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Antonio Ramos / Viernes Santo: Dios en el dolor del hombre

El Viernes Santo no es una escena decorativa, sino la manifestación desnuda de una realidad que no admite evasiones: la crudeza del sufrimiento, el abandono y una verdad sin adornos que nos obliga a mirar la cruz de frente, sin distancia ni refugios.

El Santo Cristo de la Universidad de Cordoba

El Viernes Santo nos pone delante de la cruz sin escapatoria. Nos obliga a mirar de frente una realidad que no admite adornos ni explicaciones fáciles. Lo que contemplamos no es una idea religiosa abstracta ni un símbolo lejano, sino un hecho concreto: un hombre condenado, humillado y ejecutado. Y en ese hombre está Dios. Ahí está el núcleo que desconcierta y, al mismo tiempo, sostiene la fe cristiana.

Dios no se mantiene al margen del sufrimiento humano. No lo observa desde lejos ni lo corrige desde una posición de poder. Entra en él, lo asume y lo atraviesa desde dentro. Comparte hasta el fondo la condición herida del hombre y abre, desde ahí, un camino de salvación que no evita el dolor, pero sí lo transforma.

El relato de la pasión de estos días, especialmente en el evangelio de san Juan, no es solo memoria de unos hechos pasados. Es la revelación de hasta dónde llega el amor de Dios. Un amor que no se queda en palabras, sino que se concreta en una entrega total: “los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Ese extremo no es una forma de hablar. Pasa por la injusticia, el abandono, la violencia y la muerte.

El grito de Jesús en la cruz no es un recurso pictórico añadido para intensificar el dramatismo. Es la expresión real de quien atraviesa el abandono en su forma más radical. Como señaló Hans Urs von Balthasar, en la cruz Dios desciende hasta lo más hondo del sufrimiento humano, hasta ese lugar donde el hombre experimenta la ausencia más radical. Y es precisamente ahí, cuando todo parece oscurecerse y se experimenta la ausencia total, donde Dios no se retira ni permanece distante, sino que entra en lo más hondo del sufrimiento, lo sostiene desde dentro y, sin eliminarlo, abre un camino que conduce a la vida.

En esta misma dirección, el Papa Francisco recuerda que “la cruz de Cristo no es una derrota, sino el signo de un amor que se entrega hasta el final” (cf. Homilía, Viernes Santo, 19 abril 2019), subrayando que es precisamente en esa entrega donde se revela la verdadera fuerza de Dios.

La cruz no ofrece una explicación del mal ni una respuesta teórica al sufrimiento del mundo, sino que muestra el lugar donde Dios se sitúa ante él: no lo elimina ni lo disfraza, lo habita, lo invade y, desde dentro, le da sentido y lo llena de vida plena; por eso esta afirmación incomoda a quien busca respuestas rápidas, pero es la única que no banaliza el sufrimiento ni lo reduce a un problema abstracto. El sufrimiento no queda sin respuesta: está llamado a la justicia de Dios y a una vida resucitada que comienza ya en esta historia herida y alcanza su plenitud en la vida eterna.

Dios no actúa desde la imposición ni desde la fuerza que aplasta. Su modo de obrar es otro: una entrega absoluta que atraviesa el mal y lo desarma desde dentro. No evita el conflicto, pero lo transforma en su raíz. Esta lógica rompe nuestras expectativas, porque seguimos buscando a Dios en lo que impresiona, en lo que se impone o en lo que tiene éxito. El Viernes Santo, en cambio, lo muestra en la debilidad asumida, en la entrega silenciosa y en la fidelidad que permanece cuando todo parece perdido.

Por eso, una fe que no pasa por ahí termina siendo frágil. Se sostiene mientras todo va bien, pero se tambalea cuando la vida se complica de verdad o cuando el dolor irrumpe sin avisar y desmonta las seguridades.

La cruz no pertenece solo al pasado ni es una referencia espiritual sin consecuencias. Sigue presente hoy en rostros concretos. Basta mirar con un poco de honestidad. Está en el temporero que trabaja sin contrato y duerme en una nave abandonada, en la mujer que sostiene sola una casa rota y no llega a fin de mes, en el anciano que pasa días enteros sin que nadie llame a su puerta, en el joven que se pierde sin que nadie le pregunte qué le está pasando. No estamos ante ideas generales, sino ante vidas concretas que interpelan directamente la conciencia. Estamos ante seres que sufren, y eso tiene que ver, de manera directa, con el Dios de Jesucristo.

Aquí la fe deja de ser discurso y se convierte en forma de vida. No se puede contemplar la cruz de Cristo y permanecer indiferente ante las cruces de los demás sin caer en una contradicción seria. El Evangelio une de manera directa la relación con Dios y la actitud ante quien sufre. Por eso, como recuerda Johann Baptist Metz, el cristianismo es “memoria peligrosa del sufrimiento”: una memoria que incomoda, que rompe la indiferencia y que obliga a mirar de frente el dolor del mundo.

Hay una forma silenciosa de rendirse al mal: no negarlo, sino acostumbrarse a él hasta que deja de afectar de verdad a la vida y a las decisiones concretas. El Viernes Santo rompe esa inercia. Obliga a detenerse, a mirar sin filtros y a preguntarse con sinceridad dónde estamos. Porque la cruz, cuando se contempla de verdad, no deja a nadie igual. Introduce un movimiento interior que acaba tocando las decisiones, las prioridades y la manera concreta de estar con los demás.

Cuando san Pablo afirma: “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20), no está formulando una idea piadosa. Está describiendo una experiencia que cambia la vida desde dentro. Quien se sabe amado así ya no puede encerrarse en sí mismo ni vivir de espaldas al dolor ajeno.

Entonces se entiende que el amor no es algo que se dice, sino algo que se hace. Pasa por la cercanía, por el tiempo compartido, por la capacidad de sostener al otro en su fragilidad, incluso cuando no hay respuestas claras ni soluciones inmediatas.

Desde fuera, todo esto puede parecer fracaso. No responde a los criterios habituales de éxito ni encaja en una lógica de resultados inmediatos. Sin embargo, desde dentro revela una fuerza distinta, capaz de abrir camino incluso donde todo parece cerrado.

En un mundo que responde al mal con más mal y a la violencia con más violencia, la cruz introduce una lógica más exigente. No consiste en devolver el daño ni en entrar en una espiral que todo lo degrada, sino en sostener el bien incluso cuando cuesta y cuando parece inútil.

El Viernes Santo no elimina el sufrimiento ni ofrece soluciones rápidas. Pero cambia de raíz el modo de atravesarlo. Ya no se vive en soledad ni en el absurdo, sino en la certeza de que Dios está ahí, implicado hasta el fondo, compartiendo el dolor humano y abriendo desde dentro un horizonte que sostiene.

Desde ahí, la vida del creyente no puede quedarse en una contemplación distante ni en una emoción pasajera. Se traduce en una forma concreta de estar en el mundo, donde la cercanía, el acompañamiento y el compromiso con quienes más lo necesitan dejan de ser opcionales.

Solo así la cruz deja de ser un elemento decorativo, una referencia cultural o turística. Se convierte en un criterio que orienta la vida entera. Porque en ella no solo se revela quién es Dios, sino también cómo está llamado a vivir el ser humano cuando toma en serio el Evangelio. Y eso ya no se puede contemplar desde lejos: o se entra en esa lógica o se pasa de largo. No hay término medio: o estamos donde está Dios o nos alejamos de Él.

P. Antonio Ramos Ayala

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