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Aprender de quienes no esperábamos

Aprender de quienes no esperábamos | IA

Aprender de quienes no esperábamos

A veces pensamos que las personas con más formación, más experiencia o más responsabilidad son las que tienen algo importante que enseñarnos. Sin embargo, la vida demuestra una y otra vez que algunas de las enseñanzas más valiosas llegan a través de personas sencillas, de quienes apenas ocupan espacio en las noticias o en los lugares de prestigio.

Todos hemos vivido alguna situación semejante: una conversación inesperada, una observación hecha con naturalidad o un gesto de generosidad pueden hacernos comprender algo que antes no veíamos.

Quizá una de las dificultades de nuestro tiempo sea precisamente esta: nos cuesta escuchar. Vivimos rodeados de opiniones, mensajes y debates, pero no siempre estamos dispuestos a dejarnos interpelar por los demás. Escuchamos para responder, para corregir o para convencer. Escuchamos menos para aprender.

Sin embargo, Dios tiene una forma muy particular de actuar. A lo largo de la Sagrada Escritura, Dios suele actuar de una manera que desconcierta los criterios humanos. No es casual que san Pablo escribiera: “Dios eligió lo débil del mundo para confundir a los fuertes” (1 Co 1,27). Jesús se acerca a pastores, pescadores, viudas, extranjeros y personas aparentemente insignificantes. Una y otra vez muestra que la verdad y la sabiduría no dependen del poder ni de la posición social.

Por eso la humildad ocupa un lugar tan importante en la vida cristiana. No se trata de rebajarse ni de despreciarse. Como escribió santa Teresa de Jesús: “La humildad es andar en verdad”. Consiste en reconocer que necesitamos de Dios y de los demás, y que nadie posee por sí solo toda la luz.

También en la Iglesia podemos acostumbrarnos a escuchar siempre a las mismas personas y a valorar únicamente determinadas opiniones “importantes”. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Dios puede sorprendernos a través de quienes menos esperamos.

Cuando nos acercamos a quienes viven situaciones diferentes de las nuestras descubrimos aspectos de la realidad que antes permanecían ocultos. Los ancianos nos hablan del valor de la perseverancia. Los enfermos nos recuerdan la fragilidad que compartimos. Las familias enseñan la paciencia cotidiana del amor. Los pobres suelen mostrar una capacidad de confianza y de solidaridad que nos obliga a revisar muchos de nuestros prejuicios. También quienes pertenecen a otras culturas, religiones o formas de entender la vida pueden ayudarnos a descubrir aspectos de la realidad que no habíamos considerado. Lo diferente puede despertar recelo, pero también puede convertirse en una oportunidad para ampliar la mirada. Nadie agota toda la riqueza humana. Cada pueblo, cada historia y cada tradición conservan valores que pueden enriquecer a los demás.

El problema aparece cuando dejamos de ver hermanos y comenzamos a ver categorías. Cuando clasificamos a las personas antes de conocerlas. Cuando suponemos que tenemos poco que recibir de quienes viven, piensan o hablan de otra manera.

Jesús actuó justamente al contrario. Se acercó a personas que muchos evitaban. Entró en diálogo con quienes eran considerados extraños. Miró más allá de las etiquetas y descubrió en cada persona una dignidad que nadie podía arrebatarle. No es extraño que dijera: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

Tal vez una de las conversiones más necesarias hoy sea recuperar la capacidad de dejarnos enseñar. No solo por los libros o por los expertos, sino también por las personas concretas que Dios pone en nuestro camino. A veces una palabra sencilla, un sufrimiento llevado con serenidad, una fidelidad silenciosa o una generosidad discreta contienen más sabiduría de la que imaginamos.

Porque las lecciones más importantes no siempre llegan desde una cátedra. Con frecuencia aparecen en forma de encuentro. Dios sigue hablándonos a través de rostros concretos, de historias que no suelen ocupar titulares y de personas que muchos consideran insignificantes. Quien conserva un corazón humilde descubre que nadie es tan pobre que no pueda enseñarnos algo, ni tan importante que no necesite aprender de los demás.

Antonio Ramos

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