Venezuela ya no es noticia
Las tragedias tienen una extraña fecha de caducidad informativa. Durante unas horas ocupan portadas, abren informativos y recorren las redes sociales. Después llegan otros acontecimientos y desaparecen.
Venezuela ya no es noticia
El 24 de junio Venezuela sufrió dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5. Más de un mes después, el balance habla de alrededor de 5.000 fallecidos, 17.000 heridos y casi 18.000 personas sin hogar. Las estimaciones sitúan los daños materiales en torno a los 19.600 millones de dólares. Son cifras enormes, pero detrás de cada una existe una historia concreta: una familia rota, una casa perdida, alguien que duerme en un refugio o una persona que todavía intenta comprender lo sucedido.
Durante aquellos primeros días del desastre Venezuela ocupó los titulares internacionales. Vimos edificios destruidos, equipos de rescate, vecinos buscando a sus familiares y una población enfrentándose a una nueva prueba. Muy pronto la actualidad volvió a fijarse en otros acontecimientos y el terremoto comenzó a desaparecer de nuestras pantallas. El drama dejó de ser noticia, pero los venezolanos continuaron afrontándolo cada día.
Nunca habíamos tenido tanta información a nuestro alcance y, sin embargo, quizá nunca había caducado tan deprisa. Un desastre nos conmueve durante unas horas hasta que otro ocupa su lugar. Sabemos inmediatamente lo que ocurre a miles de kilómetros, pero tenemos dificultades para recordar a quienes continúan sufriendo cuando las cámaras se marchan.
La actualidad informativa necesita novedad; el dolor de la gente necesita tiempo. Una familia que ha perdido su vivienda no reconstruye su vida al ritmo de los informativos. Un herido no se recupera cuando terminan las noticias del día. Quien ha perdido a un ser querido no deja de llorarlo porque la noticia haya desaparecido de la portada. A más de un mes del terremoto permanecen los refugios, los problemas sanitarios, los escombros, la incertidumbre y unas heridas psicológicas que tardarán mucho más que las materiales en repararse.
En Venezuela, además, la catástrofe golpeó a una sociedad que ya vivía una profunda crisis económica, social y política. Millones de personas afrontan este nuevo desastre después de años de escasez, incertidumbre y emigración. Precisamente cuando un país atraviesa una situación así, debería resultar más fácil dejar a un lado las disputas y mirar primero a quienes sufren. Sin embargo, Venezuela lleva demasiado tiempo siendo contemplada más como un argumento político que como un drama humano. Unos la presentan como la prueba del fracaso de un modelo; otros intentan justificar o minimizar lo que ocurre. Mientras tanto, el dolor de millones de venezolanos queda relegado a un segundo plano. El hambre no tiene ideología. El miedo de una familia tampoco. La dignidad humana debería estar siempre antes que cualquier trinchera política.
En una situación como la que vive este país, la solidaridad no termina con la primera conmoción. Sentirse conmovido ante unas imágenes terribles es profundamente humano; permanecer atentos cuando esas imágenes desaparecen exige algo más. Significa comprender que una catástrofe no acaba cuando deja de interesar a los medios, sino cuando quienes lo han perdido todo pueden recuperar una vida digna.
Para un cristiano esta cuestión toca directamente el Evangelio. Jesús no contempló el sufrimiento desde lejos ni preguntó primero a qué grupo pertenecía quien necesitaba ayuda. La parábola del buen samaritano sigue siendo actual: alguien está herido junto al camino y otros pueden pasar de largo. La compasión comienza cuando decidimos detenernos.
Venezuela necesita reconstruir edificios, infraestructuras y servicios, pero también vidas. Necesita acompañamiento, cooperación y una mirada internacional que no dependa únicamente de la novedad. Un país no es su Gobierno ni sus estadísticas. Es la vida de millones de hombres y mujeres que trabajan, aman, sufren, educan a sus hijos y desean un futuro digno.
El terremoto del 24 de junio acabará en las hemerotecas. Llegarán otras catástrofes, guerras y urgencias. Es inevitable que la actualidad cambie. Lo que no debería cambiar con tanta facilidad es nuestra capacidad de recordar.
Venezuela ya no es noticia. Pero Venezuela sigue ahí. Y quizá nuestra humanidad se mida también por la capacidad de no olvidar a quienes continúan sufriendo cuando ya nadie los mira.
Antonio Ramos Ayala