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En la Iglesia el ministerio nació para servir

Cuando el ministerio se convierte en poder, deja de parecerse al de Jesucristo. Solo el servicio hace creíble la autoridad en la Iglesia.

Vino a servir (OpenAI ChatGPT)

En la Iglesia el ministerio nació para servir

El ministerio eclesial en todos sus grados no nació para otorgar privilegios, sino para hacer visible el modo de servir y amar de Jesucristo.

La autoridad en la Iglesia no debe tener su origen en el deseo de ocupar un lugar destacado, sino en la llamada a servir hasta el extremo. Por eso, cada vez que el ministerio se entiende como una posición de superioridad o un espacio de poder, deja de transparentar el Evangelio y comienza a deformarlo.

Jesús habló con toda claridad; su postura al respecto fue inequívoca. Mientras los discípulos discutían quién era el más importante, Él les respondió que los jefes de las naciones dominan sobre sus pueblos, pero entre los suyos no debía ser así. El mayor debía hacerse último, el servidor de todos. No era un consejo de humildad, sino una manera completamente nueva de comprender la autoridad en el discipulado.

En la Iglesia, el clericalismo aparece precisamente cuando se olvida esta gran verdad. Este no depende únicamente del cargo que una persona ocupe, sino de una mentalidad que identifica el ministerio con el privilegio, exige reconocimientos, reclama un trato especial o utiliza la autoridad para imponerse en lugar de acompañar a los demás. Puede manifestarse en pequeños gestos cotidianos o en formas graves de abuso de poder, pero siempre tiene la misma raíz: colocar al ministro por encima de la misión que ha recibido. Los ministros del Señor no estamos exentos del pecado de la soberbia. El lugar que cada uno ocupa en la Iglesia puede convertirse, precisamente por eso, en una tentación.

Esta actitud, tan contraria a Jesucristo, el Buen Pastor, termina dañando a toda la comunidad cristiana. Las personas dejan de sentirse miembros valorados de la comunidad para convertirse en simples destinatarios de órdenes. La confianza se debilita, la corresponsabilidad desaparece y la Iglesia corre el riesgo de parecer una institución preocupada por conservar privilegios antes que una familia reunida en torno a Cristo.

Por otra parte, sería profundamente injusto identificar a la mayoría de los ministros de la Iglesia con esas deformaciones. La inmensa mayoría de los sacerdotes, diáconos, obispos y el propio Papa viven cada día con más sencillez, cercanía y una entrega silenciosa que pocas veces ocupa titulares. Son pastores que celebran los sacramentos, visitan enfermos, acompañan a las familias, escuchan durante horas, consuelan, enseñan y sostienen comunidades enteras sin buscar reconocimiento alguno. Gracias a ellos, la Iglesia sigue mostrando el rostro del Buen Pastor.

Por respeto a esos buenos pastores, resulta necesario denunciar toda forma de clericalismo. Porque corregir aquello que contradice el Evangelio no significa atacar el ministerio, sino defender su auténtica grandeza.

Todo ministro ordenado debería preguntarse con frecuencia si las personas perciben en él a Jesucristo o simplemente a alguien que ocupa un cargo. La autoridad evangélica no se impone; convence por la coherencia. No exige honores; inspira confianza. No busca ser servida; encuentra su alegría en servir.

Uno de los testimonios más bellos de la Iglesia de hoy es ver a sus ministros recordando en cada acción que fueron ordenados para lavar los pies de sus hermanos y no para ocupar un pedestal. Solo un ministerio vivido desde la humildad, la cercanía y la entrega puede anunciar con credibilidad a Aquel que "no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por muchos" (Mc 10,45). Cuando el ministerio conserva esa verdad fundamental en el corazón, deja de ser un motivo de prestigio para convertirse, sencillamente, en un bálsamo que unge el corazón del mundo con la verdad, la justicia, la ternura y el amor de Cristo.

Antonio Ramos

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