Contra el miedo, la Pascua
El miedo deja de decidir: la Resurrección introduce una paz que libera
Contra el miedo, la Pascua
El miedo deja de decidir: la Resurrección introduce una paz que libera.
En un contexto geopolítico marcado por la inquietud, la desconfianza y el repliegue, el miedo se ha convertido en un principio silencioso que condiciona decisiones personales y dinámicas sociales. No es una percepción abstracta. Se alimenta de una actualidad que se impone a diario: guerras que se prolongan sin horizonte claro, tensiones que reconfiguran equilibrios frágiles, discursos políticos que encuentran en la inseguridad un terreno fértil, como se ha visto en torno a la figura del incendiario e imprevisible de Donald Trump, y una economía que introduce incertidumbre incluso en lo cotidiano. Todo ello no siempre genera pánico de masas, pero sí un clima persistente que empuja a protegerse, a desconfiar, a replegarse. De esta manera, casi sin advertirlo, el miedo deja de ser una reacción y pasa a gobernar la vida: filtra la realidad, encoge las decisiones y nos instala en una forma de vivir a la defensiva.
Cuando el miedo ya ha tomado el control, irrumpe la Pascua. No en un escenario ideal ni en un momento sereno, sino en medio de hombres concretos que han visto fracasar sus expectativas y que, por miedo, han cerrado las puertas. La escena no describe una excepción, sino una constante de la experiencia humana: cuando el horizonte se oscurece, la vida tiende a protegerse. Por eso, la presencia del Resucitado no aparece como evasión de la realidad, sino como una intervención en su mismo núcleo. No elimina las circunstancias ni disipa automáticamente la incertidumbre: introduce una presencia que rompe la lógica del miedo y hace posible vivir de otro modo.
El cuarto evangelio describe esa situación con precisión: los discípulos están encerrados, con las puertas cerradas. No es solo una reacción tras la muerte de Jesús, sino una forma de situarse ante la realidad cuando aquello que sostenía la vida se ha venido abajo. El encierro no es solo físico; es expresión de una vida que ha perdido horizonte.
Es en esa situación concreta se sitúa la novedad pascual. El Resucitado no aparece desde fuera, sino en medio de ellos. No irrumpe imponiendo una explicación ni corrigiendo su actitud. Se hace presente y pronuncia una palabra: «Paz a vosotros» (Jn 20,19). No es un saludo, sino una intervención que introduce una realidad nueva. La situación no cambia de inmediato, pero su significado sí. Lo que antes determinaba la forma de estar en el mundo deja de hacerlo.
Aquí se sitúa el núcleo del cristianismo. No en una idea ni en una doctrina abstracta, sino en un acontecimiento que reconfigura la comprensión misma de la realidad. La fe cristiana no nace de una idea, sino del encuentro con Alguien que, al hacerse presente, cambia desde dentro la forma de sostener la vida y de mirar la realidad.
La Resurrección no se reduce ni a algo que ocurre solo dentro de la persona ni a un hecho del pasado. Tiene lugar en la historia, en un momento concreto, en un lugar concreto y ante testigos, pero no se agota en ella. Nadie vio el instante en que sucede, y sin embargo sus efectos son evidentes. El sepulcro vacío, las apariciones y el cambio de los discípulos no constituyen una prueba en sentido estricto, pero tampoco pueden explicarse fácilmente: remiten a algo que supera lo que estamos acostumbrados a comprobar.
Esto cambia algo decisivo: la realidad deja de percibirse como un espacio cerrado que termina en la muerte. Cuando la muerte se vive como límite absoluto, la vida se organiza en torno a protegerse, asegurar lo propio y evitar perder. Pero si ese límite deja de ser definitivo, se abre la posibilidad de vivir de otro modo: sin que el miedo a perder la vida sea lo que, en último término, decide cómo se vive.
En este punto se comprende el alcance social de la Pascua. Ese mismo trasfondo que afecta a la vida personal configura también la vida colectiva. Sociedades marcadas por la incertidumbre tienden a cerrarse, a reforzar fronteras y a interpretar al otro desde la sospecha. El miedo, incluso cuando no se formula explícitamente, actúa como criterio de organización, generando dinámicas de exclusión, enfrentamiento e indiferencia.
La Resurrección no se añade a estas dinámicas como un simple discurso moral, sino que las cuestiona en su raíz. Si la vida es más fuerte que la muerte, entonces nadie puede ser tratado como un medio, ningún sufrimiento es irrelevante y ninguna situación queda cerrada del todo. En esta línea, Jürgen Moltmann ha insistido en que la esperanza cristiana no consiste en imaginar un futuro mejor al margen de la historia, sino en dejar que el futuro de Dios actúe ya en el presente, abriendo posibilidades reales allí donde todo parece bloqueado.
Esto no elimina el conflicto ni la injusticia, pero cambia la forma de afrontarlos. Permite actuar sin que el miedo a perder lo determine todo y abre un espacio de libertad que no depende solo de las circunstancias. En este sentido, la observación de Enrique Rojas resulta iluminadora: cuando la vida se organiza desde el miedo, no se deja de actuar, pero se actúa a la defensiva, reduciendo poco a poco el propio horizonte. La novedad pascual no consiste en eliminar la inseguridad, sino en impedir que se convierta en el criterio que decide en último término la vida.
Por eso el Resucitado muestra las heridas. No desaparecen ni se ocultan, pero ya no significan derrota. El sufrimiento no se borra, pero deja de ser definitivo: ha sido atravesado por una vida que no puede ser destruida. Esto permite comprender la esperanza cristiana no como evasión, sino como una forma distinta de vivir la realidad, en la que el mal no tiene la última palabra, porque esas heridas se revelan como la expresión más clara del amor de Dios por el hombre.
Esa esperanza no se impone desde fuera ni se reduce a una evidencia inmediata. Se reconoce en un proceso, en un camino pascual en el que la presencia del Resucitado se hace patente a través de la palabra, la memoria y la vida compartida. Por eso los relatos pascuales no presentan una certeza instantánea, sino un itinerario de reconocimiento que transforma la mirada.
La cuestión decisiva no es si la Resurrección puede explicarse racionalmente, sino si introduce una forma nueva de situarse ante una realidad personal y social que con frecuencia hiere. Porque, si es verdadera, nada queda intacto: ni la forma de comprenderse a uno mismo, ni la manera de relacionarse con los demás, ni el modo de afrontar la historia. La Pascua no puede dejar igual ni al hombre ni al mundo: los hace nuevos. No elimina la incertidumbre ni la fragilidad, pero desactiva su poder de decisión: el miedo deja de marcar, en último término, la forma de vivir. Por eso, la cuestión no es si hay razones para encerrarse, sino si, aun con las puertas cerradas, reconocemos que Alguien ha entrado y si eso basta para volver a abrirlas.
Antonio Ramos