Miedo a un Dios que se despoja del poder
Acostumbrados a identificar la grandeza con la fuerza, seguimos encontrando difícil aceptar a un Dios que renuncia a imponerse y elige el camino del servicio. Sin embargo, en esa aparente debilidad se esconde el corazón mismo del Evangelio.
Miedo a un Dios que se despoja del poder
Hay una de las afirmaciones más sorprendentes del cristianismo que, quizá sin darnos cuenta, seguimos encontrando difícil de aceptar. San Pablo escribe en la carta a los Filipenses que Cristo, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo” (Flp 2, 6-7). La tradición cristiana ha llamado kenosis a este misterio de abajamiento voluntario por el que Dios se acerca al hombre sin imponerse.
A muchos creyentes les resulta más sencillo aceptar a un Dios revestido de majestad que a un Dios que nace en la pobreza, comparte la vida de los sencillos y termina condenado en una cruz. Nos sentimos cómodos ante la imagen de la fuerza; nos desconcierta la humildad. Esperamos intervenciones espectaculares de lo divino y, en cambio, el Evangelio nos presenta a un Dios que actúa desde la cercanía, la paciencia y la entrega.
Todo el Nuevo Testamento está marcado por esta sorprendente realidad. Jesús no reúne ejércitos ni conquista territorios. Recorre caminos polvorientos, toca a los enfermos, se sienta a la mesa con los pecadores y escucha a quienes nadie escucha. Cuando llega la hora decisiva, rechaza la violencia y acepta recorrer el camino del sufrimiento. A los ojos del mundo parece una derrota. A la luz de la fe, es la manifestación más profunda del amor y la grandeza de Dios.
En Jesucristo, Dios no demuestra quién es imponiéndose sobre los hombres, sino compartiendo hasta el final su condición. No permanece a distancia del sufrimiento, del rechazo o de la muerte, sino que entra en ellos para abrir un camino de esperanza. La cruz no oculta a Dios, lo revela. Allí se manifiesta un amor que no retrocede ante el dolor ni abandona al ser humano en su hora más oscura. Lo que parece derrota se convierte en fuente de vida, y lo que parece fragilidad deja entrever una profundidad que ninguna forma de dominio podría alcanzar.
Aquí tropezamos con una de las mayores dificultades del ser humano. Nos cuesta creer que la verdadera grandeza pueda expresarse en forma de servicio. Hemos aprendido a admirar a quienes dominan, triunfan o se imponen. Por eso un Dios que renuncia a utilizar su poder para imponerse rompe nuestros esquemas más arraigados.
Como señaló Joseph Ratzinger, Dios no conquista al hombre mediante la fuerza ni la imposición. Su poder es el poder del amor, que respeta la libertad humana hasta el extremo de permitir incluso el rechazo de su propia gracia. No fuerza la adhesión de nadie, no invade la conciencia ni obliga a creer. Llama, propone y espera una respuesta libre. Su relación con la criatura nace del amor, no de la imposición.
Quizá muchas personas no rechazan a Dios por ser demasiado poderoso, sino porque un Dios que se hace vulnerable cuestiona la forma en que hemos construido nuestra propia existencia. Hemos organizado con frecuencia nuestra vida alrededor del prestigio, la influencia o el deseo de ocupar el primer lugar. Pero el Evangelio sitúa la plenitud en otro lugar. El Maestro que se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos nos obliga a reconsiderar dónde reside la verdadera dignidad humana.
Hans Urs von Balthasar vio en la cruz la manifestación definitiva del amor divino: allí Dios no se impone por la fuerza, sino que se entrega hasta el extremo por la salvación del hombre. No se trata simplemente de un episodio doloroso ni de una prueba de resistencia moral. En el Crucificado contemplamos un amor que no se reserva nada para sí. Allí donde muchos sólo perciben fracaso, la fe descubre una entrega total que abre un horizonte nuevo para toda la humanidad.
La gran novedad introducida por el cristianismo consiste precisamente en haber transformado el significado mismo del poder. Antes de Cristo, el poder se asociaba sobre todo a la capacidad de dominar. Desde Cristo, la medida de la grandeza se encuentra en la capacidad de darse. La cruz no sólo cambia la historia de la salvación; cambia también nuestra comprensión de Dios, de la autoridad y de la vocación humana. Quien vive para sí termina empobreciéndose; quien aprende a entregarse encuentra una fecundidad inesperada.
Esta lógica alcanza también a la propia Iglesia. Cuando pierde de vista el Evangelio corre el riesgo de buscar relevancia donde debería ofrecer testimonio, protagonismo donde debería ofrecer cercanía o reconocimiento donde debería ofrecer misericordia. La autoridad cristiana no tiene su modelo en los centros de poder de este mundo, sino en Cristo que lava los pies de los suyos. Toda misión eclesial, desde el ministerio del Papa hasta el servicio más discreto en una comunidad parroquial, encuentra su autenticidad en la entrega generosa a los demás. La credibilidad de la Iglesia nace sobre todo de la santidad, de la coherencia y de la caridad vivida.
Por eso sigue resultando tan desconcertante el Dios de Jesucristo. No responde a las imágenes que el ser humano suele fabricar. Los nuevos ídolos buscan someter; Dios busca salvar. Los ídolos reclaman obediencia ciega; Dios llama a una amistad libre. Los ídolos exigen sacrificios para engrandecerse; Dios se ofrece Él mismo para rescatar al hombre.
Tal vez ahí se encuentre el origen de muchos de nuestros temores. Un Dios que se despoja del poder visible desmonta nuestras seguridades y cuestiona las categorías con las que solemos medir el éxito. Pero precisamente por eso constituye una esperanza inmensa. No tenemos que protegernos de Él. No viene a reducir nuestra libertad ni a ocupar nuestro lugar. Viene a levantarnos, a acompañarnos y a mostrarnos un camino plenamente humano.
La cruz revela que el amor llega más lejos que cualquier forma de dominio. Y la resurrección confirma que ese amor, aparentemente vencido, es en realidad la fuerza que sostiene el mundo y conduce la historia hacia su plenitud.
Antonio Ramos