La fuerza de la ternura

En una sociedad acostumbrada al enfrentamiento, tratar al otro con delicadeza puede ser una de las formas más exigentes de fortaleza.

La fuerza de la ternura(OpenAI ChatGPT)
La fuerza de la ternura(OpenAI ChatGPT)

Por favor, no le grites a nadie. No es necesario para que nuestras palabras sean tomadas en serio. El volumen de la voz nunca ha sido la medida de la razón que nos acompaña. Sin embargo, vivimos en un tiempo en el que parece que solo podemos hacernos oír si nos imponemos. Lo vemos en las redes sociales, en la discusión política, en determinados programas de televisión y también en las conversaciones cotidianas. Cada vez nos cuesta más escuchar hasta el final y tratar de comprender lo que el otro quiere decir. Hemos confundido demasiadas veces la contundencia con la agresividad, cuando se puede hablar con firmeza sin herir a quien tenemos delante.

Hablar con serenidad tampoco significa callar lo que debe decirse. Hay situaciones que exigen denunciar una injusticia, manifestar una discrepancia o establecer un límite. Un “no” puede ser claro y rotundo sin resultar ofensivo, y exigir responsabilidades no obliga a humillar. A veces habrá que decir cosas incómodas y escuchar otras que no nos gusten. Forma parte de cualquier relación sincera. Lo importante es no convertir cada diferencia en una batalla en la que alguien tenga que quedar derrotado.

Esto resulta especialmente importante en la educación. Durante demasiado tiempo se creyó que educar consistía en conseguir obediencia mediante la dureza, como si corregir exigiera imponerse. El miedo puede lograr que alguien deje de hacer algo, pero no necesariamente que comprenda por qué estaba mal. Educar exige más paciencia: explicar, enmendar, mantener los límites y ayudar a asumir las consecuencias de los propios actos. Padres, profesores y educadores tienen autoridad, pero esa autoridad encuentra su sentido cuando ayuda a una persona a crecer y a tomar decisiones por sí misma.

No, no hace falta gritar ni recurrir a la violencia física para herir a alguien. Hay heridas que se ven y otras que pasan inadvertidas porque no dejan señales en la piel. Una descalificación repetida, una burla que ridiculiza, una comparación que hace sentir inferior o un silencio utilizado como castigo pueden permanecer durante años en la memoria. También la indiferencia termina por erosionar a quienes la sufren. Cuando dejamos de preguntar cómo está quien tenemos cerca, apenas prestamos atención a lo que nos cuenta o damos por supuesto que siempre estará ahí, la distancia va creciendo. Hay vínculos que no se rompen de golpe; sencillamente, un día descubrimos que llevaban mucho tiempo apagándose.

Por eso importa cuidar nuestras relaciones cada día. Ese cuidado se concreta en cosas sencillas: escuchar de verdad, reconocer que nos hemos equivocado, dar las gracias, interesarnos por las preocupaciones de los demás o permanecer a su lado cuando atraviesan un momento difícil. Son gestos que pueden parecer pequeños, pero buena parte de nuestras relaciones se sostienen precisamente en ellos. No siempre podemos solucionar los problemas de quienes queremos, ni siquiera sabemos muchas veces cómo hacerlo, pero podemos evitar que tengan que afrontarlos sintiéndose solos.

El Evangelio ilumina también esta manera de tratar a los demás. Jesús tuvo autoridad sin necesidad de imponerse. Sus palabras fueron exigentes y, en ocasiones, incómodas, pero nunca hizo de la debilidad del otro una ocasión para sentirse superior. Se acercó al enfermo, devolvió un lugar a quienes habían quedado al margen y ofreció al pecador la posibilidad de comenzar de nuevo. No confundió misericordia con indiferencia ante el mal. Precisamente porque tomaba en serio a cada persona, podía decir la verdad sin negarle su dignidad.

Necesitamos recuperar algo de esa manera de relacionarnos. En la familia, en la escuela, en la Iglesia y en la vida social hay demasiadas discusiones que terminan dejando más distancia que soluciones. Los conflictos existirán siempre. Pensar de manera diferente tampoco es un problema. Lo verdaderamente preocupante comienza cuando dejamos de ver al otro y solo vemos a alguien a quien debemos vencer, desacreditar o hacer callar.

Ahí es donde la ternura muestra su fuerza. No tiene mucho que ver con el sentimentalismo ni con decir a todos lo que quieren escuchar. Tiene que ver con reconocer que quien tenemos delante conserva su dignidad también cuando se equivoca, cuando piensa de otra manera o cuando nos resulta difícil entenderlo. Esto requiere paciencia, dominio de uno mismo y la capacidad de no reducir a nadie al error que haya podido cometer.

Tal vez olvidemos muchas de las palabras que nos dijeron a lo largo de los años, pero difícilmente olvidamos a quien supo tratarnos bien cuando más lo necesitábamos. A veces fue alguien que escuchó sin prisas, que permaneció a nuestro lado cuando las cosas se complicaron o que encontró la palabra adecuada cuando nosotros no sabíamos siquiera qué decir. Esas muestras de cercanía quedan en la memoria porque, aunque no solucionen nuestros problemas, hacen más llevadero el momento que estamos atravesando.

Felices quienes saben tratar así, con ternura, a los demás. Quienes saben corregir sin hacer daño, discrepar sin despreciar y estar cerca respetando la libertad del otro. Quizá no podamos cambiar el mundo con grandes gestos, pero sí podemos conseguir algo bastante concreto: que quienes se encuentren con nosotros que quienes se encuentren con nosotros se marchen un poco mejor de lo que llegaron.

Antonio Ramos Ayala

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