VI Asamblea General de la CEAMA
El cardenal Leonardo Steiner es elegido nuevo presidente de la CEAMA
Confieso que cada vez me inquieta más la facilidad con la que en nuestro tiempo se expresa el odio. La palabra aparece con una frecuencia inquietante: en la política, en los debates públicos, en las redes sociales. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué es realmente el odio y qué sucede en una sociedad cuando esta pasión comienza a instalarse, casi sin advertirlo, en el corazón colectivo.
Cuando el resentimiento se instala en el corazón de las personas o se convierte en combustible de los discursos públicos, algo empieza a quebrarse silenciosamente en la vida social. La memoria de las heridas deja de buscar justicia y se transforma en un catálogo interminable de agravios. Entonces el otro ya no es visto como alguien con quien convivir, sino como alguien frente a quien hay que ajustar cuentas. En ese clima moral la convivencia se deteriora y la sociedad empieza a perder algo esencial: la capacidad de reconocer en el otro a una persona.
Hay pasiones humanas que, a primera vista, parecen poderosas, pero en realidad son profundamente estériles. El odio es una de ellas. Posee una fuerza inmediata, casi seductora. Es una pasión rápida, casi instintiva, que simplifica la realidad hasta volverla aparentemente manejable: divide el mundo entre los que considera buenos y los que presenta como culpables de todo. En ese esquema desaparecen los matices, se pierde la complejidad de la vida humana y las personas dejan de ser miradas en su verdad concreta. Por eso resulta tan útil para quien pretende movilizar emociones de manera interesada. Nada cohesiona tan deprisa a un grupo como la señalización de un enemigo común, aunque ese enemigo sea en gran parte una construcción alimentada por el miedo o el resentimiento.
Donde el odio se instala, el otro deja de ser una persona y pasa a ser un enemigo. Y cuando el otro es percibido como enemigo, el desprecio comienza a parecer legítimo. Poco a poco se debilita la conciencia de su dignidad, y lo que antes habría sido considerado injusto o inaceptable empieza a justificarse como si fuera una reacción necesaria.
El odio puede levantar multitudes durante un tiempo, incendiar discursos y dividir sociedades, pero nunca ha construido una civilización. La historia lo muestra con una claridad dolorosa. Las culturas que han querido edificarse sobre el resentimiento han terminado dejando tras de sí ruinas morales y humanas. El odio destruye con facilidad; solo el amor, entendido como reconocimiento real de la dignidad del otro, tiene capacidad para edificar una sociedad verdaderamente humana.
Hoy, sin embargo, el odio se ha vuelto ligero. Surge con facilidad, se difunde sin pensar y se justifica con una rapidez que inquieta. El clima cultural parece empujarnos a pensar peor del otro antes incluso de escucharlo. Y cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a esa mirada, algo muy serio comienza a deteriorarse silenciosamente en su interior.
Sin embargo, esa fuerza es engañosa. El odio parece poderoso, pero en realidad es una energía estéril. Puede movilizar multitudes durante un tiempo, pero no puede construir una civilización. El odio promete victorias rápidas, pero nunca deja nada sólido en pie. Quien levanta un proyecto sobre el resentimiento termina inevitablemente prisionero de él.
Los grandes maestros del pensamiento cristiano comprendieron bien este problema. San Agustín lo explicó con una profundidad que sigue sorprendiendo siglos después. Para el obispo de Hipona la raíz del drama humano no está simplemente en el odio, sino en el amor desordenado. El hombre siempre ama algo. Nadie vive sin amar. Pero cuando el amor se encierra sobre sí mismo y pierde su orientación hacia Dios y hacia el bien, termina convirtiéndose en rivalidad, resentimiento y finalmente odio.
En La ciudad de Dios dejó escrita una frase que resume buena parte de la historia humana: dos amores han construido dos ciudades. El amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios levanta la ciudad terrena; el amor de Dios que incluso relativiza el propio interés levanta la ciudad de Dios. En el fondo, la historia humana se juega siempre en esa elección entre el amor que se cierra y el amor que se abre.
Santo Tomás de Aquino introdujo una distinción que hoy convendría recuperar. El cristianismo no es ingenuo ante el mal: no pide cerrar los ojos ni aceptar cualquier cosa en nombre de una falsa tolerancia. El mal debe ser reconocido y combatido con claridad. Pero una cosa es rechazar el mal y otra muy distinta odiar a la persona.
Puede parecer una diferencia pequeña, pero en realidad es decisiva. Cuando se pierde esa distinción, el conflicto deja de buscar la verdad o la justicia y empieza a buscar la derrota del otro. Y cuando una sociedad entra en esa lógica, la convivencia se vuelve cada vez más frágil.
El cristianismo propone algo mucho más exigente: combatir el mal sin renunciar a reconocer la dignidad de quien lo comete. No es sentimentalismo. Es lucidez moral. El mal debe ser desenmascarado y combatido, pero el corazón humano no puede convertirse en su reflejo. El odio nunca cura el mal; simplemente lo reproduce.
San Juan Pablo II expresó esta convicción con una fórmula que repetía con frecuencia: la humanidad está llamada a construir una “civilización del amor”. No era una expresión ingenua. Él había vivido dos de los grandes totalitarismos del siglo XX y sabía bien hasta dónde puede llegar el odio cuando se convierte en principio político.
Las ideologías que se alimentan del resentimiento pueden movilizar a las masas durante un tiempo, pero siempre terminan generando más división, más violencia y más desconfianza. El resentimiento necesita enemigos para sobrevivir. Y cuando ya no quedan enemigos externos, comienza a buscarlos dentro de la propia comunidad. El odio siempre necesita nuevos culpables para seguir respirando.
El antropólogo René Girard describió este fenómeno con gran precisión al estudiar lo que llamó el “mecanismo del chivo expiatorio”. Muchas sociedades han intentado resolver sus tensiones señalando a una víctima sobre la que descargar la frustración colectiva. Cuando un grupo es señalado como responsable de todos los males, la comunidad experimenta una aparente unidad. Pero esa unidad se construye sobre la injusticia y sobre la violencia.
El cristianismo rompe esa lógica de una manera radical. En el centro de la fe cristiana está una víctima inocente. La cruz de Cristo revela hasta qué punto la violencia colectiva puede disfrazarse de justicia. Y al mismo tiempo desenmascara un mecanismo que se repite una y otra vez en la historia: cuando una sociedad no sabe afrontar sus problemas, busca culpables a los que atribuir todos sus males.
Por eso el odio resulta tan peligroso. No sólo divide a las personas; termina deformando el corazón humano. La Escritura lo dice con una claridad que impresiona: “Todo el que odia a su hermano es un homicida” (1 Jn 3,15). No hace falta llegar a la violencia física para que el odio empiece a destruir. Basta con dejar que el desprecio se instale en la mirada.
El amor, en cambio, tiene otra lógica. Es más lento, más exigente y mucho menos espectacular. No grita tanto como el odio ni ocupa tantos titulares. Pero es infinitamente más fecundo. El amor es la única fuerza capaz de sostener una verdadera comunidad humana porque reconoce en cada persona una dignidad que no depende de su utilidad, de su poder o de su posición.
Hay una verdad sencilla que conviene recordar en estos tiempos de crispación: el odio puede conquistar espacios de poder, pero nunca puede fundar una civilización. Las sociedades que se organizan sobre el resentimiento terminan agotándose a sí mismas.
El amor, en cambio, aunque parezca frágil, posee una fuerza mucho más profunda. Es la única energía capaz de reconciliar, de sanar heridas y de abrir caminos nuevos en la historia. El odio destruye deprisa; el amor es lo único que construye humanidad.
P. Antonio Ramos Ayala
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