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Ceuta y Melilla: un polvorín por exceso de prudencia

España necesita mantener una relación estable con Marruecos, pero la buena vecindad no puede construirse desde el temor. Ceuta y Melilla exigen claridad, presencia y una política exterior firme.

Ceuta y Melilla son España(OpenAI ChatGPT)

Ceuta y Melilla: un polvorín por exceso de prudencia

La prudencia es una virtud cuando evita conflictos, pero deja de serlo cuando paraliza las decisiones de un Gobierno. Eso es lo que empieza a suceder con Ceuta y Melilla. Durante demasiado tiempo, la política española hacia ambas ciudades ha estado condicionada por el temor a incomodar a Marruecos. Cada palabra se pesa, cada movimiento se calcula y cada iniciativa parece someterse a una pregunta previa: ¿cómo reaccionará Rabat?

El problema no es que España deba ignorar a Marruecos. Todo lo contrario. La proximidad geográfica exige diálogo, inteligencia diplomática y capacidad para comprender los intereses del otro. Pero una cosa es actuar con cautela y otra muy distinta gobernar desde el temor. Cuando la reacción del país vecino termina condicionando lo que España considera legítimo hacer en defensa de sus propios intereses, la cautela deja de ser una virtud y empieza a convertirse en dependencia.

Nadie sensato pretende provocar una crisis con Marruecos. La cercanía entre ambos países hace imprescindible la cooperación en ámbitos como la inmigración, la seguridad, el comercio o la lucha contra las redes criminales. Pero una buena relación de vecindad no puede asentarse sobre la inseguridad propia ni sobre la renuncia silenciosa a defender aquello que corresponde al Estado. Un diálogo equilibrado exige que cada parte conozca qué está dispuesta a defender y cuáles son los límites que no pueden quedar permanentemente abiertos a negociación.

Ceuta y Melilla son españolas. Es una realidad política, jurídica y territorial que no debería estar sometida a equívocos ni ambigüedades. Sus ciudadanos tienen derecho a vivir con la certeza de que forman parte plenamente de España y de que cuentan con la misma protección que cualquier otro ciudadano. El Estado debe garantizar su seguridad y atender sus necesidades económicas y sociales. No basta con recordar su pertenencia a España cuando surge una crisis; es necesario demostrarla también mediante una política sostenida de inversión, protección y presencia.

Una diplomacia que solo intenta evitar problemas acaba perdiendo capacidad para anticiparlos. La verdadera sensatez no consiste en aplazar indefinidamente las decisiones difíciles, sino en saber cuándo conviene negociar, cuándo es necesario advertir y cuándo corresponde actuar. Si un Estado transmite de manera constante que prefiere no incomodar, puede terminar generando una percepción de vulnerabilidad que otros actores incorporen a sus propios cálculos.

España necesita, por tanto, una política hacia Ceuta y Melilla que combine diálogo y firmeza. Cooperar con Marruecos no significa aceptar que sus posibles reacciones determinen las decisiones españolas. La estabilidad en el Estrecho es un interés compartido, pero también lo es la seguridad de quienes viven en ambas ciudades. La buena vecindad no exige renunciar a la propia posición; exige defenderla con serenidad, claridad y responsabilidad.

Por eso, Ceuta y Melilla necesitan una política de Estado, no respuestas improvisadas ante cada crisis. Su situación debería formar parte de una estrategia nacional estable: mejores conexiones con la Península, impulso económico, seguridad fronteriza, presencia institucional y una diplomacia capaz de defender los intereses españoles sin recurrir a la provocación.

La firmeza, además, no necesita estridencia. Se puede hablar con Marruecos con respeto y, al mismo tiempo, establecer límites claros. Se puede cooperar en aquello que beneficia a ambos países sin convertir la cooperación en dependencia. Y se puede defender la soberanía española sin alimentar un clima de enfrentamiento.

Ceuta y Melilla no necesitan convertirse en un campo de batalla. Pero tampoco pueden permanecer indefinidamente en una zona gris de incertidumbre política. Cuando durante años se acumulan silencios, cautelas y respuestas provisionales, la frontera puede terminar convirtiéndose en un polvorín.

Todavía estamos a tiempo de evitarlo. La verdadera prudencia no consiste en tener miedo a actuar, sino en comprender que, algunas veces, no actuar también es una decisión.

Antonio Ramos

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