La viga y la mota
“¿Cómo es que miras la mota en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?” (Mateo 7, 3)
La viga y la mota
Nunca ha sido tan fácil señalar los errores de los demás y tan difícil reconocer los propios. Las redes sociales, los debates políticos e incluso muchas conversaciones cotidianas parecen haberse convertido en un escaparate permanente de acusaciones. Todos encontramos con rapidez la mota en el ojo ajeno. Lo difícil sigue siendo descubrir la viga que llevamos en el nuestro.
Las palabras de Jesús conservan una fuerza extraordinaria porque desenmascaran una tentación tan antigua como el ser humano: la de creernos mejores que los demás. No se trata de una invitación a cerrar los ojos ante el mal ni de renunciar al juicio moral. Jesús mismo denunció la injusticia y llamó al pecado por su nombre. Lo que condena es la hipocresía de quien exige a los demás una perfección que no está dispuesto a buscar en sí mismo.
Existe una diferencia profunda entre corregir y condenar. La corrección nace del amor y busca el bien del otro. La condena nace, con frecuencia, del orgullo y pretende situarnos por encima de quien juzgamos. Una ayuda a levantarse; la otra humilla. Una construye; la otra destruye.
No es difícil reconocer esta actitud en la vida pública. Se denuncian con dureza los errores del otro mientras se justifican los propios. La Iglesia, la familia y cualquier institución social tampoco están inmunes a esta tentación: descubrir con rapidez los defectos ajenos y resistirse a examinar la propia vida.
El examen de conciencia, tan presente en la espiritualidad de la Iglesia, puede ayudarnos a empezar por nosotros mismos antes de señalar los errores ajenos. No pretende alimentar sentimientos de culpa, sino formar personas libres y humildes, capaces de mirarse con sinceridad. Precisamente esa mirada sincera permite descubrir la “viga” que cada uno lleva en su propio corazón, que puede manifestarse en la incapacidad para reconocer los propios errores, en el orgullo, la soberbia, el resentimiento, la falta de perdón o la envidia.
Solo cuando reconocemos esas sombras dejamos de fijarnos en la “mota” del otro: un fallo, una palabra desafortunada, una debilidad o una incoherencia. Entonces comprendemos que nadie está libre de fragilidad y aprendemos a mirar a los demás con mayor paciencia y comprensión. Esa mirada solo es posible desde la humildad, que no consiste en pensar mal de uno mismo, sino en reconocer la verdad de lo que realmente somos. Y esa verdad, cuando se acoge con honestidad, nos hace menos arrogantes, más comprensivos y más misericordiosos.
Cuanto más hablamos de los errores de los demás, menos tiempo dedicamos a preguntarnos por los nuestros. Esa desproporción no solo empobrece las relaciones personales, también deteriora la convivencia; porque una sociedad donde todos juzgan y casi nadie se examina acaba haciendo de la mentira y del enfrentamiento su lenguaje habitual. Ahora bien, esta llamada a empezar por uno mismo no significa caer en un relativismo donde todo da igual. Hay conductas que deben denunciarse y víctimas que necesitan ser defendidas. El Evangelio nunca pide indiferencia ante la injusticia; lo que exige es que la denuncia no nazca del orgullo, del resentimiento o del deseo de humillar, sino de un corazón convertido.
La enseñanza de Jesús sigue siendo profundamente actual. Antes de ocuparnos de la mota en el ojo de nuestro hermano, conviene preguntarnos qué vigas necesitan ser retiradas de nuestra propia vida. Solo quien acepta esa tarea puede corregir sin humillar, denunciar sin condenar y ayudar al otro sin sentirse superior a él. Quizá entonces nuestra mirada dejará de ser la de un juez implacable para convertirse en la de quien, con humildad y misericordia, ayuda al otro a ver con claridad.
Antonio Ramos