La libertad de no depender de las cosas
Acumulamos objetos buscando seguridad, pero la verdadera libertad no nace de tener más, sino de no convertir las cosas en el centro de la vida.
La libertad de no depender de las cosas
Vivimos rodeados de objetos. Compramos, guardamos, acumulamos y, con frecuencia, olvidamos incluso lo que ya tenemos. Hay casas llenas de cosas que apenas se utilizan, armarios repletos de ropa que lleva años sin salir de una percha y cajones donde descansan aparatos destinados probablemente a no volver a encenderse. Muchas veces no conservamos lo necesario, sino aquello que adquirimos “por si acaso”, porque estaba de oferta o simplemente porque nos apetecía tenerlo. Sin advertirlo, acabamos identificando el bienestar con la cantidad de cosas que poseemos, y la seguridad con la posibilidad de seguir acumulando.
Frente a esa manera de entender la vida, el Evangelio propone una libertad distinta: la pobreza evangélica. Esta no consiste, como algunos piensan equivocadamente, en no tener nada. No es una exaltación de la miseria ni un desprecio de los bienes materiales. La Iglesia nunca ha presentado la pobreza como un fin en sí mismo. Nos invita a recibir los bienes con gratitud, a administrarlos con responsabilidad y a no permitir que ocupen el lugar que solo corresponde a Dios.
Jesús nunca condenó las riquezas en sí mismas. Lo que denunció fue la esclavitud que pueden provocar cuando terminan ocupando el primer lugar en la vida. Por eso advirtió: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). El problema no son los bienes, sino el poder que llegan a ejercer sobre quien deposita en ellos su confianza. Como recuerda el Evangelio: “La vida de uno no depende de la abundancia de los bienes que posee” (Lc 12,15).
Cuando el dinero dicta nuestras decisiones, las posesiones determinan nuestro valor o la tranquilidad depende de lo que tenemos guardado, la libertad interior empieza a resquebrajarse.
Esa dependencia de las cosas no siempre adopta la forma de una gran fortuna. También se esconde en gestos aparentemente insignificantes. Hay quien necesita comprar para aliviar un vacío, quien es incapaz de desprenderse de algo que jamás volverá a utilizar o quien vive preocupado por conservar cada objeto como si en ello le fuera la vida. El apego tiene muchos rostros, pero todos acaban robándonos libertad.
La libertad que propone el Evangelio no consiste en renunciar a los bienes, sino en poder usarlos sin quedar atrapados por ellos. Quien vive desprendido sabe disfrutar de lo que tiene, pero también sabe prescindir de ello cuando es necesario. Esa sobriedad hace el corazón más disponible para Dios y más atento a las necesidades de los demás.
Compartir deja entonces de percibirse como una pérdida para convertirse en una forma de agradecer lo recibido. Descubrimos que las personas valen infinitamente más que los objetos y que la generosidad produce una alegría que ninguna compra puede proporcionar.
Quizá uno de los rasgos más visibles de nuestra cultura sea la dificultad para desprendernos de lo superfluo. Nos cuesta regalar, donar, reciclar o simplemente dejar marchar aquello que ya no necesitamos. Mientras tanto, muchos carecen de lo imprescindible. Todo lo que recibimos es un don, y los bienes alcanzan su verdadero sentido cuando también alivian la necesidad del prójimo.
Conviene preguntarnos de vez en cuando no solo qué poseemos, sino también qué lugar ocupan esas cosas en nuestra vida. La respuesta puede incomodarnos, pero también abrir un camino de libertad. Tal vez descubramos que cargamos con demasiados objetos, demasiadas preocupaciones y demasiados miedos. Aligerar la vida no significa vivir peor; muchas veces significa vivir mejor.
La riqueza de una persona nunca se mide por lo que acumula, sino por la libertad con la que ama, comparte y confía. Quien aprende a vivir así descubre un bien que no pierde valor, que ninguna crisis puede devaluar y que nadie puede arrebatarle: un corazón verdaderamente libre porque ha encontrado en Dios su mayor riqueza.
Antonio Ramos Ayala