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Aprender a esperar

Vivimos con prisa, pero la vida tiene sus propios tiempos. Hay cosas que solo crecen cuando sabemos cuidarlas sin apresurarlas.

Abraham supo esperar(OpenAI ChatGPT)

Aprender a esperar

Hemos aprendido a hacerlo casi todo más deprisa, pero cada vez nos cuesta más esperar. Queremos respuestas inmediatas, resultados rápidos y soluciones que no se hagan esperar. Si una página tarda unos segundos en abrirse, nos impacientamos; si un proyecto no da frutos pronto, empezamos a dudar de él; si una relación atraviesa una etapa difícil, podemos sentir la tentación de abandonarla antes de haber dado tiempo al diálogo y al cambio.

La cultura en la que vivimos favorece esa impaciencia. Compramos con un clic, enviamos un mensaje que llega al instante y accedemos en segundos a una cantidad inmensa de información. Son avances que nos facilitan la vida, pero pueden acostumbrarnos a pensar que todo debería funcionar con la misma rapidez. Y no es así. Un hijo necesita años para crecer, una amistad verdadera se construye poco a poco, y recuperar la confianza después de una decepción puede exigir mucho tiempo. La madurez, el conocimiento y la fe tampoco admiten atajos.

Por eso, uno de los riesgos de la impaciencia es abandonar antes de tiempo. Hay decisiones que deben tomarse y situaciones que no conviene prolongar, pero otras veces renunciamos sencillamente porque el fruto tarda en aparecer. Lo que avanza lentamente no está fracasando. Algunas de las cosas que más han merecido la pena en nuestra vida necesitaron constancia cuando todavía no sabíamos cómo terminarían.

La Biblia está llena de esperas. Abrahán recibe una promesa y pasan años hasta el nacimiento de Isaac. Israel atraviesa el desierto antes de llegar a la tierra prometida. Simeón envejece aguardando al Mesías y un día reconoce en aquel niño llevado al templo el cumplimiento de lo que había esperado durante tanto tiempo. También María acepta una palabra cuyo alcance irá descubriendo a lo largo de su vida. Ninguno recibe desde el principio todas las respuestas. Tienen que caminar confiando.

De ahí la fuerza de aquellas palabras del salmo: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 27,14). La espera bíblica no consiste en quedarse quieto hasta que algo suceda, sino en permanecer fiel cuando todavía no vemos el resultado. San Pablo lo expresa con claridad: “Si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con perseverancia” (Rom 8,25). Esperar es continuar cuando aún no tenemos certezas sobre lo que vendrá.

Esto se aprende en situaciones muy concretas. El agricultor no puede ordenar a la semilla que crezca más deprisa, pero prepara la tierra y la cuida. Quien busca trabajo sigue llamando a puertas aunque algunas permanezcan cerradas. Quien acompaña a una persona enferma descubre que no siempre puede solucionar lo que ocurre, pero sí estar cerca. Saber esperar exige hacer cuanto está en nuestras manos y aceptar que hay cosas cuyo ritmo no podemos imponer.

También sucede en nuestra relación con Dios. Pedimos una respuesta, la solución de un problema o un cambio en alguien a quien queremos, y desearíamos comprobar pronto que nuestra oración ha servido para algo. Cuando nada parece cambiar, podemos pensar que Dios guarda silencio. Jesús, sin embargo, habló del Reino como de una semilla que crece mientras el sembrador duerme y se levanta, “sin que él sepa cómo” (Mc 4,27). Hay procesos que comienzan mucho antes de que podamos advertir sus frutos.

Santa Teresa de Jesús conoció bien esta experiencia. En su célebre oración escribió: “Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza”. No es una invitación a la resignación, sino a confiar cuando las circunstancias escapan a nuestro control. Todo puede cambiar, nuestros planes pueden quebrarse y muchas seguridades terminar desapareciendo, pero Dios permanece. La paciencia cristiana nace también de esa certeza: no conocemos de antemano lo que sucederá, pero sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza.

Tal vez hemos convertido el tiempo en enemigo porque nos recuerda que no podemos controlarlo todo. Sin embargo, el tiempo también cura, corrige, enseña y permite madurar. Una herida necesita cicatrizar; una decisión importante merece ser pensada; una persona puede necesitar muchas oportunidades antes de cambiar. Forzar los tiempos no siempre hace que lleguemos antes. A veces solo consigue que estropeemos aquello que necesitaba crecer despacio.

Recuperar el valor de saber esperar no significa renunciar al progreso ni conformarse con lo que está mal. Significa reconocer que la vida tiene ritmos que no podemos acelerar a nuestro antojo. Hay momentos para actuar y momentos para perseverar; momentos para buscar una salida y momentos para aceptar que todavía no ha llegado. La paciencia no consiste en sentarse a ver pasar el tiempo. Consiste en seguir trabajando, cuidando, amando y confiando mientras el fruto aún no se ve. Porque muchas veces lo que creemos que tarda simplemente está necesitando tiempo para madurar.

Antonio Ramos Ayala

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