¿Qué corazón tengo?

A veces pensamos que el corazón se define por lo que sentimos, pero también por la manera en que miramos a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Una antigua enseñanza de Fray Luis de Granada nos propone tres actitudes que siguen siendo una buena medida de nuestra vida.

Que corazon tengo(OpenAI ChatGPT)
Que corazon tengo(OpenAI ChatGPT)

¿Qué corazón tengo?

Fray Luis de Granada dejó escrita hace casi cinco siglos una frase que conserva una sorprendente actualidad: “para con Dios corazón de hijo, para con el prójimo corazón de madre, y para consigo espíritu y corazón de juez”. (Guía de pecadores, libro II, cap. 14, Madrid, 1730, pp. 451-452). Tres actitudes que pueden revelar mucho de cómo entendemos la fe, cómo miramos a los demás y cómo afrontamos nuestra propia vida.

Primero, ante Dios, corazón de hijo.

No siempre nos acercamos a Dios desde la confianza. Podemos vivir preocupados por haber cumplido bien, por no haber fallado demasiado o por estar a la altura de lo que creemos que espera de nosotros, hasta convertir incluso la oración en una especie de examen permanente. Pero un hijo no necesita demostrar cada día que merece el amor de su padre. Puede equivocarse y seguir sabiendo que es hijo.

Esta confianza no significa que todo dé igual ni que la vida cristiana carezca de exigencia. Dios nos pide que cambiemos, que asumamos nuestros actos y que nos tomemos en serio el bien y el mal. La diferencia está en saber desde dónde hacemos ese camino. No intentamos hacer el bien para conseguir que Dios nos ame, sino que procuramos vivir de acuerdo con su voluntad porque hemos descubierto que ya somos amados. Desde ahí también resulta posible reconocer el pecado, pedir perdón y comenzar de nuevo.

Segundo, ante el prójimo, corazón de madre.

La imagen resulta especialmente sugerente porque una madre conoce bien las debilidades de quien ama, puede sufrir por sus decisiones y corregirlo cuando es necesario, pero no permite que una equivocación termine definiendo plenamente lo que es su hijo. Puede decir “esto que has hecho está mal” sin convertirlo en “tú eres esto”.

Nosotros no siempre conseguimos mantener esa diferencia. Una palabra que nos ha dolido, una decisión que no hemos comprendido o una decepción pueden pesar más que muchos años de relación. Entonces aparecen las etiquetas: “es egoísta, orgulloso, siempre hace lo mismo”. Lo que empezó siendo un juicio sobre un comportamiento termina convirtiéndose en un juicio sobre la persona, y a partir de ahí todo lo que haga parece confirmar aquello que ya hemos decidido pensar de ella.

Con quienes tenemos más cerca esto puede resultar todavía más fácil. La familiaridad nos hace creer que conocemos sus intenciones, sus reacciones y hasta las razones por las que actúan de una determinada manera. Dejamos de preguntar, de escuchar y de conceder la posibilidad de que haya algo que no sabemos. A veces seguimos tratando a alguien como era hace diez años porque nunca nos hemos detenido a descubrir quién es hoy.

Ahí cobra todo su sentido el corazón de madre. No consiste en justificarlo todo ni en llamar bueno a lo que está mal. Hay decisiones que deben ser corregidas, daños que necesitan reparación y situaciones en las que poner límites es una obligación. La misericordia consiste en algo más difícil: corregir sin humillar y mantener abierta la posibilidad de que el otro pueda cambiar.

Tercero, para nosotros mismos, espíritu y corazón de juez.

La tercera indicación de Fray Luis mira hacia nosotros mismos. Cuando somos nosotros quienes fallamos, aparecen enseguida las circunstancias que explican lo ocurrido: el cansancio, las preocupaciones, lo que hicieron los demás, el momento que estábamos atravesando o las buenas intenciones que teníamos. Muchas veces esas razones son reales, pero ninguna de ellas debería servirnos para escapar de la verdad sobre nuestros actos.

Un buen juez escucha antes de decidir y procura comprender las circunstancias, pero no deja de valorar los hechos. Algo parecido necesitamos hacer con nuestra propia vida. No para castigarnos ni para vivir pendientes de nuestras culpas, sino para poder decir con sinceridad cuándo hemos actuado mal y asumir las consecuencias que nos correspondan.

Hay una libertad especial en poder decir “me equivoqué” sin buscar inmediatamente una explicación que nos deje a salvo. Quien acepta su responsabilidad puede pedir perdón, reparar el daño y aprender de lo sucedido. En cambio, quien encuentra siempre una razón para quedar disculpado termina perdiendo una de las posibilidades más necesarias para crecer: la capacidad de dejarse corregir por la propia verdad.

Quizá por eso la frase de Fray Luis de Granada conserva tanta fuerza. No nos pide utilizar la misma medida con todos, sino aprender qué necesita cada relación. Ante Dios, confianza; ante el prójimo, misericordia; ante nosotros mismos, verdad.

Lo difícil comienza cuando estas actitudes tienen que pasar de las palabras a la vida. Es fácil confiar en Dios cuando todo va bien, comprender a quien queremos cuando no nos ha decepcionado y ser indulgentes con nosotros mismos cuando encontramos una explicación para lo que hemos hecho. La verdadera medida aparece cuando alguien nos hiere, cuando la vida no responde como esperábamos o cuando somos nosotros quienes tenemos que aceptar que hemos causado dolor.

Entonces ya no basta con saber qué recomendaba Fray Luis de Granada. Tenemos que preguntarnos qué hacemos realmente con aquello que nos ha tocado vivir. Habremos de preguntarnos: ¿Qué corazón tengo?

Antonio Ramos

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