas o sociales. El mal quedaría reducido a traumas, heridas afectivas, impulsos desordenados o patologías. Y, en el plano colectivo, a sistemas económicos injustos, dinámicas culturales excluyentes o estructuras que generan desigualdad. Todo tendría explicación técnica.
La psicología y el análisis social han ofrecido aportes valiosos. Han ayudado a comprender conductas complejas y a identificar mecanismos de opresión que antes pasaban inadvertidos. Ignorar estos avances sería irresponsable. El problema aparece cuando se convierten en explicación total. Cuando todo queda absorbido por el condicionamiento. Entonces el mal deja de ser una decisión que hiere y pasa a ser simple disfunción.
Sin embargo, hay situaciones que no encajan del todo en ese esquema. El empresario que manipula cifras sabiendo que arruinará a familias. El funcionario que desvía fondos destinados a los más pobres. El joven que difunde una mentira para destruir la reputación de otro. No estamos solo ante heridas psicológicas o fallos del sistema. Hay elección. Hay voluntad. Hay conciencia.
La tradición cristiana no ha entendido nunca el mal personal como recurso literario. El Concilio Vaticano II habló de la existencia humana como “una lucha dramática entre el bien y el mal” (Gaudium et Spes, 13), en pleno siglo XX. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma la existencia de una criatura espiritual que se opone a Dios, subrayando que su poder es limitado y subordinado (cf. nn. 391-395). No se trata de dualismo ni de mitología, sino de una afirmación sobria: existe una dimensión personal del mal que no puede reducirse a metáfora.
También el papa Francisco insistió en que el demonio no es una idea abstracta, sino una realidad que divide y acusa. Cuando advertía contra la mundanidad espiritual, describía algo reconocible: una fe que mantiene formas religiosas pero pierde referencia real a Dios y termina justificando el propio interés.
Afirmar la existencia personal del mal no significa imaginar dos fuerzas equivalentes enfrentadas. El cristianismo no es dualista. El mal no es un principio eterno ni una sustancia creada por Dios. Desde san Agustín se ha explicado como privación de bien: una ruptura del orden querido por Dios. Cuando alguien miente, hiere la verdad. Cuando explota, daña la justicia. El mal no crea; desfigura.
Por eso el demonio no es un poder paralelo al Creador. Es criatura. Puede tentar y confundir, pero no anula la libertad ni prevalece sobre la gracia. Esta precisión evita tanto el miedo supersticioso como la negación ingenua.
Hablar del mal no es un ejercicio teórico. Basta mirar la historia reciente. Guerras que arrasan ciudades, redes de trata que comercian con cuerpos, corrupción que priva a hospitales de recursos básicos. No son simples errores administrativos. Detrás hay decisiones reiteradas que anteponen el beneficio propio a la vida ajena. Las estructuras injustas no nacen solas; se consolidan cuando muchas decisiones pequeñas se normalizan.
La teología latinoamericana subrayó con acierto que el pecado es también histórico. Las llamadas estructuras de pecado describen esa acumulación de opciones injustas que terminan configurando sistemas opresivos. Pero lo estructural no elimina lo personal; lo presupone. Sin libertad no hay responsabilidad. Y sin responsabilidad no hay posibilidad real de justicia.
Uno de los riesgos de nuestro tiempo es diluir el mal hasta hacerlo irreconocible. Si todo se explica exclusivamente por condicionamientos externos, la libertad queda debilitada y la ética pierde consistencia. La fe cristiana sostiene que el ser humano puede elegir. Y que esa elección importa.
Con todo, el centro no es el demonio, sino Cristo. La Pascua es el núcleo de la fe. El mal actúa, pero no es definitivo. Ha sido vencido en la cruz y en la resurrección. Esa victoria no elimina mágicamente el sufrimiento histórico, pero introduce una certeza: el mal no tiene la última palabra.
Decir que el mal no es una metáfora significa tomar en serio la experiencia humana, la historia concreta y la necesidad de redención. No todo es demoníaco, pero tampoco todo es simple disfunción. Hay una lucha real por la verdad y la dignidad. Y precisamente porque la libertad es real, la salvación ofrecida en Cristo no es una idea piadosa, sino una buena noticia concreta para personas reales y pueblos concretos.
P. Antonio Ramos Ayala