Caminar juntos para evangelizar
“Alzad la mirada” refleja la llamada a una Iglesia “en salida” y “sinodal”, capaz de acompañar a las personas y acercarles el Evangelio.
Caminar juntos para evangelizar
En los últimos años se han hecho muy habituales dos expresiones dentro de la vida de la Iglesia: “Iglesia en salida” e “Iglesia sinodal”. Aunque a veces se presentan como ideas distintas, en realidad están profundamente unidas.
Una Iglesia que quiere acercarse al mundo necesita discernir unida, valorando la experiencia y la participación tanto de los pastores como de los fieles laicos para encontrar nuevos caminos de evangelización y responder a los desafíos de nuestro tiempo.
Ambas expresiones tienen sus raíces en el Concilio Vaticano II, que presentó a la Iglesia no como una institución aislada del mundo, sino cercana a la realidad cotidiana. La constitución Gaudium et Spes comenzaba con unas palabras que siguen conservando toda su fuerza: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo”. También esos gozos y esperanzas, esas tristezas y angustias, deben ser los de la Iglesia a lo largo de la historia.
Décadas después, el Papa Francisco retomó esa visión y la convirtió en uno de los ejes de su pontificado. En Evangelii Gaudium escribió una frase que dio la vuelta al mundo: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad”. No era una invitación a la improvisación ni al activismo vacío, sino una llamada a recuperar la cercanía humana propia del Evangelio.
“Iglesia en salida” significa precisamente eso: una comunidad cristiana que no espera pasivamente a que la gente llegue, sino que toma la iniciativa de acercarse a quienes viven alejados, cansados, heridos o desanimados. Basta mirar el Evangelio para comprenderlo. Cristo recorría pueblos y caminos, entraba en las casas, se detenía ante el sufrimiento y compartía la mesa con quienes eran rechazados por otros. El cristianismo nace de ese encuentro personal de Dios con cada ser humano y, de manera especial, con quienes ocupan los últimos lugares: los abandonados, los rechazados, los pobres y los olvidados.
Todo encuentro verdadero exige una actitud concreta: caminar al lado de los demás. En la vida hay personas que avanzan siempre unos pasos por delante porque están convencidas de saber hacia dónde hay que ir. Quienes poseen más conocimientos o autoridad corren el riesgo de situarse por encima de otros, dando instrucciones, corrigiendo errores y marcando la dirección. Sin embargo, acompañar no consiste en colocarse delante. Muchas veces exige situarse junto al otro, compartir su recorrido y reconocer que también nosotros podemos aprender de él. La propia historia de la salvación está marcada por esta lógica. Dios podría haber actuado solo, sin contar con nadie. Sin embargo, quiso entrar en la historia humana y servirse de hombres y mujeres concretos, con sus límites y fragilidades, convirtiéndolos en colaboradores de su obra.
Jesús continuó ese mismo estilo. No reunió a sus discípulos para mantenerlos a distancia. Compartió con ellos los caminos de Galilea, la mesa y la vida diaria. Les enseñó que la verdadera grandeza no consiste en ocupar los primeros puestos, sino en servir.
La palabra “sínodo” evoca la idea de caminar juntos. El Papa Francisco afirmó en 2015 que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Con ello recordaba que la Iglesia no avanza únicamente mediante estructuras o decisiones organizativas, sino también a través del diálogo, el discernimiento y la corresponsabilidad de todos los bautizados.
La sinodalidad no consiste en convertir la Iglesia en un parlamento donde cada uno defiende sus propias posiciones. Tampoco significa vivir en debates permanentes. Se trata de buscar juntos la voluntad de Dios para responder con fidelidad a las circunstancias concretas de cada tiempo.
Por eso ambas realidades se necesitan mutuamente. Una Iglesia cercana a las personas necesita conocer sus inquietudes y sufrimientos: las preocupaciones de las familias, las dudas de muchos jóvenes, la soledad, las dificultades económicas, las consecuencias de las guerras o el clima de enfrentamiento que tantas veces fractura la convivencia. La evangelización pierde fuerza cuando se aleja de la vida real.
Esta actitud resulta especialmente necesaria en una sociedad cada vez más diversa. Convivimos con personas de edades, historias y sensibilidades distintas. Es fácil permanecer entre quienes piensan como nosotros. Lo difícil es acercarse a quien ve la vida de otra manera y descubrir que también puede ayudarnos a comprender mejor la realidad.
También la Iglesia está llamada a vivir así. No como una comunidad formada por quienes ya lo saben todo, sino como un pueblo que busca la voluntad de Dios con humildad. Un pueblo donde todos tienen algo que ofrecer y donde nadie deja de aprender.
El lema de la reciente visita del Papa León XIV a España, “Alzad la mirada” (Jn 4,35), expresa bien esta invitación a salir de uno mismo y redescubrir la esperanza. Alzar la mirada significa también descubrir a quienes caminan a nuestro lado y dejarnos interpelar por sus necesidades.
La misión cristiana sigue siendo profundamente humana: acercarse, escuchar, acompañar y anunciar el Evangelio con verdad y cercanía. Porque la fe no se transmite solamente mediante ideas o documentos, sino a través de vidas concretas capaces de compartir el dolor, el tiempo y la esperanza de los demás.
La Iglesia no está llamada a vivir encerrada en sí misma, sino dentro del mundo, junto a los hombres y mujeres de cada época. Cuando camina con ellos, anuncia el Evangelio no como un discurso lejano, sino como un verdadero encuentro capaz de iluminar, sostener y transformar la vida.
Evangelizar no consiste únicamente en transmitir unas enseñanzas, sino en compartir un camino. Como hizo Cristo, la Iglesia está llamada a acercarse a las personas, caminar con ellas, escuchar sus preguntas, llevar consuelo a sus heridas y sostener sus esperanzas. Esa es la mejor imagen de una Iglesia en salida y sinodal: no una Iglesia que avanza delante de los demás, sino una Iglesia que sabe caminar a su lado.
Antonio Ramos