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Crisis de Ceuta

La buena política exterior protege las fronteras

Las fronteras no se protegen solo con medios de seguridad. También se defienden con una política exterior inteligente, estable y capaz de prevenir las crisis antes de que estallen.

La buena política exterior protege las fronteras(OpenAI ChatGPT)
La buena política exterior protege las fronteras(OpenAI ChatGPT)

La buena política exterior protege las fronteras

La reciente crisis migratoria de Ceuta ha vuelto a recordar una realidad que con demasiada frecuencia se olvida: las fronteras no colapsan de un día para otro. Lo que estalla en unas horas suele ser la consecuencia de decisiones, omisiones y tensiones acumuladas durante meses o incluso años. Sin embargo, el debate público acostumbra a empezar cuando las imágenes ocupan los informativos y termina cuando desaparecen de las portadas. Entre ambos momentos abundan las declaraciones, los reproches y las medidas de urgencia, mientras apenas se reflexiona sobre la cuestión de fondo: la política exterior.

Ceuta y Melilla no son dos ciudades más del mapa español. Constituyen las únicas fronteras terrestres de la Unión Europea en África. En ellas confluyen el drama humano de quienes emigran, portadores de una dignidad inalienable; la necesaria seguridad nacional; la política migratoria española y europea; la cooperación con los países de origen y de tránsito; la lucha contra las mafias que trafican con personas y la compleja relación de España y la Unión Europea con Marruecos.

La primera obligación del Estado es con los ciudadanos que viven en esas dos ciudades. Cada episodio de tensión altera la vida cotidiana, perjudica la actividad económica, incrementa la incertidumbre y alimenta una sensación de vulnerabilidad que no debería formar parte de la normalidad. Garantizar su seguridad y su tranquilidad no es un privilegio, sino un deber de cualquier Estado democrático.

Ninguna infraestructura fronteriza, por sofisticada o costosa que sea, puede sustituir una relación diplomática seria e inteligente. La estabilidad de Ceuta y Melilla depende en gran medida de la calidad de las relaciones diplomáticas entre España y Marruecos. La vecindad geográfica, la cooperación policial, los vínculos económicos y los desafíos compartidos obligan a mantener un diálogo permanente. Dialogar no significa renunciar a la defensa de los intereses nacionales; significa protegerlos mediante la anticipación, la cooperación y la firmeza institucional.

Proteger las fronteras constituye un derecho y un deber grave del Estado. Del mismo modo, respetar la dignidad de toda persona es una exigencia irrenunciable de cualquier democracia. Presentar ambas obligaciones como si fueran incompatibles empobrece el debate público. La seguridad sin respeto a la dignidad humana termina debilitando el Estado de derecho; la solidaridad desligada de la legalidad favorece precisamente a quienes se aprovechan sin escrúpulos de la desesperación ajena.

Entre esos beneficiarios se encuentran las redes de tráfico de personas y quienes utilizan los movimientos migratorios como instrumento de presión política. Los migrantes dejan entonces de ser personas para convertirse en piezas de una estrategia que persigue objetivos completamente ajenos a sus legítimas aspiraciones. Combatir esas prácticas requiere cooperación internacional, inteligencia policial y una acción diplomática sostenida.

España tampoco puede afrontar sola este desafío. Ceuta y Melilla son fronteras españolas, pero también fronteras exteriores de la Unión Europea. La cooperación con los países de origen y tránsito, la persecución de las mafias, la ordenación de los flujos migratorios y el apoyo efectivo de las instituciones europeas forman parte de una misma responsabilidad compartida. Ninguna de esas medidas basta por separado; juntas pueden ofrecer una respuesta más eficaz y más humana.

Las crisis de Ceuta y Melilla seguirán poniendo a prueba la capacidad de España y de Europa para actuar con serenidad, firmeza y sentido de Estado. Pero la verdadera fortaleza de una frontera no se mide únicamente por los medios que despliega cuando surge una emergencia. Se mide por la calidad de la política exterior que la sostiene, por la inteligencia con la que se construyen las relaciones con los países vecinos y por la seguridad que esa acción proporciona a quienes viven cada día en la frontera. Allí, mucho antes de que una crisis ocupe los titulares, comienza la verdadera defensa de nuestras fronteras.

Antonio Ramos Ayala

Fue vicario episcopal de Melilla.

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