El corazón donde se revela el amor de Dios “Mirarán al que traspasaron”

El Corazón de Cristo no es una devoción más, sino el lugar donde se revela el amor de Dios. Mirar al traspasado es comprender la fe sin apartarse del dolor humano.

Corazón de Jesús-IA
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El corazón donde se revela el amor de Dios

“Mirarán al que traspasaron”

Junio no es un mes más en la vida de la Iglesia, porque si mayo ha estado marcado por la devoción a la Virgen, la tradición cristiana reconoce en junio un tiempo dedicado al Corazón de Cristo. Ambas realidades siguen vivas en España, pero no cumplen la misma función: María dispone el corazón, conduce hacia Cristo y abre al encuentro con Él; el Corazón de Jesús muestra hasta dónde llega el amor de Dios. No se limita a mirar el dolor humano, sino que lo asume y lo carga sobre sí. Por eso, hablar de su Corazón no es repetir una práctica heredada, sino entrar en el núcleo de la fe: el amor de Dios siempre abierto al hombre.

Todo parte de un hecho concreto: el Evangelio sitúa la mirada en el costado de Cristo, abierto en la cruz. La Iglesia ha reconocido desde el principio que ahí se revela cómo ama Dios. “Mirarán al que traspasaron” (cf. Jn 19,37) no es una invitación devota, sino una orientación precisa: mirar ahí para comprender quién es Dios y cómo actúa. Dios no observa la historia desde fuera, sino que en Jesucristo entra en ella, conoce el rechazo, la injusticia y la muerte.

Esta mirada corrige una imagen que aún persiste: la de un Dios distante, ajeno a lo que ocurre al hombre. El Corazón de Cristo deshace esa idea. No explica el sufrimiento desde fuera, sino que lo asume sin apartarse. Aquí aparece una de las preguntas más radicales del pensamiento del siglo XX, formulada por algunos filósofos ante el sufrimiento del inocente: (cf. La peste, Albert Camus) 1947) ¿Se puede amar o justificar un orden del mundo, o a Dios, cuando el inocente padece? Cuando ese sufrimiento irrumpe, las explicaciones resultan insuficientes. La fe cristiana no responde con un argumento, sino con una presencia. Dios no se ausenta del lecho del dolor humano: no observa desde fuera ni justifica lo que ocurre, sino que permanece junto al que sufre, cargando con ese dolor y sosteniéndolo desde dentro. No elimina la herida con una palabra, pero no deja solo a quien la padece. Su modo de actuar no consiste en evitar el sufrimiento, sino en atravesarlo con el hombre y abrir en él una posibilidad de vida que no se cierra en el absurdo.

La Escritura hablaba del “corazón” de Dios como lugar de su amor (cf. (Os 11,8; Mt 11,29), pero en Jesucristo esa expresión deja de ser solo una forma de hablar: ese amor toma cuerpo en una vida concreta. Dios ha querido amar con un corazón humano, no porque su amor sea como el nuestro, sino para que el nuestro pueda abrirse al suyo. Él no aprende a amar; somos nosotros quienes, mirándolo, descubrimos qué significa amar de verdad.

Con el paso del tiempo, esta certeza, que en Cristo se hace visible el amor de Dios, ha encontrado formas concretas de expresión. En el siglo XVII, la experiencia de Santa Margarita María de Alacoque ayudó a centrar la atención en el Corazón de Jesús como signo de ese amor que busca ser acogido (cf. Revelación del Sagrado Corazón, 1675). Ella recoge y expresa con claridad lo que ya está en el Evangelio y nos hace ver esa necesidad de Jesús de ser correspondido en su amor: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no escatimó en nada, llegando incluso a agotarse y consumirse para demostrarles su amor”.

El Corazón de Jesús se comprende desde la misericordia. No es una teoría, sino un camino: dejarse alcanzar por ese amor y vivir desde ahí. No se trata de una idea que se entiende desde fuera, sino de una experiencia que transforma por dentro y reordena la vida. Dios no se relaciona con el hombre desde la exigencia, sino desde una iniciativa que acoge y levanta. No comienza a amar cuando el hombre responde; ama primero. Y ese amor primero no anula la libertad, sino que la despierta, la sostiene y la orienta hacia una respuesta que no nace de la obligación, sino del reconocimiento. Solo quien se sabe así amado puede empezar a vivir de otra manera.

La conversión nace de ese encuentro con Dios No procede del miedo o la coacción sino de una misericordia que devuelve al hombre su dignidad sin reducirlo a su error. Dios no impone, sino que llama y abre un camino que puede ser acogido libremente. En la cruz esta lógica queda expuesta sin matices: el costado abierto de Cristo no es solo signo de sufrimiento, sino expresión de un amor que se entrega sin reservas.

La reflexión teológica ha insistido en que Dios no es indiferente, sino que se implica en el dolor humano; por ello, no se puede hablar de Cristo al margen de quienes sufren, porque en ellos se reconoce su presencia. No se trata de una idea añadida, sino de una consecuencia directa del Evangelio, donde el Señor se identifica con los más pequeños. “Tuve hambre y me disteis de comer… estuve enfermo y me visitasteis” (cf. Mt 25,35-36). Allí donde el dolor es acompañado y no ignorado, el rostro de Cristo deja de ser abstracto y se revela en toda su fuerza como misericordia de Dios.

Precisamente desde ahí se entiende la devoción al Corazón de Cristo en su verdad. No remite a un objeto de culto aislado, sino a su persona entera, presente también en quienes sufren. No consiste en cultivar un sentimiento, sino en dejar que su modo de amar configure la propia vida. El símbolo del corazón remite al centro de la persona, al lugar donde se juega lo esencial.

El Corazón de Cristo no es solo fuente de amor, es también morada para el hombre. No solo muestra cómo ama Dios, sino que abre un lugar donde el hombre puede vivir de otra manera. Permanecer en Él no es una imagen, sino una forma concreta de vida, y esa vida se traduce en algo muy preciso: responder al mal sin reproducirlo, sostener lo que se rompe y cuidar lo que está herido. Si Dios ha actuado así, la Iglesia no puede vivir de otro modo, sino como un gran corazón de misericordia en medio del mundo abierto a todos.

En un tiempo en el que todo pasa rápido y el sufrimiento ajeno se aparta con facilidad, contemplar al que ha sido traspasado no pertenece al pasado, sino que ofrece una forma de situarse en la realidad sin esquivarla. La cuestión es sencilla y exigente: si esa contemplación llega a cambiar la forma de vivir. Porque mirar al que ha sido traspasado no es un gesto más, sino el comienzo de una manera de estar en el mundo en la que ya no es posible pasar de largo ante el dolor de nadie.

Todo conduce así al Corazón de Jesús, no como una imagen distante, sino como el lugar donde Dios ha querido quedarse para siempre al lado del hombre: un corazón abierto que no se cierra ante el dolor, que no se cansa de amar y que sigue siendo hoy el espacio donde la vida puede volver a empezar.

Antonio Ramos

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