No se puede amar plenamente lo que no se conoce
No se puede amar plenamente lo que no se conoce
Nadie valora lo que desconoce ni ama plenamente aquello que no se ha detenido a comprender. En una sociedad marcada por la prisa y los prejuicios, conocer mejor puede ser el primer paso para amar mejor.
Vivimos en una época en la que se habla constantemente de amor, respeto, convivencia y fraternidad. Son palabras hermosas, pero a veces olvidamos una verdad sencilla que está en la base de todas ellas: no se puede amar plenamente lo que no se conoce.
Es cierto que puede existir una primera simpatía hacia alguien o hacia algo que apenas conocemos. Sin embargo, el amor profundo, estable y duradero necesita tiempo, cercanía y conocimiento. Cuanto más conocemos, más capaces somos de comprender, valorar y amar.
Esto sucede con la tierra que habitamos. Nadie llega a amar de verdad un lugar simplemente porque aparece en un mapa. El afecto nace cuando recorremos sus caminos, contemplamos sus paisajes, conocemos su historia y escuchamos la memoria de quienes han vivido allí antes que nosotros. Entonces aquella tierra deja de ser algo abstracto y se convierte en parte de nuestra propia vida. Lo que conocemos comienza a importarnos y aquello que nos importa termina ocupando un lugar en nuestro corazón.
Lo mismo ocurre con las personas. Con frecuencia emitimos juicios apresurados sobre quienes apenas conocemos. Una impresión superficial, una palabra aislada o una etiqueta pueden condicionar nuestra mirada. Sin embargo, cuando compartimos tiempo con alguien, escuchamos sus alegrías y sus sufrimientos, descubrimos sus luchas y sus esperanzas, nuestra percepción cambia. Comprendemos mejor sus circunstancias y aprendemos a mirar con más profundidad. El conocimiento abre la puerta a la comprensión, y la comprensión ensancha la capacidad de amar.
También sucede con las culturas. Detrás de las tradiciones, las costumbres y las formas de vida de cada pueblo hay generaciones enteras que han intentado responder a las grandes preguntas de la existencia. Cuando nos acercamos a una cultura con respeto y curiosidad sincera, descubrimos maneras distintas de afrontar el trabajo, la familia, el sufrimiento, la celebración y la muerte. Lejos de empobrecernos, ese encuentro amplía nuestra visión del mundo y nos ayuda a reconocer mejor la riqueza de la experiencia humana.
No se trata de una idea nueva, pues santo Tomás de Aquino afirmaba: nihil volitum quin praecognitum, «Nada puede ser amado si antes no es conocido». No se refería a la simple acumulación de datos, sino a la familiaridad que nace del trato, de la atención y de la experiencia compartida. La voluntad no puede dirigirse hacia un bien si antes el entendimiento no lo ha percibido de algún modo. Por eso, cuando una realidad deja de resultarnos extraña y se vuelve cercana, comenzamos a apreciarla de una manera distinta. Es entonces cuando el amor encuentra un terreno donde echar raíces.
Por el contrario, la ignorancia suele alimentar prejuicios y estereotipos que reducen a las personas y a los pueblos a caricaturas simplificadas y, a veces, incluso ridículas. Muchas divisiones nacen precisamente del desconocimiento. Resulta más fácil desconfiar de quien permanece lejano y anónimo que de quien tiene un rostro concreto y una historia conocida. El encuentro ayuda a descubrir matices que los prejuicios no ven y nos permite comprender mejor a los demás.
Esta realidad alcanza su mayor profundidad en la vida de fe. El cristianismo no consiste simplemente en aceptar unas ideas sobre Dios, sino en conocer a una persona: Jesucristo. Los primeros discípulos comenzaron a amarlo porque antes caminaron con Él, escucharon sus palabras, contemplaron sus gestos y experimentaron su cercanía. Su amor fue creciendo a medida que lo conocían mejor. Por eso san Pablo podía afirmar con convicción: «Sé de quién me he fiado». (2 Tim 1,12). No hablaba de una teoría aprendida, sino de alguien a quien había llegado a conocer profundamente.
Una de las necesidades más urgentes de nuestro tiempo es precisamente aprender a encontrarnos de verdad: acercarnos mejor a quienes viven a nuestro lado, conocer la historia y las raíces de nuestra tierra, descubrir las riquezas de otras culturas y profundizar en nuestra relación con Dios. El amor no nace por imposición ni por decreto. Crece allí donde alguien dedica tiempo a mirar, escuchar y comprender.
Solo llegamos a amar profundamente aquello que aprendemos a valorar, y solo valoramos plenamente aquello que conocemos. Por eso, si deseamos construir familias más fuertes, comunidades más unidas y una sociedad más humana, el camino comienza mucho antes de hablar del amor. Comienza aprendiendo a conocer mejor aquello que estamos llamados a amar.
Antonio Ramos