El deber de reconstruir Venezuela

El terremoto que ha devastado Venezuela obliga a mirar más allá de la emergencia. La reconstrucción del país no será solo un desafío material, sino también una cuestión de responsabilidad moral para quienes pueden contribuir decisivamente a levantarlo.

Devastación en Venezuela (OpenAI ChatGPT)
Devastación en Venezuela (OpenAI ChatGPT)

El deber de reconstruir Venezuela

Cuando la tierra tiembla, todas las diferencias humanas pasan a un segundo plano. Fronteras, ideologías e intereses dejan de tener importancia. Bajo los edificios derrumbados solo quedan personas que esperan ser rescatadas, familias que buscan a los suyos y un pueblo entero que lucha por mantenerse en pie. El reciente terremoto que ha sacudido Venezuela nos recuerda una verdad elemental: la vida humana está siempre por encima de cualquier interés ideológico o de poder.

Sería ingenuo pensar que esta tragedia es únicamente obra de la naturaleza. El terremoto ha golpeado a un país que ya llegaba profundamente herido. Durante años, la crisis política, económica e institucional ha debilitado su capacidad de respuesta. Cuando un desastre de esta magnitud alcanza a una sociedad tan vulnerable, sus consecuencias se multiplican. La falta de recursos, unos servicios públicos muy deteriorados y unas infraestructuras insuficientes convierten la emergencia en una tragedia todavía mayor.

Las primeras horas tras un gran terremoto muestran siempre lo mejor y lo peor del ser humano. Mientras llegan los equipos especializados, son los propios vecinos quienes se convierten en rescatistas. Así ha ocurrido también en Venezuela. Hombres y mujeres, con sus manos y las escasas herramientas de que disponían, comenzaron a retirar escombros, formar cadenas para sacar heridos y socorrer a quienes aún podían salvarse. En medio del dolor ha vuelto a manifestarse el rostro más noble del pueblo venezolano: una solidaridad generosa, valiente y perseverante que no se rinde ni siquiera cuando todo parece venirse abajo.

No puedo contemplar estas escenas como un simple espectador. El 19 de septiembre de 1985 viví en primera persona el terremoto de magnitud 8,1 que sacudió la Ciudad de México. Quise ayudar y me incorporé a los equipos de rescate en la colonia Roma, una de las zonas más castigadas. Todavía recuerdo el silencio que se imponía para intentar escuchar una voz bajo los escombros, las largas cadenas humanas retirando piedras y el rostro de quienes aguardaban noticias de sus familiares. Aún hoy se desconoce el número exacto de víctimas. Las cifras oficiales hablaron de varios miles de fallecidos, aunque numerosas investigaciones las elevaron a entre veinte y treinta mil muertos. Más de 250.000 personas perdieron su hogar y miles de edificios quedaron destruidos o seriamente dañados. Aquella experiencia me enseñó que, cuando un desastre supera la capacidad de respuesta de un país, la solidaridad internacional deja de ser un gesto de buena voluntad para convertirse en un deber de humanidad.

Por eso sé que ningún pueblo, por admirable que sea, puede salir adelante por sí solo después de una catástrofe de estas dimensiones. Harán falta hospitales, escuelas, carreteras, viviendas, redes de suministro, maquinaria, inversiones y años de trabajo constante. La ayuda urgente es indispensable, pero el verdadero desafío comenzará cuando desaparezca la atención mediática y llegue el momento de devolver la normalidad a la vida de millones de personas.

Aquella experiencia en México hace inevitable una reflexión ética. Quienes planificaron y ejecutaron la intervención militar en Venezuela asumieron una enorme responsabilidad histórica. Su decisión fue respaldada por algunos gobiernos y duramente cuestionada por otros, porque numerosos especialistas entendieron que vulneraba principios esenciales del derecho internacional. La soberanía de los Estados no puede quedar subordinada a la voluntad de las grandes potencias, ni la legalidad internacional puede aplicarse de manera selectiva. Cuando ese marco se debilita, quienes terminan pagando el precio son siempre los pueblos más vulnerables.

Estados Unidos, como principal responsable de aquella intervención, tiene hoy un deber que no puede eludir. También la tienen los gobiernos que la respaldaron con su aplauso o con su silencio cómplice. La ayuda de emergencia constituye solo el primer paso. El verdadero compromiso consiste en acompañar a Venezuela durante todo el proceso de recuperación: reconstruir hospitales, escuelas, viviendas e infraestructuras, reactivar la economía y crear las condiciones para que el país recupere la estabilidad y la esperanza. España tampoco puede permanecer indiferente. Los profundos vínculos históricos, culturales, lingüísticos y espirituales que la unen a los pueblos hispanoamericanos impiden contemplar el sufrimiento de Venezuela como si fuera un problema ajeno. Sin nostalgias imperiales ni pretensiones de tutela, esa historia compartida reclama una cooperación generosa y sostenida con un pueblo hermano.

Europa, los países de Hispanoamérica, los organismos internacionales y las instituciones financieras tampoco deberían permanecer al margen. La recuperación exigirá cooperación técnica, financiación, inversiones y una presencia estable durante años. Reconstruir un país significa mucho más que levantar edificios. Significa restablecer la seguridad, fortalecer las instituciones, recuperar la actividad económica y ofrecer a millones de personas la posibilidad de mirar el futuro con confianza.

La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la solidaridad no es un sentimiento pasajero, sino una decisión firme de trabajar por el bien común. Rezar por Venezuela es imprescindible, pero también lo es convertir esa oración en una solidaridad concreta. Quienes disponen de capacidad política, económica o técnica están llamados a ponerla al servicio de un pueblo que hoy necesita algo más que palabras de consuelo.

Los venezolanos volverán a levantarse porque ya lo han demostrado muchas veces. Lo harán con su fortaleza, con su fe y con una admirable capacidad de sacrificio. Pero sería profundamente injusto dejarles solos. La comunidad internacional tiene ahora la oportunidad de demostrar que el poder solo es legítimo cuando se pone al servicio de la persona y que el derecho internacional no puede invocarse únicamente cuando conviene. Porque la responsabilidad de una nación no termina cuando concluye una intervención militar. Termina cuando el pueblo al que dijo querer ayudar, y que hoy vive el drama de esta catástrofe, puede volver a caminar por sí mismo, con dignidad, en libertad y en democracia.

Antonio Ramos

También te puede interesar

Lo último

stats