Hazte socio/a
Última hora
Reabre el Santo Sepulcro

Escuchar en un mundo que no calla

Hablamos mucho, pero escuchamos poco. Y en ese ruido constante se nos está escapando algo básico: la capacidad de encontrarnos de verdad.

Silencio ante el ruido

Escuchar en un mundo que no calla

Hay una paradoja evidente en nuestro tiempo: nunca hemos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, cada vez nos cuesta más encontrarnos de verdad. Hablamos mucho, opinamos de todo, reaccionamos rápido. Pero escuchamos poco. Y cuando lo hacemos, muchas veces no es para acoger lo que el otro dice, sino para preparar nuestra respuesta.

Hemos ensalzado el hablar hasta convertirlo casi en una cualidad decisiva. Se valora al que domina la palabra, al que convence, al que se impone. En cambio, quien escucha queda en segundo plano, como si su papel fuera menor. Pero no es así. Escuchar bien es una de las formas más exigentes, y más humanas, de la inteligencia y del amor.

Conviene empezar por una distinción sencilla: no es lo mismo oír que escuchar. Oír es un acto biológico; escuchar implica atención, intención y apertura. Supone detenerse, salir de uno mismo y dejar espacio al otro. Mientras oír puede ser involuntario, escuchar siempre es una decisión. Y esa decisión hoy cuesta. Vivimos rodeados de ruido, por fuera y por dentro. Mensajes, notificaciones, opiniones constantes. Todo empuja a reaccionar rápido. La escucha, en cambio, exige lo contrario: silencio, tiempo, paciencia.

Pero no es solo cuestión de ruido. Hay algo más incómodo: el orgullo. Escuchar implica aceptar que el otro puede decir algo que yo no sé, o que no quiero oír. Por eso muchas veces no escuchamos. Esperamos nuestro turno para decir lo nuestro sin haber comprendido lo del otro. Queremos tener razón antes que comprender. Mientras habla, ya estamos preparando la respuesta, filtrando lo que oímos según lo que pensamos. Así no hay encuentro. Solo dos monólogos que se cruzan.

Esto se ve en cosas muy concretas. Una mesa: alguien empieza a contar algo que le importa de verdad… y no termina. No porque le falten palabras, sino porque otro ya ha intervenido: corrige, opina, desvía. Todo sigue, pero algo se ha roto. Nadie lo dice, pero se nota: no ha habido escucha.

También en lo público ocurre lo mismo. El debate se convierte en cruce de frases rápidas. No se busca entender, sino imponerse. Se responde antes de comprender. Se etiqueta antes de escuchar. Y así, poco a poco, desaparece el encuentro.

Desde la fe, esto no es un detalle menor. El primer mandamiento comienza así: “Escucha, Israel” (Dt 6,4). No dice “habla”. La relación con Dios empieza por acoger.

Y lo mismo sucede con los demás. Jesús no solo hablaba; se detenía, miraba, dejaba espacio. Hay una forma de escuchar que pasa por el cuerpo: por la mirada, por la postura, por una presencia que no se dispersa. A veces, sin decir nada, ya se está diciendo mucho.

Aquí está el punto clave: no se puede escuchar de verdad sin cierto dominio interior. No basta con callar por fuera si por dentro seguimos respondiendo, juzgando o impacientándonos. Escuchar exige silenciar las propias prisas, la necesidad de imponerse, el impulso de corregir al momento.

Quien lo ha intentado lo sabe. Hay que contenerse, dejar terminar al otro, no apropiarse de la conversación. Ese pequeño esfuerzo no es pasividad; es respeto. Es reconocer que el otro merece tiempo.

Escuchar es, en el fondo, hacer espacio. Y ese espacio también se percibe en lo visible: en una mirada que no se escapa, en un gesto que no interrumpe, en una atención que no se divide. La comunicación no verbal dice más de lo que pensamos. Un móvil que se consulta, una respuesta automática o una mirada ausente cierran la conversación; en cambio, una presencia sencilla y atenta la abre.

En ese clima aparece algo que casi hemos olvidado: el silencio. No como ausencia, sino como forma de estar. Es ese momento en el que alguien termina de hablar y no hace falta llenar el aire. Un silencio que no incomoda, porque acoge; que no corta, porque sostiene.

Hay silencios que son distancia, pero hay silencios que hablan, que dicen: “puedes seguir”, “no tengo prisa”, “esto importa”. Son raros, y por eso se notan.

Desde la fe, este aprendizaje se hace más hondo. Escuchar a Dios no es decir más, sino disponerse, como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10). No se adelanta ni interpreta por su cuenta, sino que se pone delante y espera. Y eso cuesta, porque también en la oración hay ruido, distracciones y prisa; pero cuando uno persevera, el silencio deja de ser incómodo y se convierte en lugar de encuentro.

La falta de escucha empobrece todo: las relaciones se vuelven superficiales, el pensamiento se encierra y la vida interior se apaga. Por eso, recuperar la escucha no es algo secundario, y empieza en lo concreto: no interrumpir, sostener la mirada, hacer una pregunta sincera, dejar tiempo; gestos pequeños, pero decisivos.

Esto pasa cuando alguien se sienta delante y empieza a hablar, con cuidado, midiendo lo que dice, como quien no está seguro de poder hacerlo; y de pronto, al ver que no se le interrumpe, que no se le corrige, que nadie mira el reloj, algo cambia, baja la guardia y dice más, dice lo que de verdad le pesa. Entonces ocurre algo sencillo y poco frecuente: esa persona se siente acogida, no porque le hayan dado una solución, sino porque, por un momento, alguien ha tenido la paciencia de escucharla hasta el final. Como recordaba Viktor Frankl, el ser humano no necesita solo soluciones, sino ser comprendido en lo que vive. Muchas veces, el primer paso para recuperar el sentido no es una respuesta, sino una escucha verdadera que permita a la persona reencontrarse consigo misma. Y eso, aunque parezca poco, puede cambiar un día. A veces, incluso, una vida. Porque cuando alguien se siente de verdad escuchado, algo se recoloca por dentro. No se arregla todo, pero deja de estar solo ante lo que le pasa.

P. Antonio Ramos Ayala

También te puede interesar

Lo último