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La obediencia que nos hace libres

En una cultura que identifica la libertad con la autonomía absoluta, la obediencia suele entenderse como una renuncia a uno mismo.

Obediencia que nos hace libres(OpenAI ChatGPT)
Obediencia que nos hace libres(OpenAI ChatGPT)

La obediencia que nos hace libres

Pocas palabras suscitan hoy tanta desconfianza como obediencia. Muchos la consideran incompatible con la libertad y propia de una época superada. Se la identifica con la pérdida de la autonomía, la renuncia al pensamiento propio o la aceptación pasiva de decisiones tomadas por otros. En una cultura que exalta la independencia individual, obedecer parece incompatible con la madurez personal. El Evangelio, sin embargo, ofrece una comprensión completamente distinta: la obediencia cristiana no disminuye a la persona, sino que la conduce a su verdadera libertad porque la abre a la voluntad de Dios, fortalece la comunión e impulsa la misión de la Iglesia.

La palabra procede del latín ob-audire: escuchar atentamente. Antes que cumplir una orden, obedecer significa ponerse a la escucha. Es abrirse a Dios que habla en su Palabra, dejarse conducir por el Espíritu Santo y acoger también la voz de quienes el Señor pone en nuestro camino. Quien únicamente confía en su propio criterio termina encerrado en sí mismo; quien sabe escuchar descubre horizontes que nunca alcanzaría por sí solo. Por eso la obediencia cristiana nunca puede confundirse con una sumisión ciega. Exige inteligencia, dialogo, responsabilidad, humildad y una conciencia bien formada.

Por otro lado, también quien ejerce la autoridad está llamado a vivir la obediencia. En la Iglesia nadie queda dispensado del ob-audire, porque toda autoridad nace de la escucha de Dios y permanece sometida a ella. Quien preside no está por encima de la verdad ni del bien común, sino a su servicio. Antes de pedir obediencia, ha de obedecer él mismo: a la Palabra de Dios, a la voz de la Iglesia y a la realidad concreta de las personas que le han sido confiadas. Solo una autoridad que sabe escuchar puede convertirse en auténtico servicio y suscitar una obediencia libre y responsable.

El modelo de toda obediencia es Jesucristo. Su entrega al Padre no fue una resignación pasiva, sino el acto más alto de una libertad vivida en el amor. En Él comprendemos que la verdadera libertad no consiste en hacer la propia voluntad, sino en responder plenamente a la voluntad de Dios. En este sentido, Benedicto XVI afirmaba: “La obediencia a Dios es la libertad, porque es la verdad” (Homilía a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, 15 de abril de 2010). Quien acoge la voluntad de Dios no pierde su libertad, la lleva a su plenitud.

Esta comprensión ilumina también la vida de la Iglesia. La autoridad no nace del deseo de mandar, sino de la misión de custodiar la unidad del Pueblo de Dios y favorecer el crecimiento de todos. Del mismo modo, la obediencia no pretende uniformar ni apagar la iniciativa personal, sino armonizar los distintos carismas para que sirvan a una única misión. La comunión no se sostiene por la imposición, sino por la caridad.

Esta realidad se hace especialmente visible en la relación entre el obispo y sus presbíteros. El sacerdote promete respeto y obediencia a su obispo el día de su ordenación, pero esa promesa solo puede comprenderse desde una auténtica comunión espiritual y pastoral. El decreto Presbyterorum Ordinis recuerda que los presbíteros están unidos al obispo “en sincera caridad y obediencia” (PO 7). El orden de estas palabras no es casual: la obediencia brota de la caridad y encuentra en ella su fundamento.

Esta comunión requiere una escucha recíproca. El sacerdote conoce de primera mano la vida de las comunidades que sirve; el obispo tiene la responsabilidad de discernir y mantener la unidad de toda la diócesis. Ambos están llamados a buscar juntos la voluntad de Dios desde la confianza, el respeto y la corresponsabilidad. La autoridad escucha antes de decidir y la obediencia participa responsablemente en la misión recibida. Así se evita tanto el autoritarismo como el individualismo, dos deformaciones que empobrecen la vida eclesial.

El Concilio Vaticano II ofrece el marco de esta comprensión. Lumen Gentium presenta la Iglesia como un pueblo convocado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (LG 4), mientras Christus Dominus recuerda que el obispo ejerce su ministerio siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, cuya autoridad solo encuentra sentido en el servicio (CD 16). En la misma línea, Pastores Dabo Vobis entiende la obediencia sacerdotal como una disponibilidad interior para acoger la voluntad de Dios manifestada a través de la Iglesia, y Pastores Gregis recuerda que el obispo fortalece su ministerio cuando escucha, acompaña y promueve la corresponsabilidad.

También la vida consagrada ofrece un testimonio particularmente elocuente. El voto de obediencia no pretende anular la personalidad de los religiosos, sino ayudarles a buscar comunitariamente la voluntad de Dios mediante el discernimiento y la fraternidad. Cada miembro aporta sus dones, renuncia al aislamiento y los pone al servicio de una misión compartida. La obediencia no empobrece la riqueza personal, la orienta hacia un bien que supera los intereses individuales.

San Pablo VI expresó esta visión con una afirmación de extraordinaria actualidad al escribir en Ecclesiam Suam que la Iglesia “se hace coloquio” (ES 67). El diálogo no constituye una estrategia pastoral ni una concesión a la cultura contemporánea; pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia porque nace de Dios, que sale al encuentro del hombre y lo llama a responder libremente. Allí donde existe una escucha sincera florecen la confianza, la corresponsabilidad y la unidad.

En una sociedad marcada por el individualismo y la desconfianza hacia toda forma de autoridad, la Iglesia está llamada a mostrar que existe otra manera de vivir las relaciones humanas. Cuando la autoridad se ejerce como servicio y la obediencia nace de la escucha, la Iglesia refleja con mayor claridad el rostro de Cristo. Solo quien aprende a obedecer desde el amor descubre que la libertad no consiste en hacer siempre la propia voluntad, sino en responder plenamente a la voluntad de Dios.

Antonio Ramos Ayala

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