Un corazón para gobernar

“Dijo Dios: “Pídeme lo que quieras que te dé” (1 Re 3,5).

“Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal” (1 Re 3,9).

Un corazón para gobernar(OpenAI ChatGPT)
Un corazón para gobernar(OpenAI ChatGPT)

Un corazón para gobernar

Cuando Dios invita al rey Salomón a pedir lo que desee, el joven rey tiene ante sí todas las posibilidades. Puede pedir riqueza, poder, una larga vida, la victoria sobre sus enemigos o un reino fuerte y próspero. Habría sido lo más lógico. Después de todo, eso es lo que cualquier gobernante habría considerado imprescindible para asegurar el éxito de su reinado. Sin embargo, Salomón nos sorprende con una petición que rompe por completo esa lógica: no pide más poder, sino un corazón dócil y sabio para gobernar a su pueblo. Con esa elección demuestra que el verdadero gobierno no comienza en la fuerza, sino en la capacidad de discernir y de buscar el bienestar de quienes le han sido confiados. No solicita ventajas para sí mismo, sino la capacidad de servir mejor a su pueblo. Sabe que el mayor peligro de quien gobierna no es la escasez de poder, sino la falta de discernimiento. Porque el poder, cuando no está guiado por la sabiduría, termina volviéndose contra aquellos a quienes debería servir y proteger. Entonces el gobernante deja de buscar el bien común y acaba convertido en un déspota que utiliza su autoridad para su propio beneficio. ¿Les resulta familiar esta forma de ejercer el poder? Desgraciadamente, en demasiados lugares del mundo el poder sigue utilizándose para servir a intereses particulares y no al bien común.

La escena bíblica tiene una actualidad sorprendente. Vivimos en una época en la que la política parece reducirse, con demasiada frecuencia, a la conquista y conservación del poder. Se promete casi cualquier cosa con tal de ganar unas elecciones; se manipulan los hechos cuando contradicen el propio relato o ponen en riesgo el respaldo de los votantes; se convierte al adversario en un enemigo irreconciliable y el éxito político acaba midiéndose por la capacidad de mantenerse en el poder, más que por la honestidad, la justicia y el servicio prestado a los ciudadanos.

Evidentemente, no faltan gobernantes inteligentes; algunos ponen toda su inteligencia al servicio de un único objetivo: no abandonar nunca el cargo. Sin sabiduría, la inteligencia corre el riesgo de convertirse en un instrumento al servicio de cualquier propósito. La inteligencia permite diseñar estrategias, negociar alianzas y alcanzar objetivos; la sabiduría enseña a distinguir entre lo conveniente y lo justo. La primera encuentra el camino para llegar a una meta; la segunda se pregunta antes si esa meta merece realmente la pena. La inteligencia puede conquistar el poder; solo la sabiduría sabe ejercerlo con justicia, prudencia y sentido del deber.

En el lenguaje bíblico, el corazón no es el lugar de los sentimientos pasajeros, sino el centro de la persona, donde nacen las decisiones, la conciencia y la responsabilidad. Un corazón dócil no es un corazón débil, sino un corazón abierto a la verdad, capaz de escuchar, de corregirse y de reconocer que nadie posee toda la razón.

Nuestra vida pública necesita recuperar esa actitud. Necesita gobernantes que escuchen antes de hablar, que prefieran los acuerdos sinceros y justos al enfrentamiento, y que comprendan que la autoridad no nace de imponerse a cualquier precio o por cualquier medio, sino de ejercer el poder con honestidad y responsabilidad. Solo así puede ganarse la confianza de los ciudadanos, porque el buen gobierno se sostiene sobre la credibilidad de quienes lo ejercen y no sobre la arrogancia.

La firmeza, por otra parte, no está reñida con la humildad. Gobernar exige tomar decisiones, incluso cuando son difíciles o impopulares, pero nunca se debe confundir la autoridad con la prepotencia. Quien necesita imponerse constantemente acaba debilitando su propia autoridad; quien sabe escuchar, dialogar y actuar con rectitud, termina inspirando un respeto mucho más profundo y duradero.

Sería un error pensar que esta enseñanza afecta únicamente a quienes ocupan responsabilidades políticas. Todos ejercemos alguna forma de autoridad: en la familia, en la empresa, en la escuela o en cualquier otro ámbito de convivencia. También quienes tenemos alguna responsabilidad en la Iglesia deberíamos examinarnos seriamente sobre nuestra manera de escuchar, de decidir y de acompañar a las personas.

La autoridad evangélica no se legitima por el cargo que se ocupa ni por el poder que se ejerce, sino por la capacidad de servir, escuchar y discernir con los demás. Cuando falta la escucha, la autoridad corre el riesgo de convertirse en una mera imposición; cuando permanece abierta al diálogo y se vive como servicio, se convierte en un signo creíble del Evangelio.

Nuestro tiempo necesita menos obsesión por el poder y más pasión por el servicio. Necesita dirigentes que no consideren la mentira una herramienta política ni la descalificación un método de gobierno. Necesita personas con la suficiente grandeza para reconocer un error, rectificar una decisión y anteponer el interés general a sus propios intereses.

Tal vez la oración más urgente para nuestros políticos y gobernantes siga siendo la misma que elevó Salomón: “Da a tu siervo un corazón dócil”. Porque cuando al poder le falta la sabiduría, este termina degradándose. En cambio, cuando el corazón aprende a escuchar la verdad y a buscar la justicia, la autoridad recupera su auténtica dignidad. Solo quien sabe servir está verdaderamente preparado para gobernar.

Antonio Ramos Ayala

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