Antonio Ramos | Martes Santo: la cercanía que hiere

En la última cena, una frase de Jesús basta para cambiarlo todo: “Uno de vosotros me va a entregar”.

Jesús da pan a Judas
Jesús da pan a Judas

Antonio Ramos | Martes Santo: la cercanía que hiere

No hacía falta levantar la voz para que todo cambia a en aquella cena. Bastó una frase dicha con una gravedad que no dejaba espacio a la duda: “Uno de vosotros me va a entregar” (cf. Jn 13,21). No fue una advertencia general ni una idea lanzada al aire, sino una palabra nacida desde dentro, cargada de verdad, de desencanto y de dolor, que se colocó en medio de la mesa como algo ya irreversible.

El desconcierto no vino solo por lo que se decía, sino por lo que implicaba. La traición no iba a venir de fuera, ni de los adversarios conocidos, sino de dentro del grupo, de aquel espacio donde se suponía que había confianza, camino compartido y una cierta comunión de vida. Ahí es donde la escena se vuelve incómoda: no se ataca desde la distancia, se hiere desde la cercanía, desde el lugar donde uno esperaba encontrar lealtad y descanso.

Y es precisamente ahí donde el relato deja de ser algo lejano. Porque aquella pregunta que empezó a circular entre los discípulos, “¿Seré yo?” (cf. Mt 26,22), no es un recurso literario ni un gesto piadoso sin más. Es una grieta que alcanza también nuestra propia forma de estar con Él. No se trata solo de rechazar la traición evidente, sino de reconocer esas zonas más discretas donde la fidelidad se enfría, donde la relación se vuelve superficial, donde uno permanece en la mesa pero el corazón empieza a tomar distancia.

La escena no permite esconderse detrás de los otros. Obliga a mirarse con honestidad, sin dramatismos pero sin excusas. Porque la traición no comienza en el gesto extremo, sino mucho antes: en pequeñas cesiones, en silencios cómodos, en decisiones que parecen menores pero que, poco a poco, van vaciando la verdad de lo que se vive. Por eso esta palabra resulta tan seria: no señala solo a uno, nos pone a todos ante una pregunta que no se puede responder deprisa.

Jesús no responde a esa situación como cabría esperar. No desenmascara públicamente, no aparta a Judas, no introduce una lógica de defensa. Al contrario, mantiene el vínculo hasta el final y, en un gesto profundamente significativo, le ofrece el pan (cf. Jn 13,26). No es un gesto ingenuo ni decorativo; es un último intento de sostener la relación, de no darla por perdida del todo, incluso sabiendo que algo ya se ha quebrado en el interior de su discípulo.

Aquí el Evangelio se vuelve incómodo porque no permite refugiarse en una lectura fácil, de esas que tranquilizan rápido señalando a un culpable y dejando a los demás al margen. Judas no aparece como alguien ajeno, sino como uno de los suyos, alguien que ha compartido lo esencial y que, sin embargo, se ha ido desplazando por dentro hasta quedar desconectado de aquello mismo que exteriormente sigue formando parte de su vida.

Y eso es lo que inquieta de verdad. No hay un momento brusco en el que todo se rompe de golpe, como si la traición surgiera de la nada. Lo que aparece es algo más silencioso y difícil de detectar: un proceso en el que la relación se va enfriando poco a poco. Uno sigue estando, sigue participando, sigue ocupando su lugar… pero ya no vive desde dentro lo que hace. Todo permanece en la superficie, pero por dentro se ha ido vaciando.

Así entendida, la escena deja de ser la historia de “otro” y empieza a tocar zonas muy reales de la propia vida, donde también puede ocurrir que uno siga cerca, pero sin implicarse de verdad. Ahí el Evangelio deja de ser cómodo y empieza a ser verdadero.

Jean-Luc Marion ha advertido que uno de los riesgos más serios de la vida creyente es reducir la relación con Dios a algo que uno maneja o encaja en sus propios esquemas (cf. Dios sin el ser, 1982). Cuando eso ocurre, Dios deja de ser alguien que interpela y desborda, y pasa a convertirse en algo que se utiliza o se tolera. En esa reducción se pierde la verdad de la relación, aunque externamente no haya cambios llamativos. Algo de esto se percibe en Judas: permanece, participa, pero ya no está verdaderamente implicado.

Romano Guardini, en una línea convergente, insistía en que la pérdida de autenticidad es más peligrosa que la oposición abierta (cf. El Señor, 1937). Cuando una persona deja de ser verdadera por dentro, puede mantener durante un tiempo las formas, los gestos e incluso el lenguaje, pero la vida ya no responde a lo que expresa. Ese desajuste interior es el terreno donde se gesta la ruptura.

Pedro aparece en la misma escena y tampoco queda en una posición cómoda (cf. Mt 26,33-35). Su reacción es generosa, pero poco realista; promete una fidelidad que aún no ha sido probada y que, en el momento decisivo, no será capaz de sostener. Sin embargo, lo decisivo no es el hecho de fallar, sino lo que sucede después. Pedro no se encierra en su caída ni la justifica; se deja afectar, llora (cf. Mt 26,75) y permite que la mirada de Jesús alcance ese punto de ruptura.

Carlo Maria Martini subrayaba que la mirada de Cristo no humilla ni destruye, sino que revela la verdad y, precisamente por eso, abre un camino (cf. La mirada de Cristo, 1995). Pedro entra en ese proceso porque no rehúye esa mirada. Judas, en cambio, queda atrapado en sí mismo. No es solo la acción lo que lo define, sino la imposibilidad de atravesarla y dejar que algo nuevo pueda comenzar.

El Martes Santo plantea así una cuestión que no se puede desplazar hacia fuera. La traición no aparece como un fenómeno excepcional, sino como una posibilidad real en la vida creyente cuando la relación con Cristo pierde densidad. No comienza con grandes decisiones, sino con pequeños desplazamientos que, acumulados, terminan por alterar su núcleo.

Cuando la fe se convierte en un hábito que ya no cuestiona, cuando el Evangelio deja de iluminar las decisiones concretas, cuando uno aprende a convivir con incoherencias sin que eso le incomode demasiado, se produce una desconexión que no siempre es visible, pero que acaba teniendo consecuencias profundas. Rowan Williams ha insistido en que la fe no es una identidad asegurada de una vez para siempre, sino una relación que ha de sostenerse en la verdad a lo largo del tiempo (cf. Ser cristiano, 2014).

A pesar de todo, Jesús no se detiene ni replantea su camino. Conoce lo que está sucediendo y lo que vendrá, pero no modifica la verdad de su misión ni su confianza en el Padre. No depende de la respuesta de los suyos para mantenerse fiel a lo que ha recibido. En esa firmeza hay una enseñanza clara: la verdad no se deshace porque sea traicionada, ni pierde su consistencia por la debilidad de quienes la han recibido.

Paul Ricoeur, al reflexionar sobre el mal y la responsabilidad, señalaba que la fractura forma parte de la experiencia humana, pero no tiene la última palabra sobre el sentido (cf. El mal: un desafío a la filosofía y a la teología, 1986). Algo de esa convicción atraviesa esta escena: la traición es real, duele y desestabiliza, pero no logra destruir aquello que se apoya en la fidelidad de Dios.

Por eso, el Martes Santo no se queda en la constatación de una herida, sino que abre una llamada muy concreta. No se trata de identificar personajes ni de situarse teóricamente en uno u otro lugar, sino de reconocer con sinceridad desde dónde se está viviendo la propia relación con Cristo. Eso implica mirar sin evasivas aquellos puntos donde la fe se ha vuelto superficial, donde la coherencia se ha debilitado o donde la vida discurre por caminos que ya no responden al Evangelio.

San Bernardo lo expresaba con una imagen sencilla y exigente: presentarse con “vasijas limpias” (cf. Sermón para el Miércoles Santo). Es decir, con una disponibilidad real, sin máscaras ni justificaciones, dejando espacio para que lo que se celebra no se quede en la superficie. Porque, en el fondo, lo que está en juego en esta escena no es solo lo que ocurrió entonces, sino la verdad de una relación que también hoy puede vivirse desde la cercanía aparente o desde la amistad verdadera.

P. Antonio Ramos Ayala

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