Nigeria sangra y el mundo mira hacia otro lado

El mundo cambia de foco con rapidez y hay sufrimientos que dejan de mirarse, pero no desaparecen. Nigeria sangra en silencio, en una persecución constante que apenas encuentra espacio en la conciencia pública.

Victimas atentado de San Francisco Javier en Ondo, Nigeria. (REUTERS/Temilade Adelaja)
Victimas atentado de San Francisco Javier en Ondo, Nigeria. (REUTERS/Temilade Adelaja)

Nigeria sangra y el mundo mira hacia otro lado

El mundo vive atravesado por heridas abiertas que se suceden unas a otras, ocupando la atención durante un tiempo para después desvanecerse en el olvido. La mirada pública cambia con rapidez, y lo que ayer conmovía hoy apenas encuentra espacio. En ese desplazamiento constante, hay sufrimientos que permanecen, aunque ya no se miren.

No hablamos de un episodio aislado ni de una realidad lejana en el tiempo. Se trata de una herida abierta, actual y persistente, que sigue desangrando comunidades enteras mientras la atención internacional se dirige hacia otros lugares. Entre esas realidades silenciadas, una destaca por su gravedad: la persecución de los cristianos en Nigeria.

El misterio de nuestra fe nos conduce hasta la Cruz, pero no se detiene en el madero inerte, sino que florece como Árbol de Vida. La Cruz no es el término del camino, sino el umbral luminoso de la Resurrección: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Esta lógica, paradójica y fecunda, atraviesa la historia de la Iglesia y hoy se encarna, con dramática actualidad, en tierras africanas.

No hablamos de conceptos abstractos ni de cifras despersonalizadas. Hablamos de vidas truncadas, de familias desgarradas, de sangre derramada. Según la Lista Mundial de la Persecución, elaborada por la organización cristiana Puertas Abiertas (Open Doors), 4.849 cristianos fueron asesinados en el último año a causa de su fe. Esta herida tiene un epicentro claro: Nigeria, donde la violencia anticristiana alcanza niveles alarmantes. Ya lo advertía el Señor: “Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí” (Jn 15,18). Y san Pablo afirma que “si sufrimos con Él, también reinaremos con Él” (2 Tim 2,12).

La Iglesia, Cuerpo de Cristo, prolonga en la historia el misterio de su Señor. Allí donde sus miembros son perseguidos, Cristo mismo continúa su Pasión; y allí donde la violencia pretende apagar la fe, la gracia prepara silenciosamente la aurora de la Resurrección.

Mientras el mundo gira distraído en el consumismo digital, esta nación vive una estación de penitencia que parece no terminar, un calvario donde la resurrección se hace esperar. Allí, ser cristiano no es solo una identidad cultural o una tradición heredada; es, estadísticamente, una sentencia de muerte ejecutada lentamente ante la mirada impertérrita de la comunidad internacional. En Nigeria, la Pasión de Cristo se ha vuelto experiencia cotidiana. Allí, confesar el nombre de Jesús no es simplemente una fórmula devocional o litúrgica, sino un riesgo real de muerte por el solo hecho de ser cristiano. “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (Mt 10,22).

Aproximadamente el 70 % de los cristianos asesinados en el mundo pierden la vida en suelo nigeriano. No es una estadística fría, es un clamor que asciende al cielo. En diversas regiones del país, especialmente en el llamado “Cinturón Medio”, operan con violencia grupos como Boko Haram y la Provincia del Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), junto con milicias radicalizadas de pastores fulani. El resultado es devastador: aldeas reducidas a escombros, templos incendiados, fieles asesinados mientras celebraban la Eucaristía. Miles de iglesias han sido atacadas, clausuradas o destruidas. En demasiadas ocasiones, el motivo es explícito: se mata por invocar el nombre de Jesús.

Como sacerdote católico, mi alma se estremece al leer los informes de la Agencia Fides. En 2024, catorce misioneros fueron asesinados en el mundo; ocho de ellos eran sacerdotes. La figura del P. Tobias Chukwujekwu Okonkwo, tiroteado en diciembre de ese año, se ha convertido en símbolo de esta persecución.

En Nigeria, el sacerdote no es solo un guía espiritual, es el último baluarte de la comunidad. Al asesinar a un pastor, los perseguidores no eliminan únicamente a un hombre: buscan decapitar la esperanza de todo un pueblo. Es una estrategia de terror que pretende vaciar los templos y sembrar el miedo.

Particularmente desgarradora es la violencia contra mujeres y niñas cristianas. Miles han sido secuestradas, forzadas a matrimonios y obligadas a renunciar a su fe. Es un martirio prolongado y silencioso que rara vez ocupa titulares, pero que deja cicatrices imborrables.

Aquí la pluma debe abandonar la mera crónica para adentrarse en la denuncia. ¿Dónde está la indignación del mundo? Si cifras semejantes, casi cinco mil personas asesinadas al año por odio religioso, se produjeran en cualquier otro contexto o en suelo europeo, abrirían los informativos durante meses. Estamos ante un martirio prolongado al que apenas se concede visibilidad social y política. “¿Hasta cuándo, Señor?” (Sal 13,2).

El silencio internacional resulta ensordecedor. Con frecuencia se diluye el componente religioso bajo expresiones diplomáticamente neutras: “conflictos por tierras”, “tensiones étnicas”, “violencia estructural”. Sin negar la complejidad de los factores sociales y políticos, es moralmente insuficiente ignorar el odio explícito hacia la fe cristiana. En Nigeria se asesina al grito de consignas teocráticas y se marca con la muerte la puerta de quien confiesa a Jesús. Minimizar esta dimensión constituye, por lo menos, una grave deshonestidad intelectual.

Martin Luther King Jr. lo expresó con una lucidez que sigue interpelando nuestra conciencia: “Lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos”. El silencio ante la sangre inocente no es moderación responsable, sino omisión moral. Cuando miles de personas son asesinadas cada año por odio religioso y el mundo apenas reacciona, algo se ha fracturado en nuestra jerarquía de valores.

El Evangelio es inequívoco: “Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Cada iglesia incendiada es una herida en el Cuerpo de Cristo; cada sacerdote asesinado, cada mujer violentada, cada niño huérfano interpela nuestra conciencia bautismal. “Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Co 12,26). Y también: “Acordaos de los presos, como si vosotros estuvierais presos con ellos” (Heb 13,3).

No basta lamentarse, no basta conmoverse. Es necesario implicarse. La difusión de la verdad frente a la indiferencia y la exigencia de responsabilidades a quienes tienen capacidad de decisión, forman parte de una caridad coherente. “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,18).

La oración por la Iglesia perseguida debe ser perseverante; la ayuda material, generosa; la denuncia pública, firme y documentada; la exigencia a los responsables políticos, constante. La caridad cristiana no es un sentimiento pasajero, sino compromiso eficaz.

Nigeria nos recuerda que la fe no es una realidad intimista reducida a la esfera privada, sino una verdad por la que muchos están dispuestos a morir. Allí, la Cruz no es símbolo decorativo, sino destino real de muchos creyentes. “Sed fieles hasta la muerte y os daré la corona de la vida” (Ap 2,10).

La teología de la Cruz no es sentimentalismo piadoso: es denuncia del pecado y anuncio de redención. “La palabra de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que se salvan es fuerza de Dios” (1 Co 1,18). En la Cruz, Dios desenmascara la violencia del mundo y revela su misericordia como juicio definitivo sobre toda injusticia.

En la Iglesia creemos, con obstinación pascual, que la última palabra no pertenece a la violencia y a la muerte, sino a Dios. “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5). Pero la luz exige testigos valientes también en el ámbito público.

Nigeria sangra, sí. Y la historia juzgará no solo a los verdugos, sino también a quienes pudieron actuar y eligieron mirar hacia otro lado.

Que no nos halle el Señor entre los indiferentes, sino entre quienes oran, sostienen y defienden, con caridad y verdad, a sus hermanos perseguidos.

Al iniciar el mes de mayo, mes de cruces, hagamos presentes en nuestra mente y nuestra acción comprometida a los nuevos mártires de la historia de la Iglesia sin olvidar que “la sangre de los mártires es semilla de cristianos” (Tertuliano).

Antonio Ramos

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