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Antes de hablar, pasar por las tres cribas

Hablamos demasiado deprisa y pensamos demasiado poco en las consecuencias. Antes de poner una palabra en circulación, conviene pasarla por tres cribas: verdad, bondad y necesidad.

Las tres cribas(OpenAI ChatGPT)
Las tres cribas(OpenAI ChatGPT)

Antes de hablar, pasar por las tres cribas

Circula desde hace tiempo una conocida anécdota atribuida a Sócrates. Cuenta que un hombre se acercó un día al filósofo para contarle algo que había oído sobre una persona conocida. Antes de escucharlo, Sócrates le preguntó si aquello que iba a contar había pasado por las tres cribas. La primera era la verdad: ¿Estás seguro de que lo que vas a decir es cierto? El hombre reconoció que no lo sabía. La segunda era la bondad: ¿Lo que vas a contar es algo bueno sobre esa persona? Tampoco, más bien lo contrario. Y quedaba una tercera, la necesidad: ¿Es necesario que yo sepa eso?. El hombre comprendió que tampoco. Entonces Sócrates decidió simplemente no escucharlo. Si no sabemos si algo es verdad, no es bueno y tampoco es necesario, ¿para qué contarlo?

La historieta, aunque no podamos atribuirla con rigor al Sócrates histórico, encierra una enseñanza que conserva toda su fuerza: antes de poner una palabra en circulación conviene preguntarnos si es verdadera, si es buena y si es necesaria. La pregunta resulta especialmente importante en nuestro tiempo, porque nunca habíamos tenido tantas posibilidades de hacer que nuestras palabras lleguen tan lejos. Vivimos rodeados de palabras y tenemos más medios que nunca para compartirlas. Una conversación puede convertirse en un mensaje, un comentario puede terminar en un grupo y una sospecha puede recorrer muchas personas en cuestión de minutos. Lo preocupante no es solo que podamos equivocarnos, sino que muchas veces hablamos sin detenernos a pensar en las consecuencias de aquello que estamos poniendo en circulación.

Las palabras, una vez pronunciadas, ya no las podemos recoger. Pueden quedar en la memoria de quien las escucha, cambiar la imagen que alguien tiene de otra persona o alimentar una sospecha que después resulta muy difícil deshacer. A veces contamos algo simplemente porque nos parece interesante, porque queremos compartir una novedad o porque sentimos que tenemos derecho a decirlo todo. Sin embargo, que algo haya llegado hasta nosotros no significa que tengamos que hacerlo llegar más lejos.

Por eso las tres cribas de Sócrates pueden convertirse en una pequeña regla para nuestra vida cotidiana. Antes de hablar de alguien, podríamos preguntarnos si lo que vamos a decir es verdad, si es bueno y si realmente es necesario. Detenernos unos segundos antes de hablar puede evitar muchas críticas, juicios y malentendidos.

La primera criba, la de la verdad, quizá sea hoy más necesaria que nunca. Estamos acostumbrados a recibir información constantemente y a reaccionar con rapidez, pero escuchar algo no equivale a conocer la realidad. Una historia puede estar incompleta, una versión puede ser interesada y una impresión personal puede acabar presentándose como un hecho. Por eso conviene recordar algo tan sencillo como importante: no todo lo que parece es necesariamente como creemos que es.

La segunda criba nos pregunta por la bondad de nuestras palabras. Porque incluso cuando algo es verdad, podemos utilizar esa verdad para hacer daño. Hay una diferencia entre hablar de alguien para ayudar a comprender una situación y hacerlo para desacreditarlo, ridiculizarlo o ponerlo en evidencia. No todo lo verdadero construye, y no toda sinceridad es necesariamente buena. Antes de contar un defecto, una equivocación o una debilidad ajena, conviene preguntarnos desde dónde hablamos: si buscamos ayudar, proteger o corregir, o si simplemente estamos dando salida a nuestro enfado, a nuestra curiosidad o al deseo de hablar de otro. La bondad no nos pide ocultar la verdad, sino tratarla con respeto y recordar que detrás de aquello que contamos hay siempre una persona.

Esa prudencia también debería acompañar nuestros juicios. Detrás de una conducta que no entendemos puede existir una historia que desconocemos; detrás de una reacción que nos parece exagerada puede haber un dolor que no vemos. Juzgar deprisa nos ahorra el esfuerzo de comprender, pero también puede llevarnos a cometer injusticias. A veces necesitamos menos rapidez para opinar y un poco más de humildad para reconocer que no conocemos toda la historia.

La tercera criba nos lleva todavía más lejos. No todo lo que sabemos es necesario contarlo, ni todo lo que podemos decir merece ser dicho. Hay verdades que no necesitan convertirse en conversación, especialmente cuando solo sirven para alimentar la curiosidad, aumentar una preocupación o dañar la imagen de alguien. Antes de hablar conviene preguntarnos qué aporta realmente aquello que vamos a decir y si alguien se beneficiará de escucharlo. A veces callar no significa ocultar la verdad ni tener miedo a ella, sino comprender que también tenemos responsabilidad sobre las consecuencias de nuestras palabras. El silencio, cuando nace del respeto y del cuidado, puede ser una forma de proteger al otro.

Hoy, en nuestras relaciones, merece la pena recuperar el valor de una palabra que parece sencilla, pero que necesitamos mucho: prudencia. No se trata de hablar menos por miedo, sino de aprender a hablar mejor. La prudencia no nos hace menos sinceros; nos ayuda a que nuestra sinceridad no se convierta en una herida.

Quizá no estaría de más recuperar aquellas tres preguntas antes de abrir la boca: ¿es verdad?, ¿es bueno?, ¿es necesario? Si alguna vez no podemos responderlas con claridad, quizá merezca la pena guardar silencio. No siempre necesitamos tener la última palabra. A veces, cuidar al otro comienza precisamente por saber cuándo no hablar.

Antonio Ramos

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