Que nadie gobierne tu ánimo
No siempre podemos controlar lo que otros hacen o dicen, pero sí podemos decidir cuánto poder tendrán sobre nosotros. La verdadera libertad comienza cuando dejamos de entregar nuestro ánimo a los demás.
Que nadie gobierne tu ánimo
Todos hemos vivido alguna vez esa situación en la que una conversación aparentemente sin importancia termina ocupando buena parte del día. Alguien hace un comentario que nos duele, responde de una manera que consideramos injusta o tiene un gesto que nos irrita. Seguimos con nuestras tareas, pero por dentro continuamos dando vueltas a lo ocurrido. Pensamos en lo que deberíamos haber dicho, imaginamos otra respuesta y, como dirían los jóvenes, “nos rayamos”.
Lo curioso es que, mientras nosotros seguimos atrapados en aquella pasada conversación, la otra persona quizá ya la ha olvidado. Nosotros seguimos repasando sus palabras, reconstruyendo la escena y alimentando un enfado que, poco a poco, termina ocupando demasiado espacio en nuestra cabeza. Y entonces merece la pena preguntarnos quién está gobernando realmente nuestro ánimo. Porque quien consigue enfadarnos consigue, de alguna manera, gobernarnos. No porque tenga autoridad sobre nosotros, sino porque le hemos permitido decidir cómo vamos a sentirnos durante el resto del día.
Evidentemente, no todo puede dejarse pasar. Hay palabras que necesitan una respuesta y comportamientos ante los que debemos poner límites. La serenidad no consiste en aguantarlo todo ni en mirar hacia otro lado. Podemos defender nuestra dignidad, señalar una injusticia y expresar nuestro desacuerdo. Pero hacerlo desde la rabia puede llevarnos a responder con la misma falta de respeto que estamos denunciando: herir porque nos han herido, levantar la voz porque el otro la ha levantado o decir palabras que después lamentaremos. Lo que comenzó como una defensa legítima puede terminar alejándonos de la persona que queremos ser.
En muchos casos es posible que tengamos razones para estar molestos. Pero incluso entonces conservamos algo que nadie puede quitarnos: la libertad de elegir cómo responder. Una primera reacción, irreflexiva y acalorada, puede llevarnos a hablar más de la cuenta, a decir lo que no queríamos decir o a tomar decisiones de las que después nos arrepentiremos. La ira estrecha nuestra mirada y nos hace creer que responder inmediatamente es la única salida, como si guardar silencio unos segundos fuera una derrota.
Una muestra de madurez consiste precisamente en saber esperar. No todo merece una contestación inmediata. A veces conviene guardar silencio, tomar distancia y dejar que pase ese primer impulso. Cuando recuperamos la calma, algo cambia en nosotros: vemos con más claridad, distinguimos lo importante de aquello que simplemente nos ha alterado y podemos decidir qué merece nuestra atención y qué es mejor dejar atrás.
También conviene preguntarnos porqué determinadas palabras tienen tanto poder sobre nosotros. A veces tocan heridas antiguas, inseguridades o cosas que llevamos tiempo guardando. De ahí ese dicho tan expresivo: “me sacó el tapón”. Y la imagen lo dice todo. Como una botella de líquido efervescente, vamos acumulando presión hasta que alguien pronuncia la palabra precisa, toca el punto exacto y todo sale de golpe. Lo que parecía una reacción ante aquel momento, quizá sea en realidad mucho más de lo que ha ocurrido en ese instante. Conocernos mejor también consiste en descubrir qué llevamos dentro antes de que cualquier persona encuentre nuestro tapón.
No podemos controlar lo que otros dicen, piensan o hacen. Pero sí podemos decidir qué lugar ocupará todo eso dentro de nosotros. No se trata de vivir indiferentes, sino de aprender a que la conducta de los demás no determine la nuestra.
Quizá la verdadera libertad consista precisamente en eso: poder mirar aquello que nos ha herido, reconocer nuestro enfado y, aun así, elegir no devolver el golpe. Porque al final, conservar la paz no significa que nadie consiga molestarnos, significa que nadie consiga convertirnos en alguien que no queremos ser.
Antonio Ramos